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JOSÉ CAVERO
León

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SOSTIENE un amigo que la mejor estrategia consiste ahora en recordar, con ocasión o sin ella, las diferencias que Rajoy tiene con su antecesor en el liderazgo del PP, porque será el modo más eficaz de que esas diferencias se instauren y fortalezcan. Y los propios dirigentes del PP se han ocupado de insistir en que Mariano Rajoy es más dado o proclive al diálogo, tiene más equilibrio personal y mejor humor que quien lo ha designado para sustituirlo en la doble presidencia del partido y, acaso, si así lo deciden los votantes el siete de marzo, del Gobierno. También existe la duda de si Rajoy estará en condiciones de actuar de manera autónoma, por su propia cuenta, estrictamente siguiendo sus criterios y pautas de comportamiento, o si tendrá permanentemente que atender la hipoteca de tener que atender los gustos, inclinaciones y consejos de quién lo designó y acaso no se resigne a dejarlo volar solo. El propio Rajoy ha hecho algunos primeros avances para salir al paso a tales dudas: promete continuar la política de quien lo designa sin complejos. «No soy un acomplejado ni necesito inventar diferencias», ha dicho. Precisamente por haberlo visto «nacer en el cargo» y por seguir de cerca las circunstancias en las que se produce el relevo, todos somos, a la postre, un tanto responsables del futuro líder que se ha echado a andar en este comienzo de curso de 2003-4. Rajoy todavía da la sensación de hallarse como en una nube, entre tanto elogio de los suyos y tantas positivas consideraciones ajenas. Está en plena gloria y esplendor, como a quien ha caído la gracia de la lotería sin apenas haber jugado o jugando solamente lo justo. Naturalmente que suscita recelos, y no hay más que leer o escuchar las opiniones de los dirigentes empresariales, que hubieran preferido la designación de Rato, y que insisten en que, por lo menos, y como mal menor, sería bueno que Rajoy cuente con Rato en su futuro gobierno, para tener controlado, seguro y estabilizado ese frente importantísimo de la economía. Por lo demás, toda novedad trae consigo esperanza de mejoría. La sucesión pudo haberse llevado a cabo con otro procedimiento, pero Aznar se la reservó como tarea propia, personal y no compartible. En las altas instancias del PP tan solo se «cosechó» un voto en blanco, y probablemente era el del propio Mariano Rajoy. Los ciudadanos, militantes o no de cualquier fuerza, uno a uno, votarán en marzo.

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