Diario de León

las chicas de la saphil

Las obreras leonesas ‘graduadas’ en Ripoll

Cerca de medio millar de jóvenes leonesas fueron reclutadas entre los años 60 y 80 en pueblos de La Bañeza, Astorga y el Bierzo para trabajar en una fábrica de hilaturas de Cataluña mientras estudiaban el bachiller.

Mari Luz Martínez, Araceku Domínguez, Flor Matilla y Maribel Ramos, cuatro experiencias comunes pero diferentes, con fotos de su época en la Saphil. F. OTERO PERANDONES

Mari Luz Martínez, Araceku Domínguez, Flor Matilla y Maribel Ramos, cuatro experiencias comunes pero diferentes, con fotos de su época en la Saphil. F. OTERO PERANDONES

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ana gaitero | león

Nueve horas de jornada laboral y tres de escuela. Turnos en la cocina. Disciplina y horarios estrictos. Hasta la siesta estaba pautada. Así era el régimen de vida de aquellas obreras, casi niñas, que con 14 o 15 años, dejaron atrás su pueblo a la orilla del Órbigo, el Páramo, en tierras de La Bañeza, la Maragatería y el Bierzo para labrarse un futuro en la pujante industria textil catalana mientras estudiaban.

Son las ‘chicas’ de la Saphil. Varias generaciones de leonesas que burlaron el destino que les reservaba la vida en el pueblo, arrancando remolacha y recogiendo espigas, y se convirtieron en ‘obreras-estudiantes’ de la Sociedad Anónima de Peinaje e Hilatura de Lana (Saphil) de Ripoll (Gerona) y la ‘pionera’ residencia de chicas regentada por monjas seglares.

Las chicas no iban para monjas, pero fueron reclutadas por un cura, para poner en marcha el centro experimental Saphil siguiendo el modelo de los misioneros que captaban vocaciones con sesiones de cine y charlas en las escuelas rurales de León. Isaías Domínguez, oriundo de San Cristóbal de la Polantera, fue el adalid del ‘experimento’ que duró 23 años, desde 1963 a 1986. En marzo llegaron a Ripoll las primeras 15 chicas procedentes de la zona de Astorga y un mes más tarde llegó un grupo más numeroso con 75 adolescentes más.

Se calcula que cerca de medio millar de leonesas pasaron por la señera fábrica catalana. «Todo empezó en Salamanca, donde don Isaías, que oficiaba en Astorga, realizaba un curso en la Universidad Pontificia. Allí coincidió con otro sacerdote más joven que le comentó un proyecto que estaba en mente de unos empresarios catalanes que él conocía».

Buscaban «chicas serias y trabajadoras, acostumbradas a las tareas del campo y a colaborar en casa». No faltaba la tradición textil en la comarca y sobraban las ganas de labrarse un futuro más allá de las duras faenas del campo.

Durante cuatro años, las adolescentes entregaban sus fuerzas a la producción del hilado a cambio de un salario que acumulaban en una cartilla intocable hasta que terminaban el programa, se formaban y maduraban en un régimen de internado que algunas de sus protagonistas como «una mili elevada a la quinta potencia», comenta Mari Luz Martínez, de San Cristóbal de la Polantera.

Maribel Ramos, de Villamediana de la Vega, tenía muy claro que quería salir del pueblo. Recuerda que el cura fue a las escuelas en busca de chicas de 14 a 16 años. «Hubo una reunión en el Ayuntamiento y nos hicieron unos exámenes básicos, creo que también se fijaban si teníamos las manos ágiles», relata en un encuentro con otras compañeras.

No comentó nada en casa hasta que le dijeron que estaba aprobada. Entonces su padre le acompañó a hacer la revisión médica. «Había que medir 1,5 metros para alcanzar la máquina y yo medía 1,48, así que mi padre me decía: estírate». Lo consiguió. Con el permiso paterno y el del cura, emprendió el largo viaje atravesando la península de oeste a este. Acostumbrada a las tierras llanas, las montañas de Ripoll le impresionaron.

Poner tubos, sacar husadas, vigilar y anudar los hilos que se rompían en las máquinas continuas... todo el trabajo de la hilatura le esperaba a casi mil kilómetros de su casa. En un valle montañoso. Cuando llegó la residencia aún estaba en obras y vivieron una temporada en los barracones donde se cambiaban los obreros que trabajaban en la fábrica. «Cuando vimos aquello, si nos dan el paso, nos damos la vuelta. Llorábamos todas». Tampoco fueron muy bien recibidas por aquellos trabajadores que las veían como competidoras. «Más tarde nos aceptaron sin ninguna reticencia», aclara una de las pupilas obreras.

Las viejas máquinas habían sido sustituidas por otras compradas en el extranjero que controlban todos los tiempos, las medidas e incluso los paseos de las operarias. «Todo se computaba y según los trabajos que habías realizado te pagaban una prima». Al principio fueron fueron entrenadas por unas instructoras experimentadas. «Se trataba de optimizar todos los movimientos para rentabilizar el trabajo al máximo. Con el tiempo descubrí que a ese sistema se le llama taylorismo», agrega.

«El sueldo no lo veíamos hasta que terminábamos los cuatro años que duraba el programa, así que también jugaban con nuestro dinero», apunta Araceli Domínguez. Las chicas recibían a fin de mes la prima en función de su producción. «Cada día ponían una lista con nuestros nombres y lo que habíamos ganado, era una forma de incentivarnos», añade Maribel Ramos.

«Era un sistema muy competitivo». Como explica Mari Luz Martínez, de San Cristóbal de la Polantera, «teníamos una fiebre tremenda por hacer más y más, te inducían».

Con el tiempo hubo dos turnos de trabajo y después tres. La fábrica no paraba más que del sábado por la noche al domingo. Las que trabajaban por la mañana estudiaban por la tarde y viceversa. El turno de tarde empezaba a las 13.30 y terminaba a las 22.30 y el de noche desde esta hora hasta las 4.30 de la madrugada, cuando entraba el relevo de la mañana.

Maribel forma parte de la primera promoción de las ‘noias’ de Saphil. La fábrica había sido fundada en 1920 por la fusión de cuatro industriales. Durante décadas los trabajadores eran sólo hombres. En Ripoll, muy cerca de la residencia que levantó la fábrica para alojar a las jóvenes trabajadoras, estaba la colonia de Santa María, viviendas para los trabajadores que habían venido desde Andalucía y otros puntos de España.

«Las mujeres se van incorporando progresivamente por la falta de hombres y la urgente necesidad de ampliar las plantillas para satisfacer la creciente demanda de producción. Los empresarios textiles van a saber aprovechar la necesidad de puestos de trabajo específicos para las mujeres de la comarca, estructurando el proceso de la hilatura para que pudiera ser llevado a cabo por operarias femeninas», señala un trabajo de un alumno del colegio Vedruna Escorial Vic.

Los hombres fueron desplazados a las industrias metalúrgicas y más pesadas, mientras que las mujeres ofrecían un rendimiento mayor en el textil. «La residencia permitía disponer de un personal muy joven y capaz de asimilar la formación continuada que requería la industria textil en aquellos momentos. También minimizaba las bajas laborales por enfermedad o maternidad, ya que eran adolescentes, y facilitaba ejercer un control estricto sobre las reivindicaciones sindicales», comenta Albert Roca Salvans. A finales de los 60, el 85% de la mano de obra en la industria textil del Ripollés era femenina y se estima que había más de 8.000 trabajadoras en esta comarca. Las leonesas fueron las primeras en incorporarse al proyecto experimental de estudiantes-obreras de la Saphil.

Con el tiempo llegarían otras hornadas de Navarra y Aragón sobre todo. «Era una forma sibilina de explotación y algunas no aguantaban, hubo muchas deserciones», comenta Araceli Domínguez, de La Bañeza. Gracias a su empuje las chicas de la Saphil se reencontraron y en 2007 visitaron de nuevo la residencia y la fábrica. Por aquel entonces todavía estaba en funcionamiento.

A la fábrica llegaban los vellones de lana y del proceso industrial de peinaje e hilatura se obtenían las mechas para después tejer los paños. La Saphil tenía su industria principal en Tarrasa. «hoy dirían que era un trabajo duro, pero según con qué lo compares o de dónde vinieras». apunta Maruja García.

La jornada empezaba a las cuatro menos diez de la madrugada cuando tocaban diana para levantarse. No había tiempo que perder. Una ducha rápida, vestirse y a desayunar. Si cuando llegaban al comedor la monja ya había empezado a rezar tenían castigo asegurado. A las cuatro y media empezaba a trabajar el primer turno, a las 9 tenían media hora de bocadillo y luego seguían la jornada en la fábrica hasta la una y media de la tarde.

Maribel Ramos recuerda que «el trabajo lo llevaba bien, aunque llegaba cansada. Lo peor era el ruido. Me dolía mucho la cabeza». Al llegar a la residencia, lo primero que hacían era ducharse. Luego comían y a las tres de la tarde hacían la siesta, que formaba del programa para recuperar fuerzas y rendir al máximo.

De cuatro a siete de la tarde asistían a clase. Los profesores iban a la residencia y para examinarse dependían de un instituto de Gerona. «Sólo volvíamos a casa 15 días en verano, del 1 al 15 de julio. El resto de las vacaciones hacíamos excursiones para conocer España y también salimos al extranjero», comentan.

La primera promoción hizo un viaje inolvidable a Italia el año en que se graduaron y dejaron la residencia y la fábrica. «Nos fuimos con una formación y 150.000 pesetas en nuestra cartilla, que en aquel entonces era mucho dinero», explican.

Con estos ‘ahorros’, Maribel Ramos volvió a León, estudió hasta 6º de Bachillerato e hizo la reválida. En Ripoll obtenían el título de bachillerato laboral. «Mi objetivo era ir a la universidad», comenta. En la residencia de Saphil, que también contaba con biblioteca, se había convertido en una apasionada lectora. Alguna vez fue castigada a limpiar los radiadores por leer por la noche en el baño, recuerda. Para poder estudiar, se fue de au pair a Francia. Se graduó en letras modernas y hace poco acaba de jubilarse como profesora del Liceo Francés de Bilbao, ciudad en la que reside.

Algunas se quedaron en Ripoll o en otros puntos de Cataluña. Otras volvieron urgidas por la necesidad familiar. «Mi padre estaba enfermo y quería verme antes de morir», comenta Maruja García, de San Cristóbal de la Polantera. Después de una temporada en León sin ver más futuro que trabajar limpiando, decidió irse a Gijón y se dedicó a buscar trabajo para toda la familia. Ella encontró empleo en una conservera. Era la seguda de siete hermanos y estaba acostumbrada a la dura vida del campo. «La Saphil fue una experiencia muy buena para mí, me sirvió muchísimo en la vida. Estoy agradecida», comenta Maruja desde Gijón. «Hoy se aprovechan más de la juventud que se aprovechaban de nosotras. Muchos trabajan y no cobran», alega. Para Maruja, el trabajo de la fábrica «era muy llevadero» y tenía el aliciente de estudiar. «Venía de una familia que vivía del campo y muchas veces tenía que perder la escuela para ir a entresacar la remolacha», confiesa. Ni siquiera los madrugones eran un sacrificio para ella. «En casa, sobre todo, en verano nos levantábamos a las cuatro de la mañana», añade.

Araceli Domínguez se fue con 15 años. «En La Bañeza había instituto pero a mí no me gustó estudiar y tampoco fui con las monjas que iban reclutando niñas para los colegios», explica. Llegó a Ripoll con otras cuatro chicas de Soto, Seisón y Villamediana el 6 de enero de 1969. Tres años después regresó porque no terminó los estudios. «Si no aprobabas no podías seguir», apunta.

Recuerda el sistema férreo de disciplina y la expulsión de una joven que una noche se escapó con el novio. Pero también valora todo lo que «aprendimos» porque «nos dieron una formación integral». Las muchachas eran instruidas para desenvolverse con su rol de buenas amas de casa y perfectas invitadas. «Comíamos la naranja con cuchillo y tenedor y nos obligaban a mantener una conversación en la mesa sobre temas de interés», añade.

Mari Luz Martínez se incorporó a la fábrica-escuela en 1964, pero como ya había hecho el examen de ingreso y tenía el primer curso de bachillerato aprobado se licenció en 1967, con la primera promoción. «Yo no quería ser monja, así que me dije: o a arrancar remolacha o a Ripoll. Y me fui a Ripoll». Para entonces ya se había corrido la voz entre las chicas de la comarca. «Me adapté bastante bien al trabajo a pesar de que tenía los pies planos», comenta esta mujer que compara el régimen de vida que llevaron con el de los soldados en los cuarteles. «Lo nuestro fue una mili elevada a la quinta potencia», recalca.

Recuerda la fila de 20 metros con todas las bobinas que había que controlar. Trabajaban en cadena y todas las operarias iban pasando por todo el proceso productivo. «Había que tener una vista de lince para ver el hilo que estaba roto y el que no», anota Mari Luz.

Cuando terminó su estancia en la fábrica-escuela, con 19 años, marchó a Madrid, donde su madre se había instalado con otra hermana que era maestra. «Mi madre estaba viuda y se fue con ella para ayudarla». En la capital obtuvo una beca para estudiar secretariado y pronto se colocó en una empresa constructora como secretaria de dirección. «Cuando me he jubilado éramos 22.000 personas en la empresa», dice satisfecha de su periplo vital y profesional.

Para Flor Matilla, de Santibáñez de Valdeiglesias, la experiencia en Ripoll fue «un balón de oxígeno» para salir del ambiente asfixiante en el que vivía. Tenía 15 años en 1967 cuando emprendió el viaje a Ripoll. Ya había oído hablar del experimento y quiso probar. Se licenció en 1971. Su balance es positivo pese a que en la mochila también están los recuerdos de los severos castigos a los que eran sometidas por fallos nimios.

En la residencia las chicas colaboraban en todas la tareas: en la cocina, en la limpieza, en el orden y la disciplina, piedra angular del régimen de vida que llevaban. «Una vez que estaba al cargo de las llaves de la casa me las olvidé en la fábrica. Llegó de viaje la directora y vinieron a despertarme para que fuera a por ellas. Luego me castigaron a salir y entrar por la ventana durante un mes», cuenta Flor.

«Si te olvidabas la ropa en el tendedero o la tenías más de las dos horas que había para las prendas que metíamos en lejía te la requisaban y tenías que pagar para recuperarla», recuerdan. Con el dinero de las primas, entre 300 y 400 pesetas al mes, pagaban la manutención (200 pesetas) y el sobrante les servía para sus gastos en ropa y ocio, aunque .

Todas recuerdan las salidas a Ripoll, las fiestas y alguna algún pretendiente. «Yo tuve oportunidad de salir con chicos e ir a bailar a Ripoll», recuerda Maruja. «Otras echaron novio y se casaron», añade. «La Saphil me dio la opción de poder manejarme en la vida, luego busqué trabajo para todos los de mi casa», añade.

El próximo año se cumplen los 50 años de la graduación de la primera promoción en la Saphil. Desde hace más de una década las leonesas se reúnen todos los veranos para recordar aquel tiempo que marcó sus vidas y les abrió el camino a un mundo nuevo, muy diferente al que vivieron sus madres y sus abuelas.

En 2007 visitaron Ripoll, con la fábrica todavía en funcionamiento (hoy ya está cerrada) y la residencia convertida en la sede de un centro de formación en imagen. Muchas recogieron sus fichas después de 40 años.

Con la la democracia y las nuevas leyes se puso fin a este proyecto que para las mujeres que lo protagonizaron fue «hermoso. «Hoy cientos de mujeres de nuestra tierra y más tarde también de Navarra y Aragón, que hoy estamos en los 60 y 50 años le debemos mucho a este proyecto», alegan. De Ripoll salieron futuras maestras, abogadas, veterinarias, enfermeras, amas de casa, secretarias, operarias de otras fábricas... «Todas siguen contribuyendo a la mejora de nuestra patria», comentan con orgullo.

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