tragedia minera Las víctimas en el recuerdo
Seis vidas apagadas en el pozo Emilio
Los compañeros y amistades de los seis mineros fallecidos viven como una pesadilla la pérdida múltiple y reconstruyen algunos de los momentos compartidos en el tajo, en el campo o en la fiesta .
Los recuerdos se amontonan en las palabras, en los abrazos, en el llanto que no se puede contener. Los ánimos y el apoyo a las familias dolientes se multiplican en el libro de firmas. Todo es real. Las cámaras que no se han movido de la escalera del tanatorio registran los cientos de pasos, los gestos y el discurrir de los pésames. Sin parar.
Es difícil aceptar la realidad cuando duele tanto. «Estoy en una pesadilla. Pienso que esto no está pasando pero llevo en el tanatorio desde ayer y cada persona que pasa es un recuerdo», confiesa Francisco. Su mejor amigo, Roberto, es el más joven de los seis mineros que dejaron su vida en el pozo Emilio del Valle.
Bajaron juntos a la mina por primera vez, era julio de 1998, y han compartido su recorrido vital y laboral en los últimos 15 años. «El mejor recuerdo que tengo de Roberto es cuando se casó. Le vi muy feliz. Yo fui testigo de su boda». No hay nada más que decir. Su amigo «no dejaba a nadie indiferente» y Francisco, un hombre que abraza con fuerza y de corazón, está abatido.
Era 28 de octubre. Lunes. Y faltaba poco más de una hora para terminar el turno. Pero los seis mineros se quedaron en el pozo. En la planta novena también salieron despavoridos los mineros. «Nos quedamos sin óxigeno y nos pusimos inmediatamente los autorrrescatadores», comenta uno de los mineros del turno.
Es la segunda vez que tiene un accidente cerca. Aquella vez, un derrabe de lodo, también era lunes. Y no le toca. «Tengo una estrella en el culo», dice. La que les faltó a sus compañeros. A uno, Manuel Moure, le conoce desde que eran niños. Los dos estudiaron de pequeñitos con las monjas de Santa Lucía y luego en los Maristas, el colegio que acaba de cerrar. Luego sus vidas se separaron y volvieron a encontrarse en la mina.
Recuerda a un hombre deportista, afable y divertido. El más conocido y tal vez reconocido por sus compañeros. «Los brigadistas son los mejores mineros», recalca al hablar de su dedicación a las labores de salvamento. Se habían visto esa mañana antes de entrar a coger la lámpara y el autorrescatador. No hablaron directamente. En la sala, con los cafés en la mano, se hacían las puyas con el resultado del partido de fútbol.
Todos se conocen en la cuenca. Bajan los vecinos a León, pasan por La Robla, entran en el tanatorio de La Pola y están pendientes del funeral del compañero asturiano en Pola de Lena. A Itziar, la esposa de José Luis Arias, le duró poco la felicidad de «la lotería» de un trabajo. Entró a trabajar como administrativa en la Casa de Encuentro de Mujeres. «A mi marido el nuevo Plan del Carbón le ha arrebatado la vida. Tenía que estar prejubilado ya», manifestaba con rabia a Ángeles, concejala de Servicios Sociales en Pola de Lena que conoce bien a la familia.
El alcalde de Pola de Lena, Ramón Argüelles, se desplazó hasta Santa Lucía el día del accidente. «Me saca un año y no llegamos a jugar juntos, pero echamos la novia casi a la vez», afirma de su vecino, miembro de una familia numerosa «querida y arraigada» en el municipio de unas 12.000 habitantes.
Felipe, uno de los miembros del equipo de fútbol 7 La Mina, se prejunbiló en diciembre después de 22 años de mina. «Conocía a todos los que murieron y a todos los heridos», comenta con la voz entrecortada. En el equipo futbolístico, que compite en la Liga de Antibióticos, estaba también el berciano Juan Carlos Pérez Fernández.
Guarda un recuerdo especial sobre el compañero de mina y de afición deportiva: «Era muy buena persona. Si te tenía que decir algo a la cara no se lo callaba», subraya remarcando el valor de la sinceridad.
Ayer tenían que haber disputado un partido que no se celebró. Felipe no puede recordar contra quien ni dónde. Perder la vida en la mina es el peor partido para los mineros. Y para toda la gente que se queda sin consuelo.
«Buena gente. Una familia comedida y que llevaba una vida normal». Así ven en Robles de la Valcueva a José Antonio Blanco y sus hermanos. Después de salir de la mina siempre pasaba por la casa materna antes de regresar a Navatejera, donde tenía su residencia.
Vecinos de Fontanos, de Paradilla y de Bembibre desfilan por el tanatorio de León donde se velan los féretros de Roberto Álvarez, Juan Carlos Pérez y José Antonio Blanco Barrio. En La Robla despiden a Manuel Moure y arropan a su esposa y familiares los compañeros y el pueblo. En La Pola de Gordón, hasta donde llegaron mineros del Bierzo y Laciana para la concentración del mediodía, se vela a Orlando González. Y en Pola de Lena la familia de José Luis Arias y sus amistades reciben condolencias de un lado y otro de la cuenca.
«El destino de los mineros está escrito con sangre», dice un compañero. Y el piso siete empieza a ser un sitio maldito. El año pasado ya corrió riesgo de accidente. Pero hay quien prefiere la prudencia. «¿Qué va a pasar con ese pozo?», se pregunta alguno.
Son las cinco de la mañana y el minero se despierta. Es la hora de ir al tajo. Pero el pozo está cerrado y sigue echando gas. Tumbado en la cama pasan por delante de él los rostros de los compañeros, de los que perecieron y de los que luchan en el hospital por salir de la uci, como Juan Manuel Menéndez, compañero de camino en la Marcha Negra. Otros se acuerdan de Amancio Viñayo: «Es la tercera vez que libra. Y dos en el piso siete», afirma uno. «Yo que él pedía la cuenta», dice otro.