Diario de León

Consenso en la capilla ardiente

El monarca permaneció sentado, triste y en silencio durante casi diez minutos frente al féretro. Todas las fuerzas políticas, menos Amaiur y Esquerra, ensalzaron su ejemplo, arrojo y valentía . El príncipe de Asturias, a la salida, resumió su pesar: «Ha sido una gran pérdida para todo el país».

La capilla ardiente del expresidente Adolfo Suárez, instalada en el Congreso de los Diputados.

La capilla ardiente del expresidente Adolfo Suárez, instalada en el Congreso de los Diputados.

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alfonso torices | madrid
León

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Adolfo Suárez, que pasa a la historia como el político que junto al rey consiguió el complejísimo consenso de la Transición y fue capaz de poner a trabajar juntos a franquistas, conservadores, socialistas, comunistas y nacionalistas para alumbrar la España democrática de las autonomías, consiguió hoy también, después de muerto, lo que parecía imposible, congregar en el Congreso para honrar su figura a todos los diferentes e, incluso, a los directamente enfrentados.

Todas las fuerzas políticas, a excepción de Amaiur y Esquerra, el actual Ejecutivo, el jefe de la oposición, los tres expresidentes de Gobierno vivos de la democracia, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, el expresidente catalán Jordi Pujol y hasta el actual inquilino de la Generalitat, Artur Mas, que mantiene un duro pulso secesionista con el Estado, desfilaron respetuosos ante su féretro y ensalzaron su ejemplo, arrojo y valentía para enfrentar cualquier encrucijada de la vida política, por imposible que pareciese transitarla.

Por un momento, olvidaron los grandes enfrentamientos personales o políticos del presente y ensalzaron el valor del consenso. Todos menos Mas, que en un claro mensaje a Mariano Rajoy, declaró que figuras con el «coraje político» del expresidente son las que «se echan en falta ahora» para abordar enconadas controversias, como su demanda soberanista para Cataluña, que «no miran para otro lado» ni «rehúyen los problemas».

El tándem de la Transición

«Mi dolor es grande», pareció repetir 24 horas después don Juan Carlos, cuando, apoyado en su bastón y con expresión compungida, poco después de las diez y media de la mañana entró acompañado por la Reina y la infanta Elena, todos de luto riguroso, en el Salón de Pasos Perdidos del Congreso. Tras una leve inclinación de cabeza, y mientras doña Sofía, muy afectada, se persignaba, miró durante unos segundos el féretro de Suárez, cubierto por una bandera nacional, flanqueado por las máximas autoridades y su familia, y escoltado por miembros de los tres Ejércitos y la Guardia Civil con armas a la funerala.

El Monarca, que momentos antes había saludado y dado el pésame a la familia Suárez Illana en privado en el contiguo salón del Escritorio, permaneció sentado, triste y en silencio durante casi diez minutos. Así lo había pedido explícitamente. Él y la Reina querían tener un tiempo para el recogimiento y la despedida de su «amigo leal» y «colaborador excepcional».

Las imágenes trasladaron por un momento a toda España casi cuarenta años atrás. Todas las miradas iban del ataúd a don Juan Carlos, y viceversa. La expresión del jefe del Estado parecía abstraída en el recuerdo. Eran de nuevo, por última vez, el Rey y Suárez, el tándem clave de la Transición.

El jefe del Estado colocó en un almohadón a los pies del féretro el Collar de la Real Orden de Carlos III, altísima distinción del Estado concedida al expresidente, y se fundió en un sentido abrazo con Adolfo Suárez Illana, el primogénito del duque, al que entregó las insignias del collar y dedicó varias frases de despedida antes de besar, junto a la Reina y la infanta Elena, uno por uno a todos los miembros de la familia. La infanta Cristina, apartada de la agenda de la Casa Real a raíz del escándalo Nóos, no acudió. Al igual que a la llegada, don Juan Carlos caminó hacia el patio de Floridablanca acompañado por el presidente Mariano Rajoy y las máximas autoridades del Estado, los presidentes del Congreso, Senado y los Tribunales Supremo y Constitucional, y abandonó el recinto en coche, sobre las once de la mañana. Mientras subía al asiento del copiloto, un periodista, desde el otro lado del patio, le preguntó «¿qué siente, Majestad?». «Una gran pena», acertó a decir el Monarca mientras entraba en el vehículo.

La Casa Real volvió a rendir homenaje a Suárez por la tarde, cuando el Príncipe y doña Letizia, visitaron la capilla ardiente durante veinte minutos. Don Felipe no pudo acompañar a su padre por la mañana porque había acudido a la capital vizcaína representado al jefe del Estado en el funeral por Iñaki Azkuna, el alcalde de Bilbao fallecido el jueves pasado, al que también asistió la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. El Príncipe de Asturias, a la salida, resumió su pesar por la muerte del expresidente: «Ha sido una gran pérdida para España. Hay que agradecerle todo». El ataúd con los restos mortales del primer presidente de Gobierno de la actual etapa democrática había llegado a la capilla ardiente del Congreso, donde permanecerá hasta el martes a las diez la mañana, en un cortejo oficial que cruzó la carrera de San Jerónimo escoltado por motoristas de todos los cuerpos policiales. Con el silencio solo roto por la cerrada ovación del más de un millar de ciudadanos, un piquete de honor del Ejército transportó a hombros el ataúd cubierto por la bandera española.

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