Diario de León

Sánchez se lanza a exprimir «un año» más de Gobierno tras un balance triunfal

El jefe del Ejecutivo evita comprometerse a enviar los Presupuestos en septiembre

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hace balance y se va de vacaciones.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hace balance y se va de vacaciones.mariscal

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Agencias
Madrid

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«Un año». En el propio PSOE se asume desde hace semanas que las próximas elecciones generales no tendrán lugar en julio de 2027, al límite de lo legalmente posible, sino en febrero o marzo. La idea empezó a instalarse cuando, en una rueda de prensa en Bruselas, el pasado 18 de junio, Pedro Sánchez abrió por primera vez la puerta a un adelanto electoral técnico como el que le reclama el PNV en caso de no lograr aprobar los Presupuestos Generales de 2027, los primeros de toda la legislatura. Este martes, en un balance del año convertido en realidad en una lectura triunfal de sus ocho años en el Gobierno, el jefe del Ejecutivo evitó, sin embargo, comprometerse a nada e insistió en su objetivo de agotar los cuatro años completos de mandato. «Queda un año para culminar reformas, para seguir avanzando y demostrar que España tiene un camino propio, que no se tiene por qué elegir entre crecer y proteger», dijo en un tono que anuncia una intensa precampaña electoral. La prueba de que el jefe del Ejecutivo pretende seguir resistiendo pese a su dificultad para sacar adelante buena parte de su proyecto legislativo está en que, una y otra vez, se resistió a aclarar si enviará los Presupuestos de 2027 a las Cortes cuando dicta la Constitución, esto es, antes de que acabe septiembre. Lo más que dijo es que su «intención» es presentarlos en 2026 y su «voluntad», añadió, que la legislatura «dure todo lo que constitucionalmente se establece». Sin más concreción. La elusión no es casual. Llevar al Congreso las Cuentas en septiembre comprometería el calendario electoral que el jefe del Ejecutivo tiene en mente porque, a diferencia de lo que ocurre con otras leyes, la tramitación parlamentaria del proyecto de Presupuestos está muy tasada. Desde su registro en la Cámara baja hasta el debate de totalidad — en el que se decide si se discuten o se tumban— transcurre menos de un mes.

Y aunque este martes no lo dijera abiertamente, lo que todo el mundo espera es que, una vez decaiga el texto, concebido como una suerte de programa electoral encubierto por los socialistas, se llame a las urnas. En Moncloa, en todo caso, insisten en que todo lo que sea llegar a 2027 es agotar la legislatura y en que nada se descarta. Pero a estas alturas, con unos sondeos que apuntan a una victoria contundente del bloque de la derecha, en el Ejecutivo tienen claro que lo que urge es ganar tiempo.

Desde el salón Barceló de la Moncloa, el que utiliza para las grandes ocasiones, y en presencia de los vicepresidentes Carlos Cuerpo, Yolanda Díaz y Sara Aagesen, y de los ministros Félix Bolaños y Elma Saiz, Sánchez hizo durante más de una hora un relato elogioso de su propia gestión, acompañado por gráficos ilustrativos de la buena marcha de la economía, blandió la bandera de la lucha contra el cambio climático en plena oleada de incendios y argumentó que España despierta hoy la «admiración» de «ciudadanos de otros países» que han visto cómo sus propios Gobierno o los de sus vecinos cercanos viraban hacia posiciones de ultraderecha.

No hubo espacio para la autocrítica en un fin de curso en el que el Ejecutivo se ha apuntado algunas victorias parlamentarias —como la aprobación de la reforma del sistema de dependencia o de la prórroga de las medidas por la guerra de Irán— pero también sonoras derrotas, como la de la senda de estabilidad. Un fin de curso en el que ha sido imposible el acuerdo para aprobar un macro real decreto ley sobre vivienda, el gran problema de la legislatura, y en el que el PSOE se ha visto golpeado un día sí y otro también por las decisiones judiciales sobre causas que le salpican.

Como el año pasado, Sánchez se aferró a la negativa del PP a sentarse a negociar un pacto de Estado contra la emergencia climática en plena oleada de incendios para evidenciar los peajes que Alberto Núñez Feijóo tiene que pagar a Vox y reivindicó sus propios pagos al independentismo catalán como pasos a favor de la convivencia.

Incluso ironizó con que uno de los «éxitos» de la ley de amnistía, avalada por el TJUE, ha sido «que vuelvan a encontrarse PP y Junts». «Si hasta Feijóo quiere reunirse con Puigdemont», se burló.

Reprocha la «deshumanización» de Begoña Gómez y su hermano

Solo a las preguntas de la prensa habló de corrupción. Pero lo hizo para alegar que, a diferencia de lo que hizo Mariano Rajoy, a quien descabalgó del poder con una moción de censura en pro de la limpieza democrática defendida, paradójicamente, por el exministro y exsecretario de Organización del PSOE José Luis Ábalos, él no ha amparado a los cargos de su partido investigados por graves delitos. Sobre José Luis Rodríguez Zapatero, a quien aún respalda pese a la imputación por organización criminal, tráfico de influencias, apropiación indebida, falsedad documental, blanqueo de capitales, contrabando y delitos contra la Hacienda Pública, argumentó que la investigación está aún en una «fase inicial» y ya se verá «en qué deriva» y, de paso, defendió que el rescate a «Plus Ultra», en el origen de esta causa, «se ha mirado por activa, pasiva y perifrástica» y es «intachable». Pero en lo que de verdad se explayó fue en la defensa de su hermano, condenado a nueve años de inhabilitación por prevaricación, y de su esposa, que deberá enfrentarse a un juicio con jurado popular por tráfico de influencias y malversación de caudales públicos. Sánchez no cargó contra los jueces; eso se lo deja a otros miembros del Gobierno, como Óscar López y Óscar Puente, pero sí argumentó que es «un hecho» y no una «opinión» que las organizaciones y partidos erigidos en acusación popular, PP y Vox, «están impulsando una causa política». El presidente se esforzó, además, en revertir la «deshumanización» de la que, dijo, han sido víctimas, retratándolos como dos «profesionales» con carreras «íntegras» previas a que él fuera presidente del Ejecutivo. De David Sánchez destacó que hablaba «inglés, ruso, francés e italiano». De su esposa, que llevaba diez años trabajando en una empresa que dejó cuando él llegó al Gobierno «para evitar conflictos de intereses». «No es mi mujer, es Begoña Gómez», zanjó el presidente.
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