Diario de León

ESPAÑA ■ EL DESAFÍO SECESIONISTA

El amarillo ensombrece la cada vez más difícil convivencia en Cataluña

La tensión regresa con episodios de diversa índole en Mataró, Barcelona y Lérida .

Manifestación en Barcelona por la unidad de España. ANDREU DALMAU

Manifestación en Barcelona por la unidad de España. ANDREU DALMAU

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cristian reino | barcelona

El amarillo marca la actualidad catalana. No solo por lo que pasa en las playas, sino también en el Parlament y en las plazas y calles de media Cataluña. Después de los enfrentamientos de los últimos días, tanto en los arenales de Canet de Mar (Barcelona) y Llafranc (Gerona) como la trifulca que protagonizaron los independentistas y Ciudadanos en el Parlamento por un lazo amarillo, la tensión regresó ayer a la playa de Mataró, a Barcelona y a Lérida. En la capital del Maresme, el ayuntamiento había advertido de que no permitiría una plantada de cruces amarillas en sus playas para «evitar el conflicto». La Generalitat había avisado de que un montaje de este tipo precisaba de autorización. Al final no hubo cruces de madera, como los cementerios de la semana pasada.

Pero para burlar la legalidad, un centenar de personas convocadas por los Comités de Defensa de la República (CDR) colocaron toallas y bufandas formando cruces amarillas para reclamar la libertad de los secesionistas encarcelados. No se produjeron los enfrentamientos de la semana pasada en Canet, en parte porque no acudieron los Grupos de Defensa y Resistencia (GDR), réplica antiindependentista de los CDR, que se proponen «limpiar» Cataluña de lazos amarillos. Pero sí hubo tensión y un hombre tuvo que ser conducido por los Mossos para evitar males mayores.

Las mismas cruces con toallas, pero rojas y amarillas de la bandera española, aparecieron en la playa de la Barceloneta en la capital catalana, instaladas por un millar de personas que protestaban contra el «supremacismo» de Quim Torra. Todos ellos se manifestaron en la plaza Sant Jaume de Barcelona, donde se vivieron momentos complicados.

El tercer foco de tensión se produjo en Lérida, donde el alcalde de la ciudad, Ángel Ros, fue abucheado durante las fiestas de la localidad por una cincuentena de miembros de los CDR. Ros acompañaba al presidente de la Generalitat en su primera visita a Lérida.

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