Francisco Sosa Wagner. catedrático de derecho público y ex eurodiputado
«El progreso de España pasa por cabrear a los nacionalismos»
RAMIRO
—¿Es indiferente llamarse Sosa Wagner?
—Me llamo Francisco Sosa Wagner, como todo el mundo.
—¿Qué recuerda de su infancia en Melilla?
—Yo vivía en Villasanjurjo (hoy Alhucemas). Mi padre era médico civil. Viví la alianza de las civilizaciones cuando era pequeño jugando a las bolas con niños judíos, musulmanes y nosotros que éramos cristianos. Convivíamos sin ningún problema en el crisol de culturas que hay en el norte de África.
—Pasó una importante etapa de su vida en Valencia y sin embargo se define como asturleonés de Marruecos. ¿No le va el Mediterráneo?
—Me va muchísimo porque además uno de mis platos preferidos es la paella valenciana hecha en la playa, no un arroz cualquiera. Al final, en Valencia he vivido diez años. Voy por allí con mucha frecuencia porque mi madre que tiene 93 años todavía vive y tengo amigos. Me fui tras doctorarme.
—Tal y como está el patio en Cataluña, ¿Reniega de su paternidad en el parto de las autonomías?
—No, en absoluto.
—¿No es un fracaso del sistema autonómico?
—El sistema autonómico lo han hecho fracasar los separatismos y en este caso concreto, el separatismo catalán. Cuando echó a andar el sistema autonómico nadie podía tener en la cabeza que esto iba a acabar con la separación de Cataluña.
—¿Qué ha pasado entonces?
—El sistema se mantuvo en equilibrio porque hubo acuerdos políticos mayoritarios: en los años 80 se ampliaron los estatutos de autonomía, en los 90 se ampliaron las transferencias... El punto en el que se rompe el modelo autonómico tal y como se había diseñado es cuando José Luis Rodríguez Zapatero abre la posibilidad de aprobar de nuevo los estatutos de autonomía y da carta libre a Cataluña para hacer lo que deseen sus órganos de gobierno allí. Ese enfoque fue desafortunado, aunque lógicamente no podía tener en la cabeza José Luis Rodríguez Zapatero la idea secesionista.
—¿Rajoy no podía hacer nada?
—Rajoy, como Zapatero y Aznar antes, tenía que haber hecho una cosa: no permitir que las escuelas se convirtieran en aprendizaje de adoctrinamiento nacionalista. El Estado no podía dejar de su mano las competencias educativas.
—El problema secesionista no ha ocurrido en el País Vasco con el mismo modelo.
—Probablemente el adoctrinamiento es igual, pero la situación del País Vasco ahora es más moderada. El hecho de que quien encarna el proyecto político vasco sea más moderado hace que las cosas estén circulando mejor, de la misma manera el hecho de que en Cataluña sea una persona más radical la que lleva el proyecto político. Tampoco es sea ajena al secesionismo la situación procesal de buena parte de los dirigentes del partido político que gobierna.
—¿Qué quiere decir?
—A uno le queda la duda si todas estas ansias de independencia no tienen que ver con que no gusta que le metan a uno en la nariz los inspectores de Hacienda, jueces y fiscales. No es una banalidad que el hecho de que la persona que ha estado 30 años gobernando Cataluña haya confesado que ha estado 30 años engañando a Hacienda.
—¿Reformar la Constitución debe pasar por un nuevo proceso constituyente?
—No es posible poner patas arriba todo. Hay que cambiar piezas concretas. Para que una sociedad entre en proceso constituyente la ciudadanía tiene que creer en unas cosas básicas. Y eso nos falla, como se ve claramente con el secesionismo catalán. En Alemania se ha cerrado un proceso constitucional a principios del siglo XXI sin problema. Con motivo de los atentados de Francia en una de las reuniones del presidente Hollande era emocionante ver a los diputados y senadores en pie cantando la Marsellesa. Aquí no podría ser.
—No hay letra que cantar...
—Aquí el himno nacional se pita. Eso es una quiebra de la integración de la sociedad, que es un obstáculo muy relevante.
—¿Cuáles son esas piezas entonces?
—He formado parte de la comisión de expertos para asesorar a Albert Rivera y hemos propuesto dos grandes reformas en un documento moderado. Una es adoptar un sistema electoral inspirado en el modelo alemán.
—¿Con una segunda vuelta?
—No, se trata de dar dos votos a cada ciudadano. Habría que hacer una reforma de los distritos electorales y ampliarlos a 175 para la votación a las personas y reducirlos al ámbito autonómico para la de los partidos. Uno para la persona en que confía y otro para el partido político en lista bloqueada y cerrada. Enriquecería la identificación del votante con el sistema electoral.
—¿Supondría más escaños?
—No, se mantendrían 350.
—Acaba con la circunscripción provincial.
—Sí.
—No va a gustar nada a los nacionalismos.
—El progreso de España pasa por cabrear a los nacionalistas. Es una monstruosidad que los votos valgan diferente según qué provincias. Se ajusta una fórmula matemática, que no es la alemana, para que el voto sea lo más igualitario posible.
—Ya elegimos en listas abiertas a los senadores.
—No es lo mismo. El Senado tiene muy pocas competencias. Con nuestro modelo sería una conferencia de presidentes y sus miembros serían los 17 presidentes de comunidades autónomas y los dos presidentes de ciudades autónomas con un voto ponderado en función de la población. Se ocuparía de cuestiones comunes a todo el territorio: el Plan Hidrológico, las grandes infraestructuras de obras públicas, transportes, comunicaciones.
—¿Y la otra gran reforma?
—El Consejo General del Poder Judicial.
—¿Acabar con un órgano politizado?
—El problema no es si el CGPJ lo eligen los jueces o los parlamentarios. En la judicatura española el 80% de los jueces y magistrados actúan de manera independiente y libre. El problema de la politización está en las cúpulas (magistrados del Supremo, Audiencia Nacional, presidentes de TSJ...) porque esos cargos son discrecionales. Hasta hace poco se podía hacer sin motivar. Los nombramientos discrecionales se tienen que sustituir por reglados para evitar que un magistrado sea un señor que no pueda alcanzar nunca su grado máximo si no está en una asociación o enredo.
—Al filtrar tanto puede ocurrir que nadie cumpla los requisitos o sigan los de siempre. Que todo cambie para que todo siga igual.
—Hay que cerrar las puertas giratorias entre la justicia y la política, que es tradicional en España.
—¿Y las puertas giratorias de los políticos a las empresas?
—Me parece muy mal. Distinguiría entre cargos y cargos. Un presidente del Gobierno, cuando termina su mandato debe dedicarse a escribir sus memorias, pero meterse en negocios no me parece correcto.
—¿León con Castilla es un encaje de bolillos? ¿Le ha beneficiado en algo esa autonomía?
—Que se constituyan regiones grandes es muy importante y León se ha beneficiado de ello. Los perjuicios, como la minería ahora, están inscritos en el marco de problemas generales que no tienen nada que ver con estar en una autonomía o en otra. Lo de León solo me parece fuera de lugar. Hay que tratar de buscar administraciones públicas que tengan una entidad poblacional importante, y esto vale también para los municipios, por eso soy firme defensor de las fusiones.
—¿La centralización en Valladolid ha potenciado su crecimiento económico?
—También es un centro económico Burgos porque la situación geográfica es importante a la hora del desarrollo y despegue económico. Y Burgos está en la salida hacia Europa. En el caso de León es muy importante la llegada del AVE, habernos puesto a dos horas de Madrid. Espero que se sepa aprovechar el esfuerzo que se ha hecho desde Europa y España. Por ahí van las grandes reformas. Saludo con simpatía, aunque no sé si va a fructuficar, el pacto de la leche. Toda la política agraria, es muy importante porque está destinada a favorecer a unas poblaciones que tienen que seguir porque nos dan de comer y asientan los territorios.
—León es el centro neurálgico del noroeste y no se aprovecha esa posición.
—El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero para León ha sido muy positivo. Ahí está el Incibe.
—Un alumno, por cierto, con el que no ha tenido ‘feeling’ político.
—Pero sí la simpatía personal. No sólo con él, sino con su padre y con su hermano. A Zapatero le agradezco que erradicara el fumar en esta facultad y de los restaurantes.
—¿Está aborchonado por el engaño de Sadat Maraña?
—No soy afiliado a Ciudadanos y lo que único que digo es que para el oficio de diputado hay que buscar a personas de perfil político o profesional. Al Congreso se va a hacer leyes.
—¿Qué ha visto en Albert Rivera?
—Un muchacho muy despierto con cualidades positivas para un político: entiende lo que se le dice y cuando no lo entiende, pregunta y decide. Ha creado con éxito un espacio necesario.
—¿La marca blanca del PP?
—Del PP, del PSOE o de lo que sea... es igual. Yo nunca he sido del PP. He sido del PSP y del PSOE y luego de UpyD.
— «Los pactos no los pueden decidir los políticos en restaurantes de cuatro tenedores». Lo dijo usted. ¿Quién va decidir los pactos de Ciudadanos?
—Sempre he sido partidario de las segundas vueltas en el ámbito local pero en las generales me apunto a la fórmula que comenté.
—¿La comisión de expertos no va a asesorar a Albert Rivera en este asunto?
—No, no....Los españoles tenemos una mentalidad de la derecha y de la izquierda que yo he comparado mucho a la obra de teatro Miguel Mihura Ninette y un señor de Murcia. A Ninette le preguntan si le gusta el cocido o la fabada. «Unas veces el cocido y otras la fabada», dice. Pero le insisten: ‘Tiene que definirse: o el cocido o la fabada. Apelo a la sabiduría política de los alemanes, han gobernado los dos partidos políticos. Tanto el icono de la socialdemocracia Willy Brandt, que siempre gobernó con los liberales, como Helmut Schmit.
—¿Vería bien un pacto entre el PP y el PSOE?
-Claro, entre el PP y el PSOE, entre el PSOE y Ciudadanos, entre el PP y Ciudadanos...
—Pero critica los males del bipartidismo...
—Evidentemente estoy en eso y preferiría que Ciudadanos tuviera responsabilidades de Gobierno.
—¿Con el PP o el PSOE?
-Ni con uno ni con otro. Lo que quiero es saber la letra pequeña de los pactos: la política energética, ganadera, transportes... Eso es lo que me interesa, no los marchamos de derechas o de izquierda..
—‘Los servicios públicos no están de moda’. Lo dijo en 1991. ¿Es un visionario?
—Es la gran aportación de la socialdemocracia europea ha sido esa columna vertebral de la sociedad que son los servicios públicos. Y sigo considerándolo así.
—Ahora están en la picota.
—La política de liberalización es positiva en casos como el transporte aéreo. Permite que personas de modestos recursos puedan volar y pasar un fin de semana en Londres. Me parece correcta, pero siempre que se garanticen unos servicios mínimos a los más desfavorecidos.
—¿Cuál fue la última palabra que le dijo a Rosa Díez?
—Prefiero no acordarme. Me estuvieron zarandeando 140 personas durante seis horas para adoptar el acuerdo que yo había propuesto: intentar un acuerdo con Ciudadanos. Pero fracasa.
¿El humor es un antídoto contra un carácter exigente y hasta severo, como se trasluce en esa novela suya titulada ‘Es indiferente llamarse Ernesto’?
—Soy muy exigente conmigo mismo y muy poco con los demás. Pero es verdad que tengo una vertiente de humor muy acusada. Jardiel decía que el humorista es un señor que adivina cómo terminan las cosas y por eso no se las toma especialmente en serio. Mis Soserías pretenden quitar gravedad al comportamiento humano. Hay que evitar ser pelmazo.
—¿Hemos tenido un gobierno pelmazo?
—Los gobiernos propenden todos a ser pelmazos, otra cosa son las personas.
—Participó en un video del Parlamento Europeo en defensa de los derechos de la comunidad LGTB después de que UPyD fuera boicoteada por la comunidad gay. ¿Tenía que demostrar que estaba con la causa gay?
—Aquello fue el primer día que yo iba a votar, sin lista de voto, y me abstuve en todo porque no sabía lo que iba a votar. No sólo hice el video sino que tengo en casa un diploma de la LGTB por todas las cosas que hice allí.
—¿Con qué causa se comprometería ahora?
—Con la europea. Hemos heredado unas instituciones muy importantes, cuando se miran con las gafas de historiador, y no de periodista, vemos que son un éxito.
—¿Está de acuerdo con el castigo a Siria tras los atentados de París?
—Ha estallado una nueva forma de plantearse los conflictos, como ocurrió con la guerra de guerrillas en España. Una de las grandes conquistas de la civilización es que el monopolio de la violencia la tienen los estados y eso se ha roto. La guerra se ha privatizado. La facilidad de disponer de armas letales se ha convertido en algo banal. Los gobiernos propenden a dar respuestas tradicionales, es lógico. La ciudadanía debe aclararse con quién se está en este enfrentamiento de civilizaciones.
—¿Aprueba que se castigue a la población civil?
—El gobierno francés ha dicho que se han bombardeado posiciones yihadistas del Estado islámico.
—A veces caen en los hospitales de Médicos Sin Fronteras, como ocurrió en Irak.
—O se dispara en un restaurante donde la gente está comiendo. La respuesta de los gobiernos es compleja porque se han roto los costurones de los conceptos de guerra y paz. En ese proceso de repensarlo todo se cometen errores, pero yo tengo muy claro donde estoy: con Europa y con occidente, con la separación Iglesia-Estado, el respeto a las libertades públicas y las grandes conquistas que vienen de la Ilustración y de la socialdemocracia.