PISTAS PARA UN CASO CERRADO
Tras los pasos de las desaparecidas de Matadeón
Mari Trini y su hija Beatriz desaparecieron en junio de 1987. Treinta años después el caso se ha cerrado y su rastro se pierde entre Matadeón, Asturias y Portugal. En el pueblo leonés se sabe ahora que el marido y padre, Antonio María Da Silva, el Portugués, vivió con su primera esposa, de la que tiene otros siete hijos, antes que con Mari Trini y que aquella mujer, Teresa, salió huyendo embarazada y con tres críos de la mano. El ‘bandido’ fue fichado por última vez por la policía lusa en 2013 como un transeúnte ‘sin techo’

Trinidad Suardíaz Suero en una foto familiar con vecinos. Es la más pequeña de la fotografía.
¿Fue Matadeón de los Oteros el último lugar donde estuvieron Mari Trini y su pequeña hija Beatriz cuando desaparecieron en 1987? Treinta años después la respuesta sigue en el aire. La espectacular búsqueda de sus posibles restos por la UME (Unidad Militar de Emergencias) en los Oteros, en febrero de 2016, fracasó y el juzgado de Gijón archivó el caso un año después. Pero hay muchos cabos sueltos.
Desde 1987 nadie ha dado cuenta de la esposa y la hija de Antonio María Da Silva desde que en junio de aquel año, María Trinidad Suardíaz Suero se presentó en casa de su vecina Maite, en Bárzana (Villaviciosa. Asturias), con Beatriz en brazos y le comunicó su decisión: «Me voy con Antonio, vuelve muy ‘cambiao’ y me dicen las monjas que por la niña vuelva con él».
¿A dónde fueron? ¿Salieron de Asturias? ¿Por qué no se ha buscado en la casa de Berbes que compró el portugués y está medio en ruina y con una maleta a la vista? Los últimos pasos de Mari Trini y su hija se pierden en Asturias. Y las monjas —unos testimonios hablan de las Laurenas de Gijón y otros de las Adoratrices— donde estuvo acogida tienen la clave, según la versión de Maite.
Las monjas tenían acogida a la joven madre desde que, estando embarazada, su madrina Trini y el marido de ésta, Pepe, fueron a buscar a la joven a Matadeón. «Vino la Guardia Civil a casa y nos dijeron que estaba en aquel pueblo», relata Trini. Allí malvivía con Antonio, a quien apodaban el Portugués. «La maltrataba y la tenía secuestrada en su propia casa. Dicen que consiguió tirar un papel por la ventana pidiendo auxilio», añade la madrina.
«Nos contó que debajo del colchón tenía armas y la amenazaba», comenta, Mati quien, con su marido, regentaba aquellos años el bar de Casa Mari en Castiello de Lué, lugar de residencia de la abuela de Mari Trini y donde se vio aparecer por primera vez al portugués cuando entró en la vida de la desgraciada muchacha.
Cuando la Guardia Civil fue a avisar a la madrina para que recogieran a Mari Trini en Matadeón de los Oteros no era la primera vez que llegaba una llamada de auxilio para librarse de los malos tratos de su marido. «Poco después de casarse fue la comidilla del pueblo que Mari Trini llamó desde Berna, Suiza, a su abuela pidiendo auxilio», añade Mati. La llamada llegó al único aparato que había en Castiello, el de casa de Manolín Carrandi, que tenía el teléfono público. «La abuela, que era lista, le dijo que fuera a la embajada para que le dieran un billete», precisa. El caso es que Mari Trini llegó en un tren a León y cuando bajó a hacer el transbordo «allí estaba él en el andén y lo mismo cuando llegó a Gijón», relata. La recogió en su coche y en Villaviciosa pararon a comprar patatas, aceite, garbanzos... de tal modo que cuando llegaron a casa «parecía que venían los dos de Suiza».

María Trinidad Suardíaz en 1985. LA NUEVA ESPAÑA
La chica venía embarazada, «gordita, gordita», precisa. Pero a los pocos días desapareció de nuevo con el marido. Reconstruir las andanzas de la pareja en los dos años y pico que median entre su matrimonio y la desparición de Mari Trini con su hija es un continuo ir y venir.
Embarazada volvió también de Matadeón de los Oteros cuando la fueron a buscar su madrina y Pepe. ¿Era de la misma criatura, de Beatriz, la niña que nació en junio de 1986? ¿O hubo otro embarazo con un aborto como cuentan las vecinas?
Antonio ya había residido en Suiza en 1978 y 1980 y fue ex paratriado por un asunto de un incendio. En Francia había estado con su primera esposa, cerca de la frontera suiza, hacia 1974. Las andanzas por el extranjero de este individuo sin oficio conocido, aunque manejaba dinero, eran frecuentes.
Las órdenes de detención dictadas en León y en Orense años después (1987-89) y el proceso por tenencia ilícita de armas y contrabando que siguieron contra Antonio María Da Silva en Badajoz (1990), así como los dos meses que pasó en prisión, corroboran lo que la gente intuía: que se dedicaba a actividades ilícitas.
Pero tenía una gran facilidad para «camelar». A la abuela y a Trini las llevaba a Colunga en el coche, las regalaba bombones y se deshacía en promesas: «Trini es la mujer de mi vida», decía, después de los episodios de huida y malos tratos. Todo el mundo recuerda el episodio del coche precipitado por un terraplén e incenciado con la abuela y Trini dentro. «Ella decía que las tiró, que no fue un accidente», aseguran.
Cuando la madrina recibió el aviso de la Guardia Civil para ir a Matadeón inmediatamente «fui a buscar a mi marido al garaje en el que trabajaba y le dije que teníamos que ir a buscar a Mari Trini. Salimos tan deprisa que ni siquiera comimos», recuerda.
Recuerdan que en el cuartel que también vieron a Antonio. «Cogimos a Mari Trini y la llevamos a un bar. Pedimos una fuente de embutidos y ella comió bien. Nos dijeron que por la noche le habían dado dinero y pidió una cajetilla de tabaco y una bolsa de patatas», rememora. Por el camino le advirtieron: «Cuando necesites algo nos llamas. Pero si vuelves con él, ólvidate de nosotros. Y se ve que hizo caso porque nunca más supimos de ella», lamenta la mujer.
El día 28 de junio de 1986, en el hospital de Cabueñes, Gijón, la joven dio a luz, a las 14.55 horas, a una niña a la que puso el nombre de Beatriz. La joven madre tenía 23 años y había sido acogida por las monjas tras ser rescatada en Matadeón.
El matrimonio se había convertido en una solución para aquella chica de pocas luces, sin apenas estudios ni oficio. Así lo pensó su abuela, con la que vivía desde los siete años. A Antonio María Da Silva, nacido en la aldea de San Francisco de Asís (Covilha. Portugal), el 28 de febrero de 1944, también le apodan ‘Medio Metro’ porque era bajito y de complexión extraña: «De la cintura para arriba tenía mucho y de la cintura para abajo no era nada. Parecía raquítico», recuerda Maite.

Partida de bautismo de Antonio María Da Silva en San Franscico de Asís, Portugal. GAITERO
Dieciocho años separaban a Mari Trini de su marido, con quien contrajo matrimonio a las siete de la tarde del día de Reyes de 1985 en la iglesia de la Oliva, en Villaviciosa y no en la parroquia de su lugar de residencia en Castiello-Lué. Ahora a todo el mundo le parece extraño el lugar y la hora, completamente de noche en el mes de enero.
La boda cogió por sorpresa a vecinos y familiares. Tanto que el padre, que fue el primero en buscar a Mari Trini al menos desde 1998, y la madre se enteraron cuando ya se había celebrado. Por aquel entonces Antonio María Da Silva había comprado la casa en Berbes (Ribadesella) . Algún habitante recuerda que invitó en un bar por el casamiento. Se le vio con dos coches y una moto. También tenía una casa en Matadeón de los Oteros (León). La había comprado en 1981, asegura Fernando Santamarta, el yerno del dueño. «Vino en un coche medio destartalado y nos preguntó si había alguna casa en venta y le ofrecí la nuestra», comenta. «Venían con él una mujer y varios críos, dos o tres», añade.
Pero no era Mari Trini. Era su anterior esposa —si es que el matrimonio era válido— María Teresa, cuyo nombre quedó en la memoria del pueblo aunque todo el mundo pensó que se trataba de una confusión con el de Trinidad. Lo cierto es que Teresa existe y, por suerte, está viva.
Nace en una aldea minera
Nadie se acuerda de Marcelino Rodrigues Silva y Laura María Oliveira, el padre y la madre de Antonio María Da Silva en la aldea de San Francisco de Asís (Fundâo, región centro de Portugal) pero sus nombres se hallan en el archivo parroquial junto a la partida de bautismo de 30 de abril de 1944.
Había nacido el 28 de febrero del mismo año en Barroca Grande, el poblado minero que se levantó por encima de la aldea y bullía en aquellos años en que Europa se desangraba en las trincheras. De las Minas da Panasqueira, uno de los yacimientos de tungsteno más grandes del mundo, salían ingentes cantidades de wolframio.
Llegaron a reunirse en torno a estas minas más de 10.000 personas, hombres y también mujeres. La mina sigue activa con unos 300 trabajadores. Además de wolframio se extraen otros minerales y el pueblo está orgulloso de sus más de 100 años de historia minera. Fundâo ha convertido alojamientos de turismo rural las antiguas chabolas en las que los hombres residían arriba y las mujeres abajo, en habitaciones tan exiguas que se conocen como Barrio Chinese.
Un gasómetro gigante acoge un museo dentro de la propia explotación minera de la empresa de capital canadiense Beralt, que la compró, por 1 euro, al conglomerado japonés Sojitz Corp hace poco más de un año, cuando desde España llegaban a Portugal comisiones rogatorias en busca del paradero de Antonio María Da Silva por la desaparición de Mari Trini y su hija Beatriz.
El padre y la madre de Antonio eran oriundos de la costa norte de Portugal y emigraron a Covilha. En 1977, Antonio regresó a su pueblo natal en busca de trabajo en las minas, pero fue declarado «inapto temporariamente para Ind. Mina». Era el de diciembre de 1977 y el invierno se avecinaba. Antonio ya tenía al menos dos hijos, un niño y una niña, con Teresa quien aparece como su esposa en la ficha de la médica. Teresa asegura que «nos casamos en Francia» en 1974 en un pueblo muy cerca de la frontera suiza, pero no registraron el matrimonio ante el consulado.
La mujer, con la salud quebrada, está casada desde hace 32 años, con otro hombre con el que no ha tenido más hijos. «Gracias a Dios encontré un buen marido», cuenta por teléfono. Recuerda el tiempo que pasó en Matadeón de los Oteros con tres de sus siete hijos (tuvo ocho, aunque uno murió).
El Portugués pintó la casa de verde y colocó un azulejo con el nombre de San Antonio en un lado. Iba y venía. «Decía la mujer que en el otro lado iba a poner su nombre o Santa Teresa, pero no le dio tiempo», comenta una vecina de Matadeón.
Se dio por hecho que Trinidad y Teresa, el nombre que se recuerda en Matadeón, eran la misma mujer. La espectacular operación dirigida por la Unidad Especializada en Delitos Violentos (UDEV) de la Comisaría de Gijón y autorizada por el Juzgado de Instrucción número 4 de la ciudad asturiana puso a Matadeón en el mapa y a Mari Trini y su hija en las primeras páginas de los periódicos. Madre e hija abrían los telediarios y su historia corría de boca en boca y de programa en programa.
De ellas no apareció ni el rastro. En el solar, donde se pensó que podrían encontrarse restos humanos, bien sepultados bajo hormigón en la bodega, sólo aparecieron algunos hierros y mucha tierra. Ahora se utiliza para alojar los contenedores de basura y reciclaje de papel, vidrio y plásticos de Mansurle.
La jueza Ana López Pandiella decretó el archivo provisional de la causa el pasado mes de febrero. Sin cuerpos ni ninguna otra prueba incriminatoria no existe delito. Antonio María Da Silva, a quien la policía ha buscado en Portugal, no aparece ni vivo ni muerto.
Hasta Portugal y León llegó la búsqueda del padre de Mari Trini, que no dejó de llamar a las puertas de la Guardia Civil hasta que en 1998 le indicaron que llevara una partida de nacimiento para empezar. Tres años después ni la Escuadra Nacional Civil Republicana ni el Consulado de Portugal en León dieron con su paradero.
Lo tuvieron a tiro cuando en 2002 el hermano de Mari Trini, Carlos Manuel Suardíaz, presentó la denuncia por la desaparición de su hermana y su sobrina.
En aquel entonces, según consta en las diligencias, el Portugués fue interrogado por la policía lusa, pero se escabulló. Declaró que las había ido a buscar a la casa de acogida en Gijón y no las encontró, que volvió a Portugal y nunca más supo de ellas.
El hombre siguió su camino. Desde 2013 no hay pistas de su paradero. En los tres años previos a perderse su rastro, deambulaba por las calles de pueblos y ciudades de la costa portuguesa. Fue identificado varias veces por la policía nacional de Portugal; en una ocasión, en Figueira da Foz, se le abrió expediente por un incidente relacionado con el impago de una pensión.
Hasta Portugal y León llegó la búsqueda del padre de Mari Trini. Pero ni la Escuadra Nacional Civil Republicana ni el Consulado de Portugal en León dieron con su paradero en las pesquisas que realizaron en 2001. Al año siguiente el caso fue denunciado por el hermano, Carlos Manuel.
La hija menor del primer matrimonio de Antonio María Da Silva asegura que no sólo no sabe dónde se encuentra su padre sino que ni siquiera le conoce. Soprendida por la visita de dos desconocidas, F. V. D. S. se quedó de piedra cuando supo que tenía una hermana aún menor y que era buscada junto a su madre en España.
«Yo también quiero saber», dijo. Acto seguido, pidió ser acompañada al Comando de Policía de Viana do Castelo para denunciar el caso. Más sorprendidos se quedaron los policías de que una hija intentara localizar a su padre después de 35 años sin verle. No pudo hacer la denuncia.
La casa de la abuela, que cuentan que le dejó a ella, está vacía, lo mismo que la de sus padres. Nadie procura por la herencia. Nadie ha buscado en la casa de Berbes que compró Antonio. «Tiene que estar muerta. Si estuvieran vivas, ya hubieran dado señales», afirma Trini, la madrina. Recuerda su vecina Maite que «le tenía pánico». «En una pomarada le vio llegar y se escondió entre los sacos.
Pero Trini volvía con Antonio una y otra vez. «Escríbenos, a ver si te va a pasar como la última vez», le dijo Maite la última vez que la vio, con la hija en brazos, en junio 1987. Nunca más volvió a verlas. Ni sabe hace dónde fueron. Recuerda bien que le dijo que «las monjas me aconsejan que vaya con él por la niña». Había tenido meningitis y «decían que la era sorda y ciega, pero ciega no era», asegura. Cuando estuvo en el hospial «iba una señora muy bien vestida a verla». A la madrina, unas asistentes sociales le ofrecieron hacerse cargo de la hija de Mari Trini: «Yo no podía, estaba cuidando un nieto».