| Crónica | Entre el Hostal y el Palacio | LOS RUIDOS DESDE LEÓN
... Y Chamorro, en Babia
El anuncio de Rodríguez de Francisco en San Marcos enturbió el clima de fiesta de los miembros del equipo de gobierno en la inauguración de Don Gutierre
El alcalde habla por el móvil en el patio del Palacio de Don Gutierre
Uno de los ejemplos clásicos para explicar la teoría del caos es aquél que habla de que el movimiento de las alas de una mariposa en un continente puede desencadenar un huracán en otro. Por eso, cuando en el Hostal de San Marcos, José María Rodríguez de Francisco movió un poco la gracilidad de su verbo, en el Palacio de Don Gutierre se desencadenó un temporal. Vuela como una mariposa, pica como una avispa, que decían de Mohamed Ali. El ex líder de los leonesistas dejaba sobre la mesa del desayuno el cuchillo para abrir el cruasán, mientras el equipo de gobierno municipal todavía no se animaba a bañar con vino del Bierzo la inauguración del palacio. «Hoy es un día de gran alegría para todos los leoneses», afinaba el alcalde en el acto, con la cara de haber pasado mala noche o perdido los favores de la reina del baile de fin de curso. Lo había explicado para despistados Rodríguez de Francisco entre el zumo y el café: «La inteligencia es la capacidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes». Que traducido quiere decir: quien no aprende a subirse al árbol a tiempo es devorado por el león, y no evoluciona. Cosas de Darwin y el instinto de supervivencia. Así que pasen más de veinte años. Abundaban los turiferos, que en estos tiempos cambian la procesión del perdón por la del silencio -antes de que llegue Carnaval- en los dos edificios donde se dirimía el pulso político. Se había quedado entre los muros, en los que Quevedo -que precisamente no hablaba muy bien de León- incubó el mal que le dio tierra, una sentencia para náufragos: «Esta vez no voy a hacer prisioneros», rezaba Rodríguez de Francisco. Dos de azúcar, que el café no es de puchero y amarga en exceso. En el pozo del patio del Palacio de Don Gutierre, Francisco Fernández daba la réplica a la estatua de piedra de un ángel -no era Lucifer, el caído-, mientras hablaba por el móvil. Los concejales del equipo de gobierno subían y bajaban las escaleras. Unos más sonrientes y otros menos. Sólo faltaba Chamorro, que estaba en Babia. «Ahora tenéis que hablar con la otra parte contratante», había convenido el concejal no adscrito con los medios, como si diera el pie del famoso monólogo de Groucho Marx, quien aseguraba que no formaría parte de un club que admitiera a miembros como él. Como los dedos de las manos sólo suman diez, algún edil socialista se esforzaba en que las matemáticas no fueran tercas, pero volvía a la suma y no le salía el total. Ni siquiera si pedía prestados los de sus socios de la UPL. Y no hubo nadie más por allí, al que solicitar ayuda. Miguel Escanciano, que amenizaba la plaza con su actuación, tiró de dos o tres canciones protesta con poso para ver si enganchaba. La paisanada miraba, pero no le encontraba el compás para el baile, que no era pasodoble ni rumba, ni tan siquiera jota. Cuestión de cintura. El comentario llegó a los bares y en las tertulias se aseguraba a voz en grito que volvía Mario. «¿Qué Mario?», preguntó un pensionista de los que han vigilado las obras desde el principio. «Amilivia, Mario Amilivia», contestó el camarero. «Déjate de chorradas. Voy hasta la plaza, que dan castañas».