Diario de León

| Crónica | Los peligros a los que se enfrenta la Brilat: Fará |

Droga, talibanes, señores de la guerra y una mujer valiente

La tercera compañía de la Brilat está destacada en Fará, una zona sin muchos peligros pero la más insegura, de las cuatro controladas por españoles, de cara a las próximas eleccion

Malalay Joya está amenazada por los señores de la guerra

Malalay Joya está amenazada por los señores de la guerra

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Los hombres del capitán Vázquez, la tercera compañía de la Brilat, se agolpan frente a un mapa de la provincia de Fará. Aquí, en la base norteamericana de la zona, no hay muchas comodidades. Los hombres duermen en unos camastros que se han traído desde Herat y esperan su turno para salir de patrulla. En total serán cinco días de misión para reconocer la zona de cara a las elecciones. Luego volverán a Herat. Los hombres de Vázquez no se engañan: saben que Fará no es tan peligroso como Kandahar, Oruzgán o los territorios limítrofes con Pakistán, pero de las cuatro provincias afganas que patrullará la Brilat de cara a las elecciones (Herat, Baghdis, Ghor y Fará) ésta es que afronta la peor situación de seguridad. El viaje hacia el sur desde Herat a Fará difícilmente se puede hacer en un día. Es un trayecto infernal por caminos pedregosos que atraviesan el desierto. Las tormentas de arena son frecuentes y hacen la conducción casi imposible. Es además un viaje desde la relativa seguridad de Herat a una zona donde los asaltos en las carreteras son habituales, el cultivo de adormidera y el tráfico de drogas son moneda común, y donde la violencia de los señores de la guerra y de algunos grupos talibanes se deja sentir con bastante fuerza. «Nuestra policía ha tenido algunos choques con grupos talibanes. Pero no son como los de las zonas sur y este del país. Aquí no hay paquistaníes o chechenos luchando con ellos. Son gente de aquí. Y no están muy organizados. No creo que supongan un gran peligro, aunque hay un montón de rumores sobre lo que estos grupos podrían hacer de cara a las elecciones», dice Izzatullah Wasifi, el gobernador de la provincia. «Más que los grupos talibanes nos preocupa la negativa a desarmarse de algunos señores de la guerra y de algunos que incluso son candidatos a las elecciones», dice el capitán Vázquez. La ley exige que todos los candidatos desarmen a sus milicias si quieren participar en las elecciones. «En Fará nueve de estos candidatos tienen verdaderos ejércitos particulares. Sólo uno de ellos ha sido sacado de las listas. Y sólo porque no se dio prisa en agilizar su expediente legal», cuenta Malalay Joya, una joven de 26 años que ganó fama mundial cuando el pasada Loya Jirga (la asamblea tribal que formuló la Constitución) levantó la voz contra algunos señores de la guerra. Les llamó corruptos y criminales que deberían ser juzgados por el tribunal de La Haya. Ellos la condenaron a muerte y ahora vive en Fará protegida por guardias armados que te cachean de arriba abajo antes de dejarte siquiera verla. La valentía de esta joven al denunciar los desmanes de los caciques locales le ha vali-do ser candidata al Nobel de la Paz. «Han atacado mi casa varias veces y me mandan amenazas. El Gobierno me ha dado seis guardaespaldas, pero no son suficientes. No me puedo fiar de los soldados que me ofrecen unos y otros para mi seguridad. Al final es la gente la que me protege», dice Malalay. Bombas Venga el peligro de los se-ñores de la guerra o de los talibanes, lo cierto es que la violencia política está aumentando de nivel en la zona. Hace un mes volaron con explosivos una escuela para niñas en Kina Kun; la base norteamericana donde viven el capitán Vázquez y sus hombres temporalmente fue objeto de un intento fallido de ataque con cohetes por una persona próxima a los talibanes; dos trabajadores de una oenegé fueron secuestrados y siguen en paradero desconocido; y un convoy de Naciones Unidas sufrió un atentado con una bomba. «Esto no es la jungla -acla-ra el gobernador-, tenemos más seguridad que hace unos meses. Pero también tenemos mucho bandidaje y nos faltan medios para combatirlo. Yo sólo tengo 850 policías para la toda la provincia. Y únicamente nueve coches para que patrullen». El problema es que, si alguien quiere armar jaleo, las armas están disponibles fácilmente. Hay al menos dos lugares en la provincia en los que los martes y los jueves se monta un mercado muy surtido. Se puede comprar desde el sempiterno Kalashnikov, hasta misiles tierra aire. «Pides lo que quieres y te lo traen. Lo que sea, en serio. Y muy barato», comenta un funcionario de Naciones Unidas. Y luego está el cultivo de opio, cuyo dinero alimenta a los señores de la guerra y la violencia. «Las plantaciones de adormidera están por todas partes», afirma otro miembro del equipo local de la ONU. El gobernador lo admite sin tapujos. «Mira, la situación está clara. Este es uno de los lugares más secos del país. El agua está a unos cincuenta o setenta metros de profanidad. Los agricultores van al mercado y piden préstamos para poder sacar el agua. Esto no es Europa, y aquí un préstamo se devuelve con unos intereses del 20%. Si no pagas te cortan el cuello. ¿Qué crees que va a plantar la gente? Pues opio, que es lo que le da más dinero», sentencia.

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