Las rutas del hambre
El Banco de Alimentos supera el millón de kilos repartidos. La Asociación Leonesa de Caridad sirve un 35% más de comidas. Más de cien de personas acuden el primer año al comedor del padre Ángel. Veintisiete niños son expulsados del comedor escolar por deudas. Más y más gente atropa fruta y verdura en la plaza.

José Luis Moreno es uno de los asiduos a la ‘plaza’ los miércoles. Con lo que atropa y lo que le van dando se arreglan en su casa para la semana entera.
Son las rutas del hambre en León. Los nuevos pobres, víctimas colaterales o producto de la crisis, desbordan todas las previsiones y hacen cambiar el ritmo de los dispositivos asistenciales y de los servicios sociales.
El Banco de Alimentos de León empezó a funcionar en 1995. Atendía solamente a entidades. Pero eso ya es pasado. Desde 2010, cuando la crisis empezó a hacer mella en la población de forma clamorosa, cita y recita a familias que son derivadas por los Ceas, los servicios sociales. «Atendemos más de 80 familias cada mes», afirma Juani Pérez, la directora.
En el 2012, la oenegé inspirada en una poderosa organización nacida en Arizona, Estados Unidos, en los años 60, supera por primera vez en León el millón de kilos de comida repartida. «Fueron 1.097.000 kilos, pero este año hasta noviembre ya hemos repartido 1.100.000 kilos», agrega. Varios voluntarios y penados que cumplen con servicios a la comunidad mueven cajas y distribuyen alimentos para las familias citadas esa mañana.
Llega un hombre de mediana edad que asegura que «no tengo nada, ni espuma de afeitar, ni jabón para lavar los cacharros. Vengo a ver si me dan fruta y verduras porque en Cruz Roja me dieron lentejas, pero, ¿con qué las hago?», explica. «Pues tiene usted que ir al Ceas de su localidad», le contestan. Fue vigilante en una empresa, perdió el trabajo y ahora espera la Renta Garantizada de Ciudadanía. «Me han dicho que seis o siete meses», agrega decepcionado. Toma nota de la recomendación y se da la vuelta.
Se cruza con Felipe, voluntario del sindicato de ferroviarios. «Es uno de los que pone coche y manos para el Banco de Alimentos», explica la directora. Va a llevar la comida para un mes para una familia de Santa Lucía de Gordón con dos criaturas. «Es la ayuda rescate, hasta que entren en el circuito de los Ceas. Es impresionante lo que está saliendo ahora», aclara.
Tatiana y Nazaret, de 19 y 21 años, ya son asiduos en la nave de Mercaleón que sirve de centro logístico del Banco de Alimentos. Vienen de Villadangos. La chica está embarazada y en casa viven siete personas, dos menores. Son feriantes. «Hace años la cosa estaba bien y se ganaba; pero ahora, venimos o venimos. En ningún sitio nos ayudan como aquí», asegura la joven.
Antonia y su marido marchan con otro lote de comida para un mes con el ‘aguinaldo’ navideño. El personal, voluntariado y penados, preparan 80 lotes para otras tantas familias a las que el Ayuntamiento de León obsequiará con una cesta especial para Navidad. «Llevan comida, dulces y algún adorno navideño», explican.
Esta mañana hay mucha fruta en cajas, sobre todo, uvas, naranjas y plátanos. También aguacates y coliflores. Los productos frescos se reparten lo más rápidamente posible y, si León no puede absorber la totalidad de la mercancía, se envía a otros bancos de alimentos del país a través de la empresa de transportes Azcar que realiza gratis los portes.
«Hay mucha hambre, pero hay mucho despilfarro», apostilla Gilberto Pérez, presidente del Banco de Alimentos. A sus 80 años, este militar retirado, se presenta cada mañana en la nave y conduce la furgoneta. El Banco de Alimentos de León se inspiró en el de Santander y empezó a funcionar en el antiguo mercado de Colón. «Es una labor oscura y silenciosa, caritativa y solidaria, su gran pilar es el voluntariado y la clave de que funcione está en la distribución», explica. El Árbol, Legumbres El Hostal, Carrefour, Puleva... son algunos de sus donantes habituales.
«Está comprobado que las legumbres envasadas duran 20 años aunque su fecha de caducidad es más corta», aclara este hombre que si no cumple con su misión diaria no se siente bien: «Si no vengo, no soy persona». Huye de las fotos y de los focos y por ello rechazó recoger el premio al voluntario del año de la Plataforma del Voluntariado de León.
Anti-crisis del padre Ángel
Son muchas las entidades que se alimentan de este banco de Mercaleón. Y otras las que crean su propio banco. Como Mensajeros de la Paz que hace un año abrió en León su propio dispositivo anti-crisis. El centro socio educativo Mariano Andrés, en la antigua guardería Pío XII. Un total de 115 usuarios han pasado por este nuevo comedor, que también suministra ropa y alimentos para cocinar en casa. Más de la mitad, 61 personas, eran de nacionalidad extranjera y continúan 28. Un total de 54 eran españoles y continúan 22, según los datos facilitados por el Ayuntamiento de León.
«El centro está completo, con varias familis en lista de espera»», contestan. Son derivadas por los Ceas municipales. Actualmente acuden 50 personas de 17 familias y otras 26 han sido atendidas desde que se abrió el comedor el 26 de diciembre del año pasado.
«Doce dejaron el servicio porque uno de sus miembros encontró trabajo y se normalizó su situación, cinco se apuntaron y no vinieron, otras cinco firmaron la baja por varios motivos y seis fueron dadas de baja por los servicios sociales, generalmente porque empezaron a cobrar alguna ayuda a prestación», explica el informe de la Asociación Mensajeros de la Paz, que puso en marcha el recurso en el inmueble municipal.
El retrato del fundador, el padre Ángel, mira a las familias que acuden a recoger la comida para llevársela a casa o a comer en el comedor del sótano.
La cocina económica de la Asociación Leonesa de Caridad no admite a menores. Así que hay familias que acuden con un túper para llevar la comida a sus hijos. Una abuela acude con su hijo y ambos llevan la comida para el nieto. Otro matrimonio con un hijo acaban de despedirse de la trabajadora social. Encontró un trabajo. «Hasta que me falle», dijeron.
Más de 41.000 comidas
Por primera vez atienden a familias enteras en este comedor cuya población usuaria mayoritaria son transeúntes, explica la trabajadora social, Ana Belén Ferrero. La cocina económica de esta organización caritativa centenaria ofrece desayuno, comida, cena, ducha y un café con leche por la tarde por 60 centímos.
A final de año, calculan que habrán servido unas 41.000 comidas. Llevan 38.734 comidas hasta noviembre, un 35% más que en el 2009, cuando empezó la crisis. Han puesto también 23.256 desayunos, 4.087 meriendas y 34.515 cenas. La mayor demanda y el mayor aumento se produce a la hora de comer.
Sor Isabel, una hija de la Caridad de pelo corto, rostro joven y que viste pantalón vaquero y no usa toca, reparte los tickets y luego la comida. Conoce a todos y todas los que hacen cola para entrar a cenar. Y sabe quienes son los que duermen en la antigua azucarera Santa Elvira, como Francisco uno de los «veteranos». «Nuestra compañía son las ratas», afirma. La policía los tiene fichados.
Esta noche cenaron sopa de fideo o patatas con berza, empanadillas y chocolate. «En Galicia se come peor», dice otro transeúnte. Amalia Fernández, de 61 años, dice que los malos tratos la llevaron a la calle y a la indigencia hace cuatro años. Su aspecto no la delata. «Ayudo en Calor y café. No es justo lo que está pasando, no se debería permitir», comenta indignada con los transeúntes que insultan a las monjas y aquellos que intentan vender droga y tranquilizantes en el comedor. Una patrulla de la Policía Local vigila la salida del comedor. Los agentes parece que no miran, como si jugaran con el teléfono móvil. Amalia los despide con el brazo.
Estos pobres ya no se esconden. «Ojalá se quitaran la máscara muchas personas y vinieran a recoger la comida que sobra», dice una vendedora en la Plaza Mayor. Es miércoles. Día de mercado. A partir de las dos de la tarde empiezan a pulular personas con carritos o bolsas que atropan verdura y fruta de los contenedores o de las cajas que dejan a propósito algunos comerciantes y hortelanos. Muchos supermercados ya no tiran comida a los contenedores. Pero hay gente que sigue hurgando en sus fondos verde botella.
Pobres con máscara
«Me da vergüenza», dice Ivan, un búlgaro que lleva nueve años en León y muestra su carrito. En su casa viven cinco personas y ninguna tiene trabajo. «Es la primera vez que me pasa algo así. Cuando vine tenía el problema de los papeles, pero como ahora jamás. Trabajé en la construcción, en los paneles solares y de chófer. Mi esposa está embarazada», comenta.
Otra mujer que dice venir del Bierzo es asidua del mercado. «No quiero que lo sepan en mi pueblo», alega para no salir en la foto. Otra señora se escabulle y dice que sólo recicla bolsas de plástico. José Luis Moreno perdió su trabajo de jardinero en Madrid y se instaló en León hace cuatro años, tras casarse. «Tenemos algún ingreso, de trabajos de limpieza, pero es para la renta y la luz, aquí cojo para comer toda la semana», explica.
Fernando Olmos, hortelano de Mansilla, le regala una berza. Moreno es asiduo de su puesto. «Hay gente que tiene dinero y viene por aprovecharse», asegura. Es de las personas que piensan que «todos cobran los 400 euros y no quieren trabajar». A reciclar al mercado van otras personas, muchas jóvenes, para un comedor vegano en Pedrún de Torío. «Nos ayudan a recoger y se llevan alguna mercancía. No es que sean pobres, es su filosofía de ahorrar y no tirar», añade otro vendedor.
El peso de las deudas
Hay otros pobres ocultos. No viven en bancos, pero les acechan los bancos y las facturas. «¿Por qué no nos dejan ir al comedor?, pregunta a M. P. su hijo. La familia se quedó sin piso, con pocos años de hipoteca por delante y el padre y la madre perdieron el trabajo. «Luego mi marido enfermó», añade la mujer. El equilibrio económico del hogar se vino abajo y su hijo y su hija fueron expulsados del comedor escolar.
«Me comunicaron en agosto del 2012 los nueve meses de sanción por no pagar una factura de entre 330 y 400 euros a Procole», adjudicataria del comedor en el colegio Ponce de León. Perdieron la beca del 50%. «Todo el curso pasado no fueron al comedor y dejaron gran parte de sus actividades extraescolares, la niña el coro y el niño el deporte», relata la madre.
En octubre, el niño y la niña volvieron al comedor hasta que un día la madre recibió una llamada de dirección: «Dice la empresa que mientras no pagues la deuda no pueden entrar», le advirtió. La mujer acudió al servicio de Familia de la Junta para contar su caso: «Pusieron escrito a Valladolid, pero no creo que se solucione». Ella asegura que no puede pagar la deuda de un golpe y ofrece hacerlo a plazos. «Estuvimos sin agua caliente y calefacción. Ahora tengo trabajo y estamos empezando a salir del túnel, pero se nos echan todas las deudas encima». Con la sanción perdieron también la beca y la posibilidad de pedirla este curso. A la mujer se le caen las lágrimas.
Más del 50% de los 6.137 alumnos y alumnas de León que almuerzan en comedores escolares tienen algún tipo de beca. En concreto, 3.104 disfrutan de una beca del 100%, otros 72 la tienen del 75% del coste total y 551 del 50%, según datos de la Dirección Provincial de Educación. Hay 43 escolares cuyas familias adeudan dinero a las empresas adjudicatarias y 27 de ellos han sido expulsados este curso por los impagos.
«Es potestad de las empresas concesionarias el permitir el pago fraccionado de la deuda», asegura Educación. El pliego de cláusulas administrativas particulares y el pliego de prescripciones técnicas no contemplan esta posibilidad. «Es injusto y humillante para mis hijos», lamenta M. P.