Diario de León

El Crucero que mira a La Meca

La población islámica del barrio con más inmigrantes de León vive con estupor el atentado de París pero se siente ajena: «No cualquiera que grita Dios es grande es musulmán».

La carnicería halal también vende la leche fermentada, que viene de Palencia.

La carnicería halal también vende la leche fermentada, que viene de Palencia.

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ana gaitero | león
León

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Es viernes. Día de reposo oficial en la cultura musulmana. Pero Driss Mechichi, dueño de una carnicería halal en el barrio de El Crucero, ha abierto puntualmente, como todos los días. «Solemos descansar los lunes, porque los domingos vienen a comprar paisanos de los pueblos», comenta.

En el mostrador frigorífico hay pollos y parte de la la ternera despiezada que él mismo ha sacrificado en el matadero de León. Un amigo muestra un video que da prueba de que ha seguido el rito tradicional de la Sharia. A degüello, cortando la garganta, el esófago y las dos yugulares con el cuchillo. La ley islámica manda mirar a La Meca e invocar Alahu Akbar (Dios es grande).

Esta frase es recitada por los musulmanes en muchas situaciones diferentes: para expresar la alegría, en signo de aprobación, para alabar a un orador, como grito de batalla o para darse ánimos en caso de grandes problemas. Es el grito que supuestamente lanzaron los asesinos que acribillaron a doce personas en el atentado contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo el miércoles en París.

«No cualquiera que grita ¡Dios es grande! es musulmán», apostilla Malika. Pese a las apariencias y el nombre, es española, y conversa en la calle principal del barrio con Agustín, un antiguo vecino, su hermana Imán y Nadia, una amiga marroquí.

Hablan de sus vidas. No del atentado, pero son conscientes de que las miradas del mundo occidental, incluso en el pequeño rincón de León que más mira a La Meca, están puestas sobre la comunidad musulmana. «He leído lo que ponen en facebook gente que conozco en Francia y todo el mundo está en contra porque no tiene nada que ver con el islam», aclara la más joven, Imán, que por su aspecto, sin el usual pañuelo con el que se cubren el pelo muchas musulmanas, podría pasar por española de toda la vida. Pero es marroquí. Ella aún no tiene la nacionalidad. Llegó dos años después que su hermana Malika y dice que habla tan bien castellano porque «estuvimos trabajando con una señora en un bar y no nos dejaba hablar árabe, solo español», afirma.

El barrio de El Crucero se ha transformado en la última década, pero no tanto por la supresión del paso a nivel como por el asentamiento de un aluvión de población inmigrante que ha encontrado en el oeste de la capital un lugar para vivir y echar raíces. Malika, como su hermana, nació en Marruecos. Llegó a León hace doce años, pero «ya soy española», aclara enseguida. «Hemos hecho aquí nuestras vidas y no pensamos volver», dice.

La población inmigrante en la ciudad de León se triplicó entre 2001 y 2009. El barrio del Crucero-Pinilla es el que cuenta con más residentes extranjeros seguido de La Sal-La Vega y la nacionalidad predominante es la marroquí, como destaca un estudio de la Universidad de León y la Universidad Complutense de Madrid sobre la distribución espacial de la población inmigrante en dos ciudades medias, Alcalá y León, de las geógrafas María Jesús González y María Luisa de Lázaro.

Según el INE, en la capital residen cerca de 9.000 personas de nacionalidad extranjera, un 6% de la población total, de las cuales una tercera parte proceden de África. Más allá de los números y pese a ser León una ciudad con poco impacto migratorio en relación con las grandes ciudades, el paisaje de la ciudad ha cambiado y las nuevas culturas han introducido nuevos usos del espacio y hábitos sociales, económicos y religiosos.

En la carnicería halal se oye hablar en árabe. Varios jóvenes, están en paro, cuentan después, conversan con Driss mientras la pequeña tele situada sobre la puerta de entrada ofrece noticias con reacciones al atentado de París a través de una cadena árabe.

Una mujer entra a comprar pan. Lleva muchos en el barrio y es clienta asidua. «Es muy majo y para que se mantenga una tienda hay que sudar mucho», dice Geli. Comprende que quien emigra es porque «tiene unas condiciones peores en su país y si a mí me tocara también querría que me acogiesen». Es de las personas que confía en que el respeto «de unos a otros» es la base de una buena convivencia.

«Despacho a todo el mundo. No tengo problema con nadie. No voy a vender solo a musulmanes», precisa Driss. Lo ocurrido en París, subraya, «nada tiene que ver con el islam». Sus preocupaciones están centradas en que mejore la situación económica: «Ojalá Dios va a cambiar la cosa para todos», agrega. Abrió la carnicería en 2009 y no le va mal. Cuando llegó a España, hace diez años, empezó a trabajar en la construcción. Después hizo un curso de carnicero, aunque algo ya sabía porque tiene familia en Marruecos que se dedica al negocio, y al igual que su esposa está de alta en la Seguridad Social como autónomo. «Tenemos tres hijos y ahora ella está de baja por maternidad, no puede venir a trabajar», explica Driss.

Los locutorios, la construcción y las carnicerías son los negocios que más atraen a la población musulmana que se ha decidido a convertirse en autónomos. Muy pocos mantienen su trabajo como asalariados. Es el caso de Mbarek Wahbi que llegó a Almanza para trabajar en una cuadra de vacas el 21 de junio de 2004 y desde entonces «tengo todos los días cotizados». Ahora se levanta antes de las cuatro de la madrugada y pasa mucho frío en su trabajo en el servicio de recogida de basura de varias mancomunidades.

En septiembre solicitó la nacionalidad española. «Estuve una hora y diez minutos en una entrevista con preguntas que de 47 millones de españoles pocos sabrían contestar», dice con humor. Constitución Española, fronteras, nombres de ministros y del presidente de la Junta, del alcalde de La Virgen, donde vive, de costumbres leonesas y hasta de gastronomía. «Me gusta totalmente todo, pero lo que más la miel de Murias de Ponjos», asegura. Se da la paradoja de que sus dos hijas son españolas porque han nacido en León y al cabo de un año él y su esposa optaron por la nacionalidad española en lugar de la marroquí.

Visita asiduamente el barrio, su amigo es el dueño del locutorio Los Gemelos en la popularmente conocida como plaza del Huevo. Un bazar en el que se venden desde tarjetas de teléfono a los típicos tajin para hacer el cus cus, tradicional comida magrebí. Alfombras, té, especias... Un colmado moruno con un sinfín de productos.

Los inmigrantes de origen musulmán han traído a León productos que eran considerados exóticos para mantener sus costumbres gastronómicas e incluso de indumentaria. Pero todavía no han logrado cosas como que se respete su dieta, exenta de cerdo, en los comedores escolares. «No dejo a mi hija en el comedor por eso, no hay menú, no quieren ponerlo», comenta Imán, madre de una niña de siete años que asiste al colegio público Quevedo. «Tampoco hay clases de religión. En Francia está más integrada», subraya. En el colegio no ponen pegas a que algunas niñas usen el pañuelo a partir de cierta edad, como una pakistaní de once años que vuelve a casa dando la mano a su hermano pequeño. Como se hacía en España hace unas décadas. Los hermanos mayores se hacían cargo de los pequeños en tareas cotidianas.

Imán condena la masacre de París, «es una desgracia». Sin embargo, no ve justificado que se asocie a la población musulmana con lo ocurrido. «Estamos a lo nuestro», dice consciente de que cada vez que se produce un ataque yihadista «nos perjudica a los demás, no se debe hacer lo que hicieron y la religión no dice nada de éso», insiste.

Las noticias sobre el número de víctimas tras el atrincheramiento de los sospechosos en un polígono industrial de París son confusas cuando en la mezquita Sunna de la calle Doña Urraca, la más antigua de las tres que hay abiertas en la capital, se inicia el rezo del viernes con un sermón del voluntario que lo dirige, Said Ezzakadi.

Llegan los hombres a cuentagotas al recinto religioso, unos con ropa normal, otros se visten la chilaba o kurta y salwar (pantalón y camisola) y todos se descalzan. Algunos hacen las abluciones antes de pisar el suelo forrado de alfombras. El predicador habla desde una especie de púlpitoligeramente por encima del nivel del suelo y decorado con un árco árabe. Tiene megafonía y a su lado un luminoso indica las horas de la oración en León, unos diez minutos después que en Madrid por las coordenadas de latitud y longitud.

Después del sermón, el rezo se realiza en varias posiciones que recuerdan a las posturas del yoga e incluso a las que se utilizan en el rito católico durante la misa. Ellos siempre miran a La Meca. No hay mujeres en el templo. No está prohibida su entrada pero, habitualmente, ellas rezan en casa.

La mezquita Sunna acaba de estrenar nueva sede hace unos meses. En la misma calle de su lugar primigenio. Menos renta y más espacio para acoger a los fieles decidieron el cambio. Para la decoración interior, con azulejos y escayolas, la realizan ellos mismos. Son buenos albañiles. Tienen mano de obra asegurada para construir mezquita propia si logran reunir el dinero para adquirir el terreno en El Crucero. Ezzkari ha viajado a Francia en busca de donativos.

«La celebración de mezquitas abiertas ha quitado mucho rechazo», asegura Ezzakari, recordando las iniciativas llevadas a cabo hace algún tiempo con el impulso de la asociación Ibh Khaldun y respaldadas por personas de respeto del mundo musulmán y de la sociedad civil leonesa. Al principio se veían coches de Policía en las inmediaciones de la mezquita. Ahora todo parece transcurrir con normalidad, aunque ellos se saben vigilados. «Somos como un rebaño con pastor», dice Wahbi. La crisis ha hecho regresar a muchas personas a su país. Algunos resisten gracias a las ayudas sociales, no saben por cuanto tiempo. Hay quienes han sido expulsados por no poder renovar los permisos de residencia al perder el trabajo.

En el bar Ferroviario, en la misma glorieta de El Crucero, una pequeña pizarra se hace en blanco sobre negro del grito que ha corrido por las redes sociales tras el atentado: ‘Je suis Charlie’. No es uno de los bares que frecuentan los musulmanes. «Yo fui emigrante en París y me tuve que adaptar. Estos son muy suyos», dice el dueño.

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