Diario de León

Después de 41 meses en la prisión, el hombre condenado por traficar con droga será liberado esta tarde en la procesión

«Todos merecemos una oportunidad»

Alfredo Rejado, un riojano de 37 años, sale hoy de la cárcel de Mansilla por el indulto del Perdón

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Ana Gaitero - mansilla de las mulas
León

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Alfredo Rejado no sabe la heroína que se ha metido en el cuerpo, pero tiene bien presente que entró en la cárcel por 300 gramos. Hoy sale libre con la túnica de la cofradía del Santo Cristo del Perdón, «nunca lo hubiera creído», y su primer propósito es «no volver aquí». Comer bien, hacer deporte y buscar plaza en un centro de reinserción para volver a empezar son, por ese orden, las prioridades de la vida que se imagina al otro lado de los muros del centro penitenciario de Mansilla de las Mulas. Cuando haya franqueado las seis puertas automáticas que separan el módulo terapéutico de la calle dejará atrás 41 meses y medio de monotonía y encierro (otros diez los cumplió en San Sebastián como preventivo entre 1998-99). La idea de la libertad le ronda desde hace dos meses, ha superado la prueba del Consejo de Ministros, con la firma del presidente Zapatero y sus ministros y aún no se lo cree. «Pero, ¿se lo dan también a presos que no son de la comunidad de Castillla y León?», pregunta el viernes por la tarde. La confirmación del indulto llega antes a los medios de comunicación que a la prisión de Villahierro. «Oye, si tú no quieres vamos cualquiera de nosotros», espetan, entre risas, los internos que compartirán con Alfredo el momento del indulto ante el Locus Appellationis de la Catedral de León. «Pues yo creo que una oportunidad la merece todo el mundo», contesta él totalmente en serio. A él la oportunidad le llega con cuatro años y medio de adelanto, que es el tiempo que le faltaba para cumplir la totalidad de la condena, de nueve años. «Para mí es una inyección de moral, una forma de decirme que puedo seguir adelante», reconoce. La droga se deja sufriendo Lo piensa un poco más y añade: «Si he llegado hasta aquí, creo que aún puedo superarme un poco más». En la cárcel, como en la vida, a nadie le regalan las cosas, y aunque Alfredo no sabe «por qué me propusieron a mí» parece claro que su trayectoria algo ha tenido que ver. Para empezar, cuando ingresó en prisión en septiembre del 2001 «entré yo por la puerta, como un campeón, y ya estaba desenganchado», alega. Se presentó en Comisaría antes de que le fueran a buscar a Ponferrada, al centro Reto donde trabajaba. «Dejé las drogas porque no me quedaba otra, ya no podía más. Estuve diez años y llegué a pesar 30 kilos», relata. Todavía hoy su salud está resentida y tiene que seguir un tratamiento para recuperase de una hepatitis que es difícil de sacarse del cuerpo. «No es fácil, pero se puede dejar; se deja sufriendo día a día», asegura. «Esa vida no es vida para nadie, te enganchas y estás perdido», apostilla al recordar aquellos años en los que unas dosis de heroína le convirtieron en un vendedor más de la cadena, en un «camello». Los primeros meses en la prisión fueron «difíciles, no me adaptaba». Luego empezó a hacer cursos y vio que podía tirar un poco más. «Aquí, si te comes la cabeza estás perdido», explica, así que empezó por usar las manos. Aprendió a coger aguja y dedal en un curso de costura en el que participaban hombres y mujeres; por dejar de pensar, se apuntó a cursos de albañilería y de ofimática y también trabajó en los talleres productivos del centro penitenciario. «La vida aquí es como tú la quieras llevar», señala al hablar de la falta de libertad, de la rutina organizada, de la monotonía esperando a que llegue el domingo para ver una película de estreno o ese día de la semana fijado para salir a Mansilla de las Mulas, a recoger «unos papeles o unas hojas secas» en los jardines de la villa. Cuando Alfredo salga de la cárcel, otro interno pasará a ocupar su celda individual en el pabellón 8 de Villahierro, el menos poblado de la prisión. El módulo terapéutico tiene 65 penados, uno por celda, y se distingue del resto en que los internos tienen que cumplir un programa basado en el orden, la adquisición de hábitos de convivencia y personales.«Entré aquí y he estado aquí todo el tiempo», subraya el indultado. Eso quiere decir que en su hoja de presidiario no llegó a acumular los puntos «negativos» que significan la expulsión. No hay ningún otro, dicen, ni tan limpio ni tan «cómodo», con todo lo incómoda que es la vida sin libertad, como el ocho. «Aquí tenemos un educador todos los días, cosa que es muy difícil en otros módulos, sales todos los días, eliges la película de los domingos, los problemas se hablan; en otros poco puedes hablar...» Tal vez por ello es el módulo que da la cara más «dulce» de la prisión. «En la cárcel si no te buscas problemas no tienes problemas. Yo he aprendido a controlarme» JORGE «Este es mi primer permiso y para mí participar en la procesión es importante porque tengo mucha creencia» WILLIAM «La cárcel es una monotonía incluso con la llegada del fin de semana. De permiso sólo el hecho de comer a otra hora ya es novedad » JONATHAN «Vivir en el módulo ocho supone que tienes más comodidad, limpieza y los problemas se hablan; no tiene nada que ver con otros módulos» SAMUEL

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