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León

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El desenlace del encierro de inmigrantes en la sevillana Universidad Pablo de Olavide ha sido el peor de los imaginables: el desalojo policial, previo a la expulsión masiva de los 270 inmigrantes que continuaban encerrados, después de dos meses. Y encima todo son sospechas sobre ellos, y lo mejor que dicen la propia Universidad y la Junta de Andalucía es que los encerrados estaban siendo manipulados por no se sabe qué extraños y peligrosos grupos ni con qué misteriosos designios, que nada tienen que ver con las conocidas Organizaciones No Gubernamentales. Lo único que consta es que fueron desalojados policialmente y sometidos a la situación de esposados como si tratara de peligrosos delincuentes, algo que todos sabemos que no es cierto. Tanta historia con la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y su presunta solidaridad de hace un par de meses ha terminado con la petición de las autoridades académicas para que entrase la policía y se los llevase esposados, lo que ha motivado tan sólo la protesta de Médicos del Mundo y poco más. Dice el consejero de Gobernación de la Junta de Andalucía (y algo parecido el Defensor del Pueblo andaluz) que el encierro no es la mejor solución. Una afirmación que podría ser cierta si fuese posible recurrir a otras soluciones eficaces, algo que se ha demostrado con el paso del tiempo como inexistente. El hecho de entrar la policía a las seis de la mañana, cuando todos estaban durmiendo, y proceder al desalojo y detención pienso que es algo inhumano, antidemocrático e impresentable en un país de acogida como el nuestro, con una deuda contraída década tras década con otros tantos países que entonces acogieron en su tiempo a millones de españoles, y en un país que presume de constituirse y erigirse como una democracia avanzada y, ante todo y sobre todo, solidaria. Ni solidaridad, ni corazón, ni reales sentimientos humanos es lo que estamos demostrando con los más pobres del mundo, que acuden a nuestro país a ver si les dejamos disfrutar de algunas migajas de nuestro festín consumista. No sé cómo, pero o se empieza a imponer un cambio radical en la mentalidad de los españoles y de sus autoridades hacia los pobres del mundo, o tarde o temprano sufriremos el castigo.

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