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ERNESTO S. POMBO
León

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LA VERDAD, desde la desaparición de don José Ortega y Gasset, allá por el 1955, estábamos huérfanos de grandes filósofos. Pero en esta vida es cuestión de paciencia porque todo tiene arreglo. Ahora mismo tenemos la fortuna de disfrutar de una nueva generación de filósofos que en momentos de tanto revoltijo y tanto barullo, se esfuerza por razonarnos todo aquello que nos resulta ininteligible. Así, a propósito de la aprobación, en el Parlamento catalán, del Estatut, la generación de filósofos, se esmera en hacernos su comprensión mucho más fácil. Unos con que ni rechazo ni acepto la reforma. Otros con lo de que es constitucional al tiempo que es también un gran paso para la autodeterminación. El de más allá con la letanía de que España no se rompe, pero cambia sustancialmente. El de más cerca asegurando que él sí concibe nación sin Estado. Y el del medio, diciéndonos que no hay concierto económico, pero que con los tributos se quedan ellos. No basta con escuchar atentamente las explicaciones de nuestros jóvenes filósofos para entender lo del nuevo Estatut. Es necesario hacer una licenciatura y un par de másters. Hay que leerse las obras completas de Kant, Platón, Sartre, Protágoras de Samos y Anaxágoras de Clazomene. Y, por encima de todo, hay que hacer un profundo ejercicio de indulgencia y magnanimidad para seguir atendiéndolos y escuchando sus explicaciones. Porque lo del Estatut se explica por sí solo. Y con gran sencillez. En un mitin electoral, el entonces candidato Rodríguez Zapatero se dispara y promete que haría suyo el texto que le enviasen desde Barcelona. Y ahora, él ya tiene el texto pero nosotros tenemos un problema. Porque estamos metidos en una ratonera en la que todas las salidas son peligrosas. Así que pueden seguir filosofando, si quieren, pero que nos saquen de este embrollo.

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