Dos ideas bien aprovechadas
El ganador ha remachado que EE.UU. está en guerra y que él es el mejor comandante en jefe; además, supo meter a Dios en campaña, en una nación que se siente la elegida

Bush se felicita por el resultado electoral
En la venerable Europa, que mira a América con suficiencia resabiada, cuesta entender la segunda victoria de George Walker Bush, de 58 años, que suma 3,6 millones de votos más que su hierático oponente. Una legión de gurús europeos han catalogado a Bush, el 43 presidente de EE. UU. como «el peor de la historia». Y lo cierto es que abunda la munición para demolerlo. De Bush se ha dicho que es el reverso de Robin Hood: ha robado al pobre para dar al rico, con cuatro bajadas de impuestos, que han convertido el supe-rávit de Clinton en un déficit récord de medio billón de dólares. En su mandato se han destruido 800.000 empleos y han estallado tres graves escándalos en la entraña dorada del capitalismo: Enron, Xerox y WorldCom. El frente iraquí Suspenso en economía; muy deficiente en política exterior. Cuando chequeó las pruebas de la CIA para argumentar la invasión de Irak, Powell hizo un balance irrefutable: «Esto es una mierda». Bush siguió adelante: «No hay duda de que el régimen de Irak posee y oculta armas letales de destrucción masiva». El Senado concluiría que la guerra se emprendió con pruebas falaces. Por último, llegó la gangrena de la posguerra, con las vejaciones en Abu Ghraib y más de 100.000 muertos, entre ellos, un millar largo de soldados profesionales USA. Richard Clarke, antiguo zar contra el terrorismo, acusó a su ex jefe de ignorar las alertas sobre el 11-S. Paul O'Neill, que llevó la economía en el arranque, legó una frase redonda: «Bush es un ciego en una habitación llena de mudos». Pero el presidente que en el 2000 ganó en el Supremo con 328.000 votos menos que Gore, sale ahora reforzado de las urnas. Para conmoción de la vieja Europa, Laura, George y el perrito Barney vivirán hasta el 2008 en la Casa Blanca. Familia de patricios George Walker Bush, tejano sólo por vocación, es miembro de uno de los linajes más ilustres de Nueva Inglaterra, nieto de senador e hijo de presidente. A pesar de su juventud golfa (la llama «mis años nómadas»), pasó por las aulas más exclusivas y puede colgar un título en Historia por Yale y otro de la Bussines School de Harvard. En realidad, W, sigla con la que lo jalea su gente, ha vivi-do dos vidas. En 1985, con 39 años, apareció bebido en una fiesta en la mansión familiar de Kennebunkport e insultó a una amiga de su madre. Bush senior, entonces vicepresidente, convocó a la villa al predicador evangélico Bill Graham, que sermoneó unos días al dipsómano. «Sembró una semilla en mí que cambió mi vida», le ha agradecido W. Laura, una bibliotecaria a la que conoció en una barbacoa y con la que vivió un roman-ceflechazo de sólo tres meses, completó el tratamiento de choque: «O la botella, o yo». Es ya historia que con motivo de su 40 cumpleaños, Bush dejó el alcohol e inició la segunda parte de su biografía: el asombroso éxito de un hombre de apariencia tosca, que parece poseer una infalible empatía y alta inteligencia emocional. En 1994 se hizo rico de por vida, al ingresar 15 millones de dólares con la venta de sus acciones en los Texas Rangers, equipo de béisbol en el que había invertido 600.000. Acto seguido, alcanza el cargo de gobernador de Texas. Allí bate récords de recor-tes: de impuestos y de vidas. Firma 152 sentadas en la silla eléctrica y en una dantesca grabación televisiva, parodia a la asesina arrepentida Karla Faye Tucker: «¡Por favor, no me maten», gorjea Bush imitándola. Pero Texas lo adora y es reelegido. Su divorcio del bourbon le ha dejado de por vida una te-rapia de Biblia diaria (lectura y meditación cada noche) y horarios muy estrictos: jamás se acuesta más tarde de las diez y se levanta a las cinco y media. Bush es algo hiperactivo y tiende a dispersarse, por lo que sus reuniones de trabajo jamás exceden el cuarto de hora y es carne de gimnasio (alardea de levantar 90 kilos). Escucha poco, le gusta inventar motes, e imparte órdenes sencillas, tajantes, directas. Las mismas que llegan con feliz facilidad a su electorado. Su momento Bush mantuvo una popularidad muy baja en sus nueve primeros meses de presidencia. Pero el 11 de septiembre del 2001, se convirtió en «el cruzado». Tras dos días desaparecido, labró su gloria en los cimientos humeantes de la Zona Cero. Megáfono en mano y acodado en el hombro de un bombero, dijo aquello de «los que hicieron esto tendrán pronto noticias nuestras». Masajeado por el ideario ultraconservador de Perle, Wolfowitz, Rumsfeld y Rice sobre la nueva hegemonía americana, convirtió el más brutal ataque terrorista de la historia en la tercera guerra mundial y declaró la doctrina de la intervención bélica preventiva. Su cota de popularidad se disparó al 90% y el planeta aplaudía su coraje. ¿Por qué gana ahora Bush? Tal vez el quiz lo ha tocado Rudolf Giuliani, el alcalde-héroe del 11-S, tertuliano en la azarosa velada electoral: «Con Bush no ha vuelto a producirse un atentado en suelo americano y eso es lo único que de verdad importa a la mayoría de la gente». W lo ha entendido. Su cam-paña pivotó sobre dos ejes machacados hasta el hartazgo: él es el comandante en jefe apto para luchar contra el terrorismo y además, Dios le revela lo que debe hacer. En Europa suena a cómic, pero en un país donde el 42% de la población se declara cristiana renacida, funciona. Bush conecta. Lo saben sus asesores: los americanos es-tán muy ocupados y necesitan un mesías campechano, capaz de transmitirles ideas sencillas en un fogonazo televisado de 30 segundos. La duda es si se puede mejorar un mundo complejo a golpe de eslogan bíblico y ley del talión.