El primer genocida juzgado en España no habló pero el tribunal leyó su confesión ante Garzón
Comienza el juicio a Scilingo, que fingió mareos para evitarlo
Los forenses certificaron por dos veces que estaba en condiciones de prestar declaración

Dos abuelas de la Plaza de Mayo, ante la Audiencia Nacional
«Que vergüenza, aprendió de Pinochet». Expresiones contenidas como ésta se podían escuchar entre el escaso público -familiares de víctimas, fundamentalmente- que en la mañana de ayer había conseguido aceder a la sala de vistas de la Audiencia Nacional donde iba a ser juzgado por crímenes de lesa humanidad el ex capitán de corbeta argentino Adolfo Scilingo, el primer genocida al que la Justicia española consigue sentar en el banquillo en un proceso de estas características sin precedentes en el mundo. Esto ocurría minutos antes de las doce de la mañana cuando este siniestro personaje, que en su día reconoció ante Garzón haber arrojado al vacío desde aviones a más de una treintena de víctimas de la represión de la dictadura militar argentina, entraba en la sala del juicio arrastrado por dos agentes de la policía nacional, con signos de postración. Pasadas las nueve y media de la mañanba llegaba a las dependecias de la Audencia Nacional en la ambulancia que lo transportó desde el centro penitenciario, donde llevaba cerca de un mes en una supuesta huelga de hambre para forzar un encuentro con los responsables de la embajada de su país en España. Una hora después pasaba revisión ante los forenses que lo examinaron en los calabozos y constataron que tenía mareos y dolores de cabeza pero que estaba consciente, orientado en el tiempo y en el espacio y con un discurso coherente, después de tomar un agua azucarada. Como se empeñase en matener unas poses exageradamente teatrales, el presidente del tribunal se dirigió a él para informarle de sus derechos y preguntarle si estaba dispuesto a responder a las preguntas de las acusaciones. «Me duele la cabeza», se limitó a farfullar Scilingo como toda respuesta. Ante este panorama el tribunal optó por interrumpir temporalmente la sesión para que los forenses dictaminasen de nuevo si estaba o no en condiciones de declarar. Pasados unos 45 minutos el ex militar volvió a la sala en silla de ruedas , apoyado en sus propias manos y tapándose la cara con una bufanda. Los forenses, tras el segundo exámen, informaron a la sala que estaba en perfecta situación de declarar o asistir a la vista. Tras estos prolegómenos el tribunal decidió seguir adelante con el juicio, en el que se piden penas que suman 6.600 años de prisión, y el ex capitán mantuvo su negativa a costestar, por lo que, a petición del ministerio fiscal se procedió a la lectura de las estremecedoras declaraciones efectuadas ante Garzón, en las que, entre otras cosas, se menciona la vinculación de la iglesia argentina con el genocidio.