La secesión pasa factura a la vieja Convergencia
El partido ha perdido tres de cada cuatro militantes por la deriva independentista.

El que fuera presidente de la Generalitat, Artur Mas. J.J. GUILLÉN
cristian reino | barcelona
La gran manifestación de la Diada de 2012, con la que arrancó el proceso secesionista, supuso el principio del ocaso de Convergència. Artur Mas interpretó mal la voluntad popular, se subió a la ola independentista, convocó elecciones pensando que capitalizaría el descontento de la calle, pero se encontró con el primer gran retroceso de su partido. La entonces CiU pasó de 62 escaños a 50. Y Esquerra empezó a coger músculo (dobló resultado) y a sentar las bases para ser la fuerza de referencia del soberanismo, con posibilidades reales, como las que tiene en la actualidad, de ganar los comicios catalanes.
El expresidente de la Generalitat pensó en 2012 que los cientos de miles de personas que salieron de manera masiva a reclamar un referéndum y a reivindicar la independencia votarían a CiU y le darían la mayoría absoluta. Se dejó llevar por un cierto mesianismo, cometió su primer error de cálculo y a partir de ahí la formación que fundó Jordi Pujol en 1974 inició un declive imparable. Venía de ser el partido casi hegemónico de la política catalana. Entre 2009, en pleno segundo Gobierno tripartito del PSC, Esquerra e ICV, que era todo menos un ejecutivo cohesionado, y 2012, Convergència tenía unos 50.000 militantes. Hoy, cuatro años después del inicio del proceso independentista, esa cifra ha caído a 12.000.
Tres cuartas partes de las bases del partido han abandonado el barco: unos por la deriva independentista de la formación, y otros por el retroceso económico, por la crisis general de credibilidad que afecta a los partidos tradicionales, por el caso Jordi Pujol, la presunta corrupción del 3% o porque la militancia ya no se lleva. El caso es que han pasado tantas cosas en los últimos años, que ni el partido es el mismo. Ya no se llama Convergència ahora que se ha refundado en el PDECat, tampoco tiene la misma sede después de venderla para afrontar las deudas, ni forma coalición con Unió, ni tiene el mismo presidente fundador, Jordi Pujol, que tuvo que renunciar al cargo honorífico después de reconocer en 2015 que había mantenido una fortuna oculta al fisco durante tres décadas. Todo un terremoto en el partido, que perdió así a su gran referente.
En lo que respecta al apoyo electoral, este hundimiento de la antigua Convergència también ha sido significativo. Tras perder 12 escaños en los comicios de 2012, la caída empezó a ser vertiginosa. Esquerra logró el ‘sorpasso’ en las europeas de 2014. Un año después, Ada Colau arrebató la alcaldía de Barcelona al convergente Xavier Trias. Y en las catalanas del 27-S, planteadas como plebiscitarias, Convergència tuvo que pergeñar un pacto con Esquerra para concurrir de forma conjunta bajo la fórmula de Junts pel Sí, que trataba, entre otras cuestiones, de disimular un descenso electoral que aún no ha tocado suelo.
Mas se equivocó al no convocar elecciones tras la consulta del 9-N de 2014, tras la que salió reforzado respecto a Oriol Junqueras. Prefirió esperar un año y estirar la legislatura. Después de los comicios del 27-S del año pasado, volvió a errar en un par de ocasiones. El primer fallo fue presentar el resultado de Junts pel Sí como un gran triunfo y como una victoria suficiente para desconectar de España, creando unas expectativas muy altas entre el independentismo. El expresidente de la Generalitat ha empezado a rectificar y ya reconoce que las fuerzas secesionistas necesitan un mayor apoyo electoral para alcanzar la independencia.
El otro error que no le perdonan los más moderados de su partido es haber cedido el control de la gobernabilidad a la CUP, un partido anticapitalista y antisistema que, aunque comparte el objetivo de la independencia, está en las antípodas ideológicas de la Convergència burguesa y de orden de toda la vida. Entre los sectores más conservadores del nacionalismo catalán se considera que la formación se ha dedicado en exclusiva al proceso secesionista, y a contentar a Esquerra y a la CUP, y que ha dejado abandonado su espacio tradicional. Algunos de estos sectores, como el que lidera el exconsejero Antoni Fernández Teixidó, preparan ya un partido que pueda aglutinar al centro derecha soberanista, pero no independentista.