más allá de la violencia machista
De víctimas a mujeres empoderadas
Una veintena de mujeres que han sufrido violencia de género participan en un programa pionero de empleo en el que han descubierto que «valemos más de lo que pensamos» y que «las oportunidades se crean» .

Entre las víctimas de violencia de género hay muchas mujeres que necesitan reactivar su potencial para volver a trabajar. JESÚS F. SALVADORES
ana gaitero | león
Hay golpes que no se ven. Que poco a poco, como una gota de agua, van haciendo mella en las mujeres que los reciben. Así se dan los golpes a la autoestima y a la autopercepción de la valía personal de las víctimas de violencia de género. Golpes que son amplificados por el miedo a que le ocurra algo a los hijos. Golpes que dan la condena a esconderse y a que nadie te crea.
La violencia machista, esa lacra que lejos de ceder, aumenta, y que este año generó en León casi un 30% más de denuncias, no es un callejón sin salida. Pero sí tortuoso. Las mujeres que sobreviven pasan por un calvario para rehacer su vida. Así lo cuentan las leonesas, algunas de origen extranjero, que participan en el Programa de Empleo Mujer Castilla y León, financiado por la Unión Europea e impartido por la Consejería de Familia e Igualdad a través de la Fundación Santa María la Real. «Es un programa de innovación social», apunta la coach Elena Andrés.
Son una veintena de víctimas de violencia machista de diferentes edades y culturas, un grupo en León y otro en Ponferrada, que han descubierto que «somos luchadoras y valientes» y que «tenemos muchos valores que nos ayudan día a día», afirman las mujeres bercianas.
Inés, Ana María, Sara, Nora, Ana Belén, María, Silvia, Eva María, Sagrario, Amparo, Verónica, Mari Carmen, Tamara, Sole, Estefanía, Diana, Isabel, Gabriela, Beatriz, Femi, Estrella... no se conocían de nada pero tienen mucho en común. Y no sólo el haber pasado por la dura experiencia de la violencia de sus parejas.
«Somos un equipo de mujeres capaz, solidario y responsable, unidas por un proyecto común que consiste en mejorar nuestras capacidades individuales y habilidades para adaptarnos al nuevo mercado laboral», se presentan las de León.
Las mujeres fueron seleccionadas entre las usuarias de la Oficina de Atención a la Mujer de la Junta en León y el programa está activo en las nueve provincias con el propósito de facilitar la inserción laboral de mujeres en situación de especial vulnerabilidad o en riesgo de exclusión.
«En esta convocatoria nos centramos en víctimas de violencia de género al observar las dificultades que tienen muchas de ellas para retornar o ingresar en el mundo laboral una vez que salen de la situación de violencia», comenta Quinidio Martínez, jefe de la sección de Mujer.
El programa busca fortalecer «la autonomía y mejorar la calidad de vida» de las beneficiarias. La instructora pone en marcha una serie de ejercicios de reactivación profesional y las pone en contacto con una red de contacto de empresas con responsabilidad social. Las mujeres llegaron con sus respectivas ‘mochilas’ personales cargadas de pesos sobrantes. «Llegué en un momento de mi vida personal en el que no me sentía muy capaz de encontrar un trabajo», admite Verónica.
«Vienen bastante tocadas y su autoestima no está fuerte, pero encontrarse con personas que han pasado por lo mismo les da tranquilidad, libertad y refuerzo», explica Elena Andrés. Muchas están recibiendo apoyo psicológico como consecuencia de la situación que han vivido.
Hay que volver a empezar y uno de los ejercicios para descargar la mochila es el autoconocimiento. Cuando las mujeres ponen en común lo que son, a lo que aspiran, lo que han hecho e incluso lo que empieza a «saber que valemos más de lo que pensamos», añade Verónica.
Han pasado por mucho. «Lo más difícil en mi caso fue que me creyeran», compartió un día una de las usuarias. Y resulta que no era la única.
Lo que le pasaba a Mari Carmen le pasó a otras compañeras. La falta de apoyo de su entorno, unas porque su ex familia política apoyaba al agresor, otras porque culturalmente es un tabú denunciar la violencia de género, confiesa una mujer de etnia gitana y otra cuyo agresor también lo era, han tenido que sacar fuerzas de flaqueza para salir de la jaula en la que vivían.
«Soy como una apestada en mi entorno, como si tuviera una enfermedad contagiosa», confiesa una mujer que se rebeló contra las normas no escritas de su grupo social.
Son mujeres que han escuchado a sus hijos decirles: «Papá te va a matar». Y eso les duele en el alma. Es lo más duro para ellas porque toman conciencia del impacto que la violencia está causando en criaturas de muy corta edad.
Algunas han pasado por centros de emergencias y casas de acogida. Las más han cambiado de domicilio e incluso de provincia para mantenerse alejadas de su agresor. En el grupo han puesto en común algunos de los que consideran «fallos del sistema» de los que también son víctimas.
El caso más paradójico, a su entender, es que «salimos de nuestra ciudad para que no nos encuentren y en la orden de alejamiento les dicen donde estamos para que no se acerquen a nosotras», subrayan varias mujeres.
También han compartido los problemas que encuentran cuando aún no tienen la custodia de sus hijos. «El mío se presentaba en el colegio a por los niños y nadie le podía decir nada, hasta que me dieron la custodia», comenta otra. «Yo estoy esperando a que me la den y tengo miedo que el proceso se demore porque al padre lo van a expulsar y se necesita su firma...», señala otra.
Tienen que controlar la tensión. Que la situación no las desborde porque, como le dijeron a una de las víctimas: «Relájate, no vaya a ser que te quite la custodia» alegando que la mujer no está en condiciones psíquicas de hacerse cargo. «A nosotras nos ponen un psicólogo, pero ¿a ellos? ¿Les hacen un examen psicológico?», es otra de las cuestiones que plantean desde la experiencia vivida.
Cuestionan los jueces preserven los derechos de los padres, pero no estén tan pendientes de los deberes. Unas están contentas con el turno de oficio, otras no. Tienen la sensación de que los papeles no se mueven. «Yo tuve que recurrir a mi abogada en la provincia de la que vengo para que me resolviera el tema, después de casi un año», explica
El temor a que les pase algo a sus hijos es un pensamiento que pasa por sus cabezas. Ven necesarias más garantías. Podrían estar hablando horas y horas de la pesadilla en la que han vivido y a veces todavía no las abandona del todo.
El curso ha servido para algo más que para aprender a preparar un curriculum o una entrevista de trabajo. «Hemos sido capaces de ayudarnos y crear un equipo de amigas y mucho de ello se lo tenemos que agradecer a la profesora», subrayan.
Centrarse en un nuevo proyecto de vida ha sido casi una terapia. «Nos ha hecho emerger de la situación de miedo y tensión en la que vivimos», admiten. La comunicación, la asertividad, el autoconocimiento, la estimilación de la inteligencia emocional, la creatividad y el trabajo en equipo han sido algunas de las herramientas de trabajo que han puesto en práctica. Han aprendido que «las oportunidades se crean» y que tienen derecho a perseguir sus sueños y alcanzar metas, tal y como dicen los eslóganes que han creado como marca del grupo.
La finalidad del programa es mejorar la empleabilidad de las mujeres participantes, su plena capacitación para la incorporación al mundo laboral y su acompañamiento en la búsqueda de empleo. Una de las funciones principales de la instructora es conectar a las mujeres con potenciales empleadores a través de una red de entidades colaboradoras.
A lo largo del curso las mujeres han descubierto su potencial como grupo y también las capacidades que tienen individualmente. Han concretado los empleos que pueden desempeñar y ahora toca llamar a la puerta de las empresas y apelar a su responsabilidad social.
Verónica puede trabajar de camarera y asesora de en bienestar y nutrición; Mari Carmen puede conducir un autobús o trabajar como operaria de almacén; Tamara y Sole, Sara y Eva María como dependientas; Estefanía y Diana tienen el perfil idóneo para trabajar en un supermercado; Isabel en atención sociosanitaria; Gabriela, Beatriz y Nora en servicios de limpoeza y Femi, además, en cuidado de personas mayores; Inés tiene la capacidad necesaria para ser vigilante de seguridad; Sagrario y Amparo para acompañar y cuidar a personas mayores; Conchi puede trabajar como empleada de supermercado, cocinera y en limpieza; Damaris de camarera y en servicios de limpieza; María de camarera; Silvia de administrativa, operaria de bodega y en trabajos agrícolas.
«Es una intermediación laboral activa, hablamos directamente con responsables de recursos humanos y les exponemos las capacidades que tienen», explica Elena Andrés. Toca convencer a las empresas de que contratar a mujeres que han sido víctimas de violencia no afecta a su productividad. Que son mujeres capacitadas y muy motivadas.
El jefe de la sección de Mujer, Quinidio Martínez, apunta que es necesario reforzar la dedicación del programa a la intermediación laboral. Tienen que dedicar más tiempo a sondear y convencer a las empresas. También propone que la administración obligue a las empresas que tienen contratos públicos a dar empleo a un porcentaje de mujeres víctimas de violencia, igual que se hace con las personas con discapacidad. Por último ve necesario favorecer su movilidad y su capacidad de emprender con ayudas al carné de conducir y a arrancar el negocio.