Diario de León

«El corazón de la Humanidad está herido de muerte por la decisión de Bush de atacar Irak» Carlos Fuentes (escritor)

Bagdad llora a sus muertos

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Sadam Husein está vivo de milagro, aunque con un brazo mutilado, el izquierdo, y una faz lampiña, sin rostro de bigote. Ocupa una cama del hospital Al Noor («La luz») de Shula, un misérrimo barrio del extrarradio donde se hacinan miles de personas de confesión chií. Es, igual que Thawra, el Bronx de Bagdad, un lugar al que ningún taxista quiere dirigirse y donde nadie querría vivir, pero donde resulta fácil morir como las chinches. Menos mal que Sadam puede contarlo, y de paso cantarle a su homónimo el presidente que da por bien empleada la pérdida si con la ofrenda contribuye a su grandeza. Sadam Husein bis tiene 20 años, es mecánico y desde ayer, mutilado de guerra. A la mañana siguiente del bombardeo que costó la vida a 68 personas, el pasado viernes por la tarde, grupos de vecinos -todos varones- se arraciman en las aceras, con el índice y la mirada dirigidos al cielo. Acaba de dibujarse la estela del paso de un avión, y los compadres se agitan preguntándose si será otro como el que la víspera precedió la descarga mortífera del proyectil. Unos metros más allá se percibe un socavón abierto en el asfalto a picotazos. El misil cayó en barrena en pleno zoco Nasser, un mercado al aire libre de endebles tenderetes de chapa con toldos de arpillera. El lugar se encontraba atestado a media tarde del viernes -el barrio es una multitud continua, y además era día de fiesta- y en la explanada contigua jugaban al fútbol dos docenas de críos. Tenderos, clientes, curiosos y niños, demasiados niños, murieron de repente. El día después es el momento del recuento o del llanto, también de la indignación contenida, casi secreta. El discurso de los vecinos se atropella en pormenores entre vaharadas de náusea y el repiqueteo próximo de los antiaéreos, que dejan tres muescas de algodón en el azul del cielo. «Eran como las cinco o las seis de la tarde», dice Abderrahmán en mitad del corrillo. «Había mucha gente haciendo la compra en los puestos de fruta, verdura, cereales... Y se oyó un avión y luego un estruendo». Tarek Saleh, a su lado, tercia con brío: «Hoy nadie tiene miedo. Todos los iraquíes lucharemos contra América, porque somos muy fuertes. Este es nuestro país, y vamos a defenderlo». El discurso oficial se impone al relato de los hechos, lo solapa y reconduce hasta la consigna. No ha lugar para el matiz o la historia humana, individual; es menester que todo sea una alabanza al régimen. Las mujeres, plañideras de «abaya» y chador negros, se acercan a las ruinas de los puestos entre cabezazos de dolor y golpes de pecho. Pero no hay más pena que la justa, la mínima demostración de flaqueza. Por eso en la cama del hospital donde se recupera, Sadam Husein bis sonríe opacamente. ¿Qué siente tras haber perdido el brazo? «Esta es la flor que ofrecemos a nuestro presidente Sadam Husein, y también nuestro cuerpo y nuestra alma», contesta su tío, Ahmed.

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