«Los militares sólo provocan sonrisas mientras reparten los alimentos y las medicinas» Joan Busquets (payaso voluntario)
No se encuentran ni los interruptores
«Queremos restablecer la luz y el agua cuanto antes, pero no sabemos cómo», admite el sargento de regimiento Adrian Petruchi. «El Gobierno iraquí no nos dejó ninguna guía diciendo dónde están los interruptores, ¡qué malos anfitriones!», bromea el marine. Para remediarlo, las tropas estadounidenses planean establecer en los alrededores del hotel Palestina un centro al que esperan que acudan los ciudadanos de la capital que tengan información sobre cómo volver a poner en marcha los servicios. El hotel donde el régimen de Sadam Huseín concentrase a toda la prensa extranjera para poder someterla al férreo control de los censores es el lugar más conocido de la ciudad, ahora tomado por las tropas estadounidenses. En la recepción del edificio marrón de dieciséis plantas, tan austero y apolillado que parece sacado de los peores años de la Unión Soviética, los marines empolvados por la guerra y el desierto comparten ahora los sillones mugrosos, junto con los recién afeitados esbirros del régimen caído, más silenciosos y humildes que nunca. Con los vehículos militares de antenas satélite aparcados en los jardines, el Palestina es también el objetivo más propicio para un ataque terrorista. La aparición de los suicidas que explotan en los controles de seguridad ha aumentado, si cabía, el nerviosismo de los marines que viven con el dedo puesto en el gatillo de su M-16. Nerviosismo «¡No se acerque tanto al maletero! ¿No ve que pone nerviosos a mis hombres?», grita uno de ellos. La airada reacción del comandante en uno de los muchos controles que acordonan los alrededores del hotel no puede ser más desconcertante para el conductor iraquí y la prensa que le acompaña. Son los marines los que han detenido el vehículo, aparentemente por rutina, y registran el maletero en busca «de cosas grandes y concretas que se deberían ver a la legua», explica el comandante con fastidio. A los pasajeros los han sacado del coche medio apuntándoles con el rifle, y ahora ni siquiera les dejan acercarse a su propio vehículo. Paradójicamente, es ahí donde los marines quieren ver llegar a los antiguos funcionarios, ingenieros y operadores de la ciudad para que les ayuden a restablecer la normalidad. Eso, en una ciudad hecha añicos a bombazos, presa del vandalismo, los saqueos y los incendios provocados, aparentemente por el mero placer de crear más caos. La lentitud de las tropas en ubicarse en este ambiente urbano parece sugerir que el desembarco en Bagdad era lo menos planeado de toda la guerra. «No es nuestro ambiente natural», explica Petruchi. «Somos una fuerza expedicionaria de combate, de acción rápida. Quedarnos aquí dando vueltas por la ciudad bregando con tanto civil se nos hace muy difícil». La prensa española concentrada la noche del jueves en una de la habitaciones del hotel tuvo la oportunidad de comprobar en persona cuán inseguros se sienten los marines en ese ambiente. Dos de ellos entraron sigilosamente y por separado a través de las dos puertas de la suite 502 para aparecer por sorpresa en el salón apuntando al grupo con las pistolas sin que luego supieran dar una explicación. «Seguridad, ¿quién son ustedes?», preguntó uno de ellos con tosquedad. De nuevo una interrogante fuera de lugar, al venir de parte de quienes violaban sin permiso el umbral ajeno. La circulación por Bagdad es ahora más difícil que nunca, y no precisamente por el tráfico de las calles semidesiertas. Los controles de seguridad se repiten en cada avenida, como si la ciudad estuviese bajo estado de sitio. La comida y el agua escasean, los conductores y traductores que en los meses previos guiasen a la prensa por la ciudad han desaparecido o se han tenido que apostar en sus casas para evitar que las saqueen. Y es en ese escenario en el que desembarcan los periodistas «incrustados», con el casco en la mano y un capa de mugre, buscando la forma de salir del país una vez terminada su misión de cubrir la guerra. Un convoy en el desierto «Entre Bagdad y la frontera de Jordania básicamente no hay nada», explica el portavoz de los marines al que se le ha pedido escolta para el convoy de la prensa española que planea abandonar hoy sábado Bagdad. «Cuando salgan de la ciudad estarán solos y a su suerte». Ni siquiera ofrecen un vehículo que guíe la salida de la peligrosa capital. «Del río para abajo es jurisdicción de la Armada, y a los marines nos cuesta mucho entendernos con ellos», se justifica. A lo más, ofrecen informarse entre ellos de retén en retén para supervisar el paso del convoy, que previsiblemente se compondrá de unos doce vehículos civiles y desarmados. Sólo hasta el río, eso sí. «Sobre todo porque nosotros mismo queremos saber quién pasa por delante nuestro», se le escapa al marine con poco tacto. Nada de eso ha desalentado a los periodistas. La salida del cadáver de José Couso, cámara de Telecinco asesinado el martes por el cañonazo de un tanque estadounidense, ha dejado a todos con la sensación de que ya todo está cumplido. La evacuación del cuerpo que pasó cuatro días en la morgue de un desarropado hospital de la capital, sin que nadie apareciera para ejecutar la misión, ha sido posible gracias a una cadena de presiones ejercidas sobre las tropas estadounidenses. Desde Bagdad, el presunto compromiso del Gobierno español para facilitar esa evacuación ni se ha olido, pero sus compañeros de prensa han arropado a Couso hasta el helicóptero en el que hoy, viernes, voló a Kuwait. Por orgullo y compañerismo, los periodistas no dejaron que los marines portasen la camilla con la bolsa de plástico amarilla en la que viajaba el cuerpo, sin un mal féretro.