OPINIÓN Carlos Carnicero
El vecino, amigo del sur
El episodio del islote Perejil tiene ribetes de cómic de Tintín, si no fuera una pieza de un ajedrez en el que podemos perder muchos peones. Marruecos tiene el orgullo herido y tiempo y cartas para hacer saltar la banca. Primero fuimos incapaces, a través de la Unión Europea, de negociar un acuerdo de pesca, porque la tradición indicaba que podíamos seguir expoliando las aguas del mundo subdesarrollado sin pagar peaje por ello. Las amenazas de Aznar, con dificultar el paso del Estrecho y con un futuro de purgatorio en las relaciones bilaterales, se saldaron con la retirada del embajador marroquí. Muy en la línea del políticamente liquidado Pío Cabanillas, se quiso demonizar un viaje de Felipe González a Marruecos, presentándolo como la «visita al moro traidor». Y Aznar, con esa displicencia suya que tan mal casa con el sentido del honor y del desprecio que tienen los árabes, pensó que una dosis de castigo de indiferencia y ninguno era la medicina adecuada. Y el amigo, vecino del sur, cogió su pequeño fusil para tomar el islote de Perejil, como un símbolo de que Ceuta y Melilla están allí contra la geografía de los tiempos. Ahora el país del sur nos ha puesto en ridículo. Occidente, España, una sociedad democrática, no está dispuesta a arriesgar la vida de ninguno de sus hijos por una piedra desierta en el mar. Pero es una piedra en el zapato de todos los españoles. Nosotros, que no tenemos cupo para cubrir el Ejército profesional, porque ya nadie quiere ni siquiera «vivir por la patria» -no digamos morir por ella- tenemos que pedir al amigo, vecino del sur, una «solución satisfactoria», pero ellos pidieron primero un gesto. Y nosotros nos hemos quedado fuera de juego. En diplomacia, a los políticos mediocres les puede dar mucha satisfacción tener razón. Pero en ese estadio solo cuentan los resultados y el orgullo o la soberbia son malos consejeros. Suponiendo, claro, que José María Aznar se deje aconsejar, porque desde que tiene como amigos íntimos a George W. Bush y a Tony Blair, el presidente no camina: levita. Lo malo es que uno, el norteamericano se va a quedar con nuestras empresas en Latinoamérica a precio de ganga a costa de bloquear el Fondo Monetario Internacional. Y el otro, el inglés, nos ha cogido la medida del zapato en Gibraltar. Menos mal que se ha ido el ministro Piqué, porque si no, a lo mejor nos declaraba la guerra Andorra. Pero todavía le quedan dos años a Aznar para poder empeorar las cosas.