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a.l. | redacción
León

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La actual polémica arranca del discurso de investidura de Rodríguez Zapatero de abril, cuando incluyó en su programa de cuatro reformas constitucionales la inclusión expresa de las comunidades autónomas que componen España. En el texto actual se distingue entre regiones y nacionalidades históricas, pero no se aclara cuáles forman parte de cada grupo, pues ni siquiera se sabía cuántas se iban a crear. Sólo existía un tratamiento diferenciado para Cataluña, País Vasco y Galicia en el acceso a la autonomía, al que también se sumó Andalucía. Por eso, las únicas definiciones expresas son las que figuran en los estatutos de autonomía, en el artículo primero y en el preámbulo de cada uno, con tres grandes grupos: 1397124194 Nacionalidades de derecho y de hecho. Sería el café solo, siguiendo la terminología que acuñó el ministro para las Regiones de UCD, Iñigo Cavero. Es el de Cataluña y el País Vasco, definidas claramente como nacionalidad, además del de Galicia: «Nacionalidad histórica se constituye en comunidade autónoma», se afirma en el Estatuto gallego de 1980. Más tarde se acuñó una fórmula es-pecífica para Andalucía, por la que ésta, «como expresión de su identidad histórica y en el ejercicio del derecho al autogobierno que la Constitución reconoce a toda nacionalidad, se constituye en Comunidad Autónoma». Esta redacción se adaptó también para Canarias y Valencia, mientras Aragón sí que se define como «nacionalidad», aunque no tan claramente como en los casos catalán, gallego y vasco. 1397124194 Madrid, comunidad genuina. La única comunidad autónoma que se define con esa denominación es Madrid, que apela al «interés nacional» español para justificar su creación como ente diferenciado. La mayor jerarquía de este grupo es la de Navarra, comunidad foral, que, como las provincias vascas, recauda los impuestos. En el norte del país triunfó la fórmula de «comunidad histórica», que designa a Asturias, Cantabria y Castilla y León. Regiones con y sin historia. Mientras algunas comunidades huyeron, incluso con fórmulas ambiguas, de la etiqueta de región, otras la exhiben con orgullo, como es el caso de la Región de Murcia, que adoptó ese nombre como oficial, y Castilla-La Mancha, que la usa sin otros apelativos. En cambio, La Rioja, cuya bandera se diseñó en los 80 a través de un concurso público, se reivindica como región histórica, al igual que Extremadura y Baleares.

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