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ZP y Rajoy juegan a tres bandas
Socialistas y populares mantienen un desafortunado enfrentamiento a costa del terrorismo que el país acabará reprochándoles y pidiéndoles responsabilidades

Garzón siempre alertó sobre las treguas de ETA
El viernes al mediodía, Pérez Rubalcaba deambulaba pensativo por los desérticos pasillos de las Cortes, antes de lanzar un torpedo inmisericorde al PP. Se disponía a decir y dijo, que «si hay alguna posibilidad para la paz con ETA en esta legislatura, el PP hará lo posible para evitarlo». Era el silencio previo a las detonaciones, la concentración necesaria para repasar la mezcla explosiva de la dialéctica: «Es que no puedo hacer otra cosa -se justificaba tras anunciarnos lo que iba a declarar- porque lo de Zaplana es intolerable. Fuimos respetuosos en la oposición en materia de terrorismo y ahora lo utilizan irresponsablemente como elemento de desgaste de Zapatero». Horas después, Acebes, afectado por el torpedo, saldría a declarar: «Lo que ha dicho es una canallada». Es esta solo una escena del desafortunado enfrentamiento que mantienen socialistas y populares a cuenta del terrorismo, asunto en el que deberían co-ordinarse, o el país terminará pidiéndoles responsabilidades. No les coinciden ni las ideas, ni los relojes porque, según Moncloa, Zapatero explicó a Rajoy su entrevista con Ibarretxe durante un cuarto de hora, y, según el PP, la conversación telefónica duró solo dos minutos. Pero existen otras partidas simultáneas de gran calado que juegan Zapatero por un lado y Mariano Rajoy por otro. El presidente del Gobierno tiene varios tableros ante sí: País Vasco, Cataluña y el rebote de los obispos a cuenta de los matrimonios entre homosexuales. Además tiene por cerrar aún la difícil partida con los Estados Unidos, pero Bono le ha avanzado algunos movimientos con Rumsfeld y el ministro de Justicia, López Aguilar, ha cerrado un eje antiterrorista con Estados Unidos y Colombia que refuerza nuestra condición de aliados. Es una buena noticia para España, aunque mala para Aznar, empeñado en declarar, todavía esta semana, que «no podemos imaginar lo cara que vamos a pagar la retirada de tropas de Irak». A Aznar se le enganchó la aguja del disco en esa estrofa y no consigue cambiar de surco. Desde luego que Mariano Rajoy no es ajeno a la partida del País Vasco, ni a la de Cataluña, pero asiste a ellas como actor secundario, lo mismo que Zapatero a la partida gallega, que es fundamental para Rajoy. Si el PS no gana en Galicia, lo único que ocurrirá es que Touriño pasará a la reserva. En cambio, si pierde Fraga, la crisis en el PP será muy profunda en Galicia y sobre todo en España y hasta Rajoy peligra. Conflicto catalán En otras latitudes, si Zapatero no soluciona el conflicto catalán, la crisis puede ser grave a escala institucional y también muy seria dentro del PSC. Cierto que el presidente del Gobierno lleva un salvavidas puesto: sigue consolidándose en las encuestas en Cataluña mientras que Maragall baja. En esas condiciones, el riesgo de una ruptura de los socialistas catalanes se minimiza y la amenaza de Esquerra Republicana de dejar en minoría al Gobierno en el Congreso no impresiona. Están los canarios corriendo la banda para socorrerlo; están los del PNV deseosos de agradar -en Madrid y los de Convergencia i Unió ávidos de reingresar en cualquier esfera de poder perdida tras el fallecimiento político de Pujol-. La partida vasca es sin duda muy difícil y arriesgada. Zapatero ofrece síntomas del sarampión inicial de todo presidente -Felipe y Aznar también lo pasaron- al soñar que conseguirá un lugar en la historia por lograr el fin de ETA. Claro que hay que intentarlo, pero como advierte el juez Baltasar Garzón, «ETA utilizó siempre sus treguas para reorganizarse y volver a las andadas». En ese sentido el momento es menos dramático de cómo lo pinta Acebes, acaso un malogrado escritor de éxito de novela negra. Un empresario vasco del sector servicios declaraba ayer a este periódico: «Del Plan Ibarretxe, aquí en Euskadi ni se habla, y parece que a la gaseosa ya no le queda gas. Yo, cuando veo al lendakari ir a Madrid a hablar me alegro, una, porque al fin y al cabo tiene que ir a ver al presidente de España, y dos, porque para arreglar cosas hay que hablar, sin dramas. Aún sabiendo que esto es muy difícil». Pero no falta quien advierta, como el profesor Antonio Elorza, que a Ibarretxe le puede durar la moderación el tiempo de formar Gobierno. Y plantea la duda de si Zapatero es un buen estratega. Hasta ahora sólo sabemos que es un buen táctico, por lo que habrá que esperar para emitir juicios. La otra partida simultánea de Rajoy, además de la gallega que es crucial para su futuro y la de acoso a ZP, la juega en casa. Nadie duda de que el ilustrado político pontevedrés tiene en-frente a Zaplana y Acebes. El sociólogo Julián Santamaría, que fue embajador del Gobierno González en Washington, publicó hace cuatro días un artículo titulado «¿Quién manda en el PP?» que ha levantado algunas ampollas. Vaya por delante que Santamaría señalaba que lo que tenían en común los sucesores de Suárez, Felipe y Aznar, es decir, Calvo Sotelo, Almunia y Rajoy es «una cierta indolencia». Y con esa disposición vital, hacerse con el mando siempre es más difícil. El plan del PNV Pero lo importante es la sugerencia de que puede existir un auténtico plan alternativo dentro del PP desconocido por su presidente, Mariano Rajoy. Resulta difícil explicar si no esa bicefalia entre una política por lo general templada de uno y siempre agresiva de los otros dos. Y no puede ser cuestión de carácter porque en privado ambos son cordiales y hasta Rubalcaba mantiene excelentes relaciones personales con ellos que no sólo se explican por el madridismo recalcitrante que comparten. ¿Será el mando a distancia de Aznar? ¿Sugiere Julián Santamaría que están preparando la vuelta del ex presidente? «No creo que Aznar vuelva, o si no ya lo habría escrito -comenta Santamaría -, pero igual piensan en la chica de Madrid, que sería desde luego una locura». Nadie lo sabe, pero hay demasiadas cosas que no se entienden. En situaciones así se echan de menos las genialidades de Pío Cabanillas (el padre), capaz de retratar una situación compleja en una frase. Como aquella vez que coincidió en el baño con Alfonso Guerra y mirando ambos a la pared le espetó: «Alfonso, por primera vez en mi vida sé lo que te traes entre manos».