| Reportaje | La complicidad entre Juan Pablo II y los jóvenes |
El ojito derecho del Papa
La juventud de hoy no conoció a otro Pontífice, y éste supo ganarse el cariño y la devoción de millones de adolescentes de todo el mundo
Los jóvenes fueron la debilidad del Papa. Y a ellos dedicó las primeras y últimas palabras de su pontificado. Pocas horas antes de morir, Juan Pablo II pedía a sus allegados que transmitieran un mensaje a la juventud: «Os he buscado. Ahora vosotros habéis venido a verme. Y os doy las gracias». La comprensión y la complicidad que sentía el Santo Padre con los adolescentes marcaron su pontificado, dominado por un impulso de los movimientos católicos, que vivieron un verdadero renacimiento y ocuparon un lugar privilegiado en la Iglesia. Gracias a ese empeño, el Sumo Pontífice lograba inculcar en ellos sus principios, su posición contra el aborto o los anticonceptivos, la búsqueda de paz y el acercamiento a la Iglesia. Cierto que tuvo éxito en su com-promiso, hubo una gran recipro-cidad, pero no tanta como a él le hubiese gustado. Puede que cada aparición suya se convirtiese en un mar de adolescentes aclamán-dole y cantándole, con millones de chicos y chicas escuchándolo, pero también es cierto que en Europa, sobre todo en España, la juventud se aparta cada vez más de los preceptos de la Iglesia. Las encuestas dicen que la gran mayoría de los adolescentes no van a misa. El porcentaje de chicos con edades comprendidas entre los 15 y los 29 años que se declaran católicos practicantes en España se ha reducido a la mitad y ha pasado del 28% en 2000 al 14,2% en 2004, según datos del último informe Juventud en España, elaborado por el Instituto de la Juventud. Dar un vuelco a esto es el gran asunto que le queda de herencia al próximo Papa. Noches en vela Los jóvenes de hoy nacieron con el Papa. Juan Pablo II fue el único al que conocieron. Y eso se notó hasta las últimas horas del Pontí-fice. Con gran devoción, jóvenes de todo el mundo, en particular italianos, polacos, españoles y la-tinoamericanos, velaron en la plaza de San Pedro por el Papa desde el viernes, cuando se supo que se había agravado su estado de salud. En forma espontánea o a través de mensajes telefónicos confluyeron continuamente como prueba de afecto hacia el Pontífice. El Papa demostró siempre una gran disponibilidad con los jóve-nes, a los que solía encontrar en las multitudinarias manifestaciones organizadas durante sus viajes pastorales, y con los que también llegó a bromear y cantar. En 1984, en ocasión del Jubileo, el Papa organizó la primera Jornada Mundial de la Juventud, lo que le permitió dialogar constantemente con miles de jóvenes de todo el mundo. Las jornadas de Buenos Aires, Santiago de Compostela, Czestochowa, Denver, Manila, París y sobre todo de Roma, con casi dos millones de personas en el 2000, representaron para Juan Pablo II «una exhortación a permanecer joven» y despertaron el en-tusiasmo en sus participantes, que llegaron a algunas de esas capitales a pie, en bicicleta o a caballo. El jefe de la Iglesia jamás escon-dió que contaba con los jóvenes para que lo acompañaran al umbral del tercer milenio del cristianismo. «Ustedes son la esperanza de la iglesia y del mundo. Ustedes son mi esperanza», declaró al inicio de su pontificado, al anunciar su misión como pastor de la Iglesia. «Ustedes deberán tener claro que el futuro de la paz, y por lo tanto el futuro de la humanidad, depende de sus decisiones», re-pitió el Pontífice al inaugurar el tercer milenio. Su último sueño -que al final quedó frustrado- era asistir a las jornadas de la juventud en Colonia, Alemania, programadas para me-diados de agosto de este año. Reuniones Los jóvenes le cantaban serenatas bajo su ventana y él les dedicaba tiempo para escuchar sus proble-mas, sus angustias sobre la socie-dad actual y la relación entre ellos y la Iglesia. Al inicio de su pontificado, en su residencia veraniega de Castelgandolfo, cerca de Roma, invitaba a grupos de jóvenes a pasar la velada frente a la chimenea, con los que cantaba cánticos polacos y recor-daba historias de montañeros. «Les toca a ustedes la misión de defender valores tales como la libertad religiosa, el respeto de la persona, la protección del derecho a la vida, la promoción de la familia, la valorización de las diversidades culturales, la salvaguardia del equilibrio ecológico amenazado», insistió en Czestochowa.