| Perfil | El ascenso del apafuegos |
Un gallego con prestigio
Probablemente, Aznar tenía decidido el nombre de su sucesor desde el 14 de marzo del 2000. Ese día, al filo de la medianoche, salió al balcón de Génova y alzó los brazos junto a su esposa, Ana Botella, Javier Arenas y Rodrigo Rato. Pero entre el ministro de Economía y el reelegido presidente, justo a la derecha de Aznar, se interponía Mariano Rajoy. El hombre que había dirigido la campaña electoral y artífice de la primera gran victoria del Partido Popular; el que hizo pasar al PSOE de la dulce derrota de 1996 a la amarga debacle de una formación sin líder ni proyecto. El que acabó con el mito del felipismo. Joaquín Almunia apenas fue un calabobos comparado con los temporales que ha tenido que capear Rajoy desde entonces. La progresiva confianza que el presidente ha ido depositando en él lo ha hecho acreedor de las carteras más delicadas del Gobierno: Interior, Educación, Administraciones Públicas, portavoz... Una a una fue sorteando todas las tormentas políticas con la habilidad de su talante moderado aunque firme. Pero la galerna definitiva, la que confirmó el dedazo de Aznar, se estampó contra Galicia el pasado mes de noviembre. El hundimiento del Prestige y la posterior marea negra pusieron al Ejecutivo del PP contra las cuerdas; a Aznar se le caía todo el equipo (Cascos, Matas, Arias Cañete...), pero tenía a Rajoy. Fue él quien dio la cara en el Parlamento, quien encajó las verdades de la oposición, quien acalló al doberman socialista. La mancha de fuel comenzó a cambiar de dirección el día que Rajoy dejó en evidencia a Jesús Caldera. Luego vino la guerra de Irak y de nuevo estaba ahí. Frente a un presidente desaparecido, perdido en el anticiclón de las Azores, él era la cabeza visible del Gobierno, el que respondía a las todas las preguntas. Quizá sea eso, su capacidad para dar las respuestas que otros no se atreven siquiera a mencionar, lo que ha convertido a Mariano Rajoy Brey en el ministro mejor valorado del Ejecutivo, según el último CIS, superando incluso al inquilino de La Moncloa. Rajoy siempre contesta, aunque, como buen gallego -que dirán en Madrid-, nunca revele todo lo que sabe. Es difícil verle patinar en público y, de hecho, su accidente más grave se remonta a 1979, cuando su coche cayó por un barranco en Palas de Rei (Lugo). La barba que luce desde entonces oculta las secuelas que dejó en su rostro. Dicen quienes mejor lo conocen que una de las máximas reflejadas en su catecismo político es: cuando tengas poder no te busques enemigos». Quizá por eso, goza de simpatía incluso entre quienes, día tras día, legislatura tras legislatura, le lanza airadas críticas en la arena del Congreso de los Diputados. A pesar de su origen, todo el mundo se empeña en situarlo más cerca de La Cibeles que del Obradoiro, y, aunque políticamente así sea, no se puede decir lo mismo en lo personal. Rajoy está abonado al Real Madrid, pero es socio del Pontevedra, accionista del Celta e hincha del Deportivo. Es serio y discreto, pero cuando habla destila ironía y sentido del humor, o sea, tiene retranca. Veranea en Sanxenxo desde hace más de veinte años (en un bloque de apartamentos), practica el ciclismo y le gusta bañarse en A Lanzada. En una época de su carrera estudiantil abandonó su formación en las manos de los hermanos Maristas de León, donde tomó apuntó todo lo que pudo. De acuerdo, prefiere las lecturas castellanas (Ortega y Gasset, Pérez Galdós) a los autores de su tierra, fuma puros cubanos y su único hijo es socio del Barça. Pero es que nadie es perfecto.