La Moncloa y la Generalitat negocian una ‘minicumbre’ con Sánchez y Torra
El presidente del Gobierno avisa de que no va a ilegalizar a los partidos soberanistas.

Imagen del presidente de la Generalidad de Cataluña, Quim Torra. QUIQUE GARCÍA
ramón gorriarán | madrid
En la Moncloa y en la plaza de Sant Jaume reconocen que la minicumbre con tres miembros del Gobierno central y otros tres de la Generalitat es una opción para la cita del viernes en Barcelona. La vicepresidenta, Carmen Calvo, y su homólogo catalán, Pere Aragonès, y la consejera Elsa Artadi negocian contrarreloj el formato de una reunión en la que las formas se han convertido en el fondo.
Quim Torra, entretanto, guarda silencio y no se sabe si aceptará el escenario que sus colaboradores negocian. Pedro Sánchez insiste en que quiere la reunión, pero se lava las manos si no es posible porque la responsabilidad recaerá en el presidente catalán. Lo que iba a ser un gesto de «concordia» se ha convertido en un embrollo político de primera magnitud. La reunión del Consejo de Ministros en Barcelona estaba pensada como un gesto de distensión.
La realidad, sin embargo, está muy lejos de esas beatíficas intenciones. El independentismo radical, léase Carles Puigdemont y su núcleo de confianza, los CDR, la CUP, la ANC y una pléyade de organizaciones satélites, está en pie de guerra ante lo que consideran una provocación y han convocado protestas de todos los colores. Los sectores más posibilistas de Esquerra y el PDeCAT intentan aplacar los ánimos y tratan de acotar las manifestaciones al terreno pacífico y democrático.
Atrapado entre dos fuegos
Torra está atrapado entre los dos fuegos. No quiere renunciar a la vía del diálogo que siempre ha reclamado, pero tampoco quiere la imagen del claudicante ante las pretensiones del Gobierno central. Calvo, Aragonès y Artadi intentaron desbrozar el camino este lunes en Barcelona, pero por ahora no hay acuerdo. La mesa con Sánchez, su vicepresidenta y la ministra de Política Territorial, Meritxell Batet, a un lado, y Torra, su vicepresidente, y la consejera de Presidencia, al otro, ha ganado enteros en las últimas horas, reconocen por los dos lados, pero no acaba de satisfacer del todo.
Es una fórmula que se podría leer como una claudicación del presidente del Gobierno ante las pretensiones del presidente de la Generalitat, y abonarías las acusaciones de PP y Ciudadanos de haber «mendigado» el encuentro. Pero tampoco colma las expectativas de Torra, que quería una cumbre «de gobiernos». No es, sin embargo, la única fórmula sobre la mesa. Han hablado también de un encuentro informal en la cena que la patronal catalana Foment del Treball ha organizado el jueves. Otra posibilidad es que Sánchez acuda al Palau de la Generalitat a verse a solas con Torra, y sus colaboradores se reúnan aparte. Tampoco está descartada la idea inicial de un encuentro a secas de los dos gobernantes. «Creo que sí» habrá reunión, comentó ayer Calvo con optimismo y sin dar detalles del cómo. Aragonès insistió en que «lo más adecuado» es la cumbre «gobierno a gobierno», pero desde la Moncloa replicaron que «no tiene sentido». El Gobierno de España es «también el de Cataluña», acotó la vicepresidenta.
La pandilla Mientras su número dos se fajaba con los enviados de la Generalitat, Sánchez mantuvo un tenso debate en Senado con los portavoces de Esquerra y el PDeCAT. Aunque el pleno estaba convocado para hablar de la gestión del Gobierno y de la política migratoria, Cataluña, una vez más, copó buena parte de las intervenciones. La aspereza del lenguaje no estuvo acompañada de novedades porque el presidente del Gobierno, la republicana Mirella Cortés, y el neoconvergente Josep Lluìs Cleries intercambiaron los argumentos de siempre solo que con más crudeza. Sánchez reclamó a los independentistas, y a Torra en particular, que desistan del camino de la unilateralidad porque «es una vía ciega».
«Pandilla independentista»
En línea con el endurecimiento de su discurso en las últimas semanas, Sánchez dijo que no quería oír nada de referendos de autodeterminación porque los celebrados han sido consultas «para su pandilla» independentista y no para toda la sociedad catalana, que en su mayoría, como se comprueba en cada elección ha dado la espalda al soberanismo. «Lo que Cataluña pide a gritos -remató- es convivencia, no independencia». Además, «a juicio del Gobierno y del PSOE, los problemas se solucionan, no se prohíben», avisó a los presidentes de Aragón, y de Castilla-La Mancha.