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La controvertida viuda del mito

Suha Arafat, 34 años más joven que su esposo, amante del lujo y madre de la única hija del líder, una niña que llevaba sin verle 3 años, demostró al final ser su mejor aliada

Publicado por
Alberto Masegosa - el cairo
León

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Suha, la viuda de Yaser Arafat, despidió ayer el cuerpo de su marido en El Cairo y no viajó para su entierro en Ramala, en lo que parece el último de los desencuentros que han marcado sus relaciones con el liderazgo palestino. Según la versión más extendida en la capital egipcia, el gesto trataría de evitar el recibimiento hostil que los fieles del difunto le tenían reservado en esa localidad palestina, algo que una larga serie de precedentes convierten también en la más veraz. Antigua secretaria de Arafat en Túnez -donde el dirigente palestino se instaló en los ochenta tras su expulsión de Líbano y antes de su regreso del exilio en los noventa- Suha se casó en secreto con él a principios de esa última década en la capital tunecina. Desde entonces y hasta ayer mismo por la mañana no le han dejado de llover las críticas por parte del entorno de su marido. La primera de ellas fue la diferencia de edad entre los cónyuges, que ascendía a más de 30 años, ya que él había cumplido por entonces y con creces los sesenta y ella todavía no los treinta, una circunstancia a la que también se sumaba el hecho de que Suha fuera cristiana y Arafat, musulmán. Hubo quien, no obstante, pensó y con algún motivo que esa diferencia de credo no era fortuita y que el líder había elegido para casarse a una cristiana con el fin de ganarse a la no despreciable comunidad que profesa esa religión en Palestina.Fuera o no verdad esa hipótesis, lo cierto es que Suha llevó la peor parte, en la medida en que el detalle no fue bien acogido por la mayor parte del pueblo ocupado, de fe islámica. Hija de un importante banquero y de una conocida periodista, Suha cursó los estudios primarios en Ramala y Naplusa pero se trasladó a París para graduarse como universitaria en la Sorbona, otro jalón de su biografía que tampoco se comprendió nunca del todo. Su formación gala le ganó pronto entre los palestinos la fama de ser más francesa que palestina, pese a su origen familiar. La vida en común entre marido y mujer fue, además, escasa porque después del primer regreso de Arafat a Gaza, en 1994, los encuentros de ambos se fueron poco a poco distanciando en el tiempo y acortando en la duración, pese a que un año después, en 1995, naciera la pequeña Zahwa, la única descendencia de ambos, que llevaba tres años sin ver a su padre. La frialdad se hizo gélida a partir del asedio que, en sus tres últimos años de vida, sufrió Arafat en su Mukata de Ramala, durante los que no recibió una sola visita de Suha y en los que creció el convencimiento de que ésta había abandonado también a su esposo tras haber desertado de su país para vivir con fasto en París, donde hacía gala de su amor por el lujo frente a la austeridad de su esposo. La guinda la pusieron sus manifestaciones apenas dos días antes de que muriera Arafat, cuando acusó con un tono encendido a la dirección palestina de «querer enterrar vivo» al líder. El trasfondo de la cuestión no era otro que la disputa por la titularidad del extenso patrimonio y las pingües cuentas de banco de Arafat una vez que este expirara. En los territorios ocupados se produjeron manifestaciones populares de rechazo a Suha, a quien se recordó a voz en grito que, al menos hasta que lo hizo con su mujer, Arafat siempre había mantenido: «Me he casado con el pueblo palestino». Y, por tanto, solo a él debía revertir la herencia. El espinoso asunto parece haber abierto un paréntesis -o, quizá, una solución definitiva-, con la visita que cuatro prominentes dirigentes palestinos hicieron al moribundo en su lecho de muerte en París, donde aprovecharon para entrevistarse con Suha, sin que se conozca el contenido de sus conversaciones. La viuda del mito no ha vuelto desde entonces a abrir la boca. Pero, pese a todo, Suha Arafat demostró hasta el final que era una de las aliadas más fieles del líder palestino, pese a su separación y a las críticas que suscita su estilo de vida extravagante en París. Desde que su maridofue internado Suha permaneció junto a su lecho sin abandonarlo un instante. Un gesto que le ha valido la indulgencia.

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