OPINIÓN Fernando Jáuregui
El dedo del presidente
Hace bien Aznar en poner fecha a la caducidad de su mandato. El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente, y conste que no estoy llamando corrupto a un presidente que, me parece, es patentemente honesto. No. Se trata solamente, en este caso, de la corrupción en las formas. Alegre y dicharachero por una vez, rodeado de la euforia de los suyos-de-toda-la-vida, Aznar soltó que el «amigo» Juan José Lucas será el nuevo presidente del Senado, una vez que Esperanza Aguirre abandonará el escaño para convertirse en la candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Es cierto, lo hemos podido comprobar cuantos nos hemos acercado a algún senador, sea del grupo que fuere, que esa peculiar designación, al margen de los órganos rectores del propio partido, al margen de cualquier consulta formal a la Cámara, ha provocado alguna irritación: no era Quintanilla de Onésimo, ni la cena alborotadora celebrada en esa localidad vallisoletana, el marco adecuado para el anuncio. Claro que los populares han tenido tiempo de acostumbrarse a estas cosas: al fin y al cabo, la designación digital del sucesor de Aznar no va a someterse a tiquismiquis como una selección de candidatos en un congreso del partido, ni, menos, en la junta directiva nacional. El PP ha sido siempre, ya se sabe, un partido personalista. Como, por otra parte, el PSOE. O el PNV, o Convergencia de Catalunya, o Unió, o el PCE. A mí no me parece un «desprecio a la Cámara Alta», como dicen los socialistas, el anuncio de la designación (perdón, elección) para presidir el Senado de Juan José Lucas, una figura que me parece digna de ocupar el cuarto lugar en el protocolo del Estado, por lo demás. El Partido Popular puede, ante la mayoría abrumadora que tiene en esa Cámara, hacer prácticamente lo que le dé la gana, y hasta, para ahorrar tiempo, se podría hasta saltar a la torera la elección de trámite que hará a Lucas presidente por más de dos tercios de los votos. Lo realmente curioso, vamos a llamarlo así, es el concepto que todo esto refleja de la utilidad del Senado, concebido por populares, socialistas, convergentes, peneuvistas, por todos, como una Cámara-premio. Como decía el chiste, parece que todos los senadores han dejado de ser creyentes: ninguno de ellos cree que se pueda pasar a mejor vida. Y si, encima, ya se trata de la Presidencia de la Cámara, para qué hablar. Lo mejor, como dice el muy sincero Aznar, dársela a un amigo, qué leñe. Pues que sea enhorabuena, don Juan José. Lo digo sinceramente.