Los peregrinos empezaron a ocupar sus puestos de madrugada
A las cinco de la mañana, el termómetro de la calle Reggio Emilia marca 12 grados. Slvato-re Lilli ya ha transportado a va-rios peregrinos. «Hay muchos tedescos», informa mientras adelanta con su taxi a grupos de gente que avanza hacia los puentes del Tíber. Lilli pasa por delante de la columna de Traja-no y el palacio Venecia, desde donde Mussolini saludaba. Se multiplican los peregrinos. Uno no sabe de dónde salen. Pero salen, y por millares. Los hay con mochilas, sacos de dormir y esterillas, los hay bien pertre-chados contra una posible ola de frío y contra una posible ola de lluvia, nunca se sabe en Roma. Stop: Ya sólo se puede seguir a pie. Mucha bandera, sobre todo de rombos blancos y azules («bávaras», sonríe In-grid). Religiosos en un número pocas veces visto avanzan por la Vía de la Conciliación en busca del abrazo de las colum-natas de Bernini. Christian, de Schwäbisd Gmund, explica, es uno de ellos. Hay agua mineral, «Acqua santa di Roma», con gas y gratis cada cien metros de pe-regrinaje. La silla del Pontífice A las siete y media, la silla blanca del Papa ha sido instalada. A las diez en punto salen de la puerta de la basílica los acólitos turiferarios, los cerifarios y el diácono con el Evangelio. Aplausos. Suena música de órgano. Entran los cardenales. Y entra el Pontífice. A las doce y media, Benedicto XVI desfila entre el numeroso gentío. Repican frenéticamente las campanas de la basílica. A las seis llueve en San Pedro. Todavía ondean banderas en la plaza, decorada con miles de papeles, bolsas y botellines de agua. En Roma, es fiesta. Pero los barrenderos tienen bastante trabajo.