Diario de León

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La semana política que empieza Fernando Jáuregui
León

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C ierto que Pablo Iglesias (Turrión) trató hace dos años, con un éxito solamente parcial, de fagocitar a Izquierda Unida, la coalición (federación) aglutinada en 1986 teniendo al ‘histórico’ Partido Comunista de España como principal ingrediente. El líder de Podemos forjó y forzó una amalgama de fuerzas en Cataluña, Euskadi, Galicia, Valencia, Andalucía y, sobre todo, Madrid, que sin duda registró resultados satisfactorios en las elecciones celebradas tras el nacimiento de la formación morada: nada menos que cinco millones de votos, ya en franco declive, como en precario está la unidad de esas fuerzas ‘regionales’.

El nacimiento de ‘comunes’ (o como quiera que acabe llamándose la formación aglutinada por Ada Colau en Barcelona) marca el éxito de más o menos pequeños partidos periféricos. Que, contra lo que ocurrió hace cuarenta años, cuando el PCE, legalizado en aquel ‘sabado santo rojo’ (afortunado título del asombroso libro-revelación de Joaquín Bardavío) y el PSOE, que se había desembarazado en 1974 de los ‘históricos’ de Rodolfo Llopis, se inspiran más en lo centrífugo que en lo centrípeto.

Hoy, el PCE, y acaso Izquierda Unida, aún liderada por un Alberto Garzón que se entregó atado de pies y manos a Iglesias, se encuentra prácticamente desaparecido: ¿a dónde ha ido a parar el millón de votos que consiguió la última vez que concurrió a las urnas en solitario? ¿Todos a la formación morada, de la que van desgajándose las mareas gallegas, el Compromís de Mónica Oltra en Valencia, los catalanes de Ada Colau, los andaluces ‘federalistas’ de Teresa Rodríguez y su pareja, el peculiar alcalde gaditano?¿a las múltiples soluciones ‘verdes’, alternativas, también alineadas más o menos con lo morado?

No lo sé: quién sabe dónde se van resituando los votos de la izquierda, los que huyen del PSOE despedazado, los que aún confían en que el partido fundado hace ciento treinta y siete años por Pablo Iglesias (Posse) vuelva a encontrar su lugar, llevado de la mano por un nuevo líder (o lideresa). O los que buscan en ‘soluciones periféricas’, como la que acaba de alumbrar la alcaldesa de la Ciudad Condal —suprema paradoja—, una salida a sus inquietudes, críticas siempre con el sistema actual, en el que ‘la derecha’, o el centro-derecha, impone sus criterios, sus doctrinas más o menos endebles, sus recetas, su táctica y sus estrategias.

Lo que sí sé es que Podemos, como el PSOE, es un personaje en busca de autor, remedando el título pirandelliano. Y que pensar que el partido socialista actual es heredero directo del que Felipe González sacó de Suresnes en 1974, poyado por Willy Brandt y, un poco, por Mitterrand, es tan absurdo como creer que este Podemos es el sucesor inmediato de aquel PCE que, a base de realismo y cesiones, Santiago Carrillo logró que fuese legalizado en 1977. Todo ha cambiado tanto... El panorama nacional, el europeo y el mundial. Ya no existen ni la Internacional Socialista, como tal, ni, desde luego, la comunista, que se cayó con el muro de Berlín en 1989. Hoy, el socialismo europeo se debate entre las fórmulas del francés Benoit Hamon, que ha dejado en la cuneta al muy, muy moderado Manuel Valls, la del extremista británico Corbyn y la del realista alemán Martin Schulz, única esperanza, Tsipras y el portugués Costa aparte, de ver próximamente a alguien medianamente de izquierda en un Gobierno importante de la UE.

Porque lo que es en España, ahora que celebramos las cuatro décadas de la muy valiente —ah, Adolfo Suárez... qué nostalgia— legalización del PCE, o los treinta de la aparición de IU, o los cuatro del surgimiento de Podemos, eso, la posibilidad de un gobierno que pudiésemos llamar ‘de progreso’, está cada vez más lejos. Y quizá a las ambiciones personales de Pablo Iglesias (Turrión) y a Pedro Sánchez, el ex secretario general del PSOE y aspirante a lo mismo, hay que ‘agradecérselo’. Quisieron a Rajoy en la oposición y, a base de torpezas y arribismo, lo han fortalecido en el sitial de La Moncloa, símbolo del máximo poder: ahí lo tendremos esta semana, reuniendo en el palacio de la Cuesta de las Perdices a los líderes de la Europa mediterránea, que son, por cierto, mayoritariamente de izquierda, de una cierta, o incierta, izquierda.

Lamento mucho decirlo, pero a la izquierda española le falta oponer ideas a los tópicos con los que gobierna —pero, en fin, gobierna— la derecha. Nos han ido decepcionando desde el trepador Sánchez hasta el ahora silente, agazapado, Errejón. Pasando por el ‘ideólogo’ Madina, el jovencísimo inexperto Garzón, el auto-emergente Urquizu o la propia ‘lideresa’ andaluza, que no suelta más que discursos y no programas. Los cito así, en confusa mezcolanza, porque a veces no logro distinguir lo que dicen —y, sobre todo, no dicen— unos y otros. Y conste que reconozco que algunas proclamas interesantes se han alumbrado este fin de semana en la ‘cumbre’ de los nuevos comuneros catalanes —Cataluña siempre ha sido fértil tierra de ideas políticas nuevas, desde la FAI hasta Esquerra, que luego se quedan en personajes vociferantes como Rufián—: pero ni Ada Colau ni Oriol Junqueras son Pablo Iglesias o Joan Tardá. O los enloquecidos de la CUP. O los ‘separatistas avant la lettre’ de Bildu, a los que erróneamente se sigue anclando con la desaparecida ETA. Si hay fórmulas nuevas para el debate territorial, social y económico en España, creo que los Colau y Doménech tendrán algo, quizá no demasiado, pero algo al menos, que decir. Ojalá lo que digan no pase por la palabra ‘independencia’, que no es precisamente un referente de lo que la izquierda, internacionalista por definición, ha de representar.

Ahora, con la perspectiva del tiempo, comprobamos que ni Vistalegre 2 sirvió para depurar mensajes y debates, más allá de ver por cuánto derrotaba Iglesias a los errejonistas en fuga, ni de la pugna interna, feroz, en el PSOE está surgiendo más idea para la mejora del país que la proclamación de que Patxi López —bueno, al menos él ha alumbrado un esbozo de programa— sería mejor en Ferraz que Sánchez o que Díaz, y viceversa. Y la militancia, hala, seguramente a votar contra el ‘establishment’ y contra la Historia, representada por Felipe, Guerra, Rubalcaba, Bono y otros símbolos del pasado ‘caduco’, que no volverá. Como no volverá aquel PCE que encarnó, con un grupo parlamentario pequeño, pero activo, el alma crítica de la ciudadanía hacia un bipartidismo que hacía de su capa un sayo. Desde luego, en Podemos aquel PCE no está, como viene advirtiendo Gaspar Llamazares, una de las escasa voces sensatas —y demasiado tristes— de ‘aquella’ izquierda, que seguramente también su fue para no volver. Ahora, a ver con qué la sustituimos.

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