| Crónica | La vuelta de tuerca |
La cara oculta de la coincidencia
Más allá de lo que deja el día, heridos dados de alta, visita de las autoridades, preocupación en las familias, reanudación del tráfico ferroviario, quedan las historias personales

La estación de Sahagún registró un tráfico de autobuses intenso para enlazar a los pasajeros
Madrugada del lunes al martes. Los operarios se afanan en desescombrar la «zona cero». «La ministra prometió que estará limpia en 36 horas y si se promete se cumple», espeta uno de los trabajadores. Después de toda una noche de trajín bajo los focos los trabajadores colocaban a primera hora los garfios de las mastodónticas grúas que habrían de mover los vagones. Cada una de las porciones de tren cabeceaba entre alambres con sonido de chapa. Arrugadas. Al poco reposaban en otro lado. Pleno solidario En ese mismo momento, el Ayuntamiento de Villada celebraba un pleno para solidarizarse con los familiares de las víctimas y decretar tres días de luto oficial. Balcón abajo comentaban la jugada los vecinos, dándole fuego a la lengua y avivando la cháchara de los «qué desastre», «esto no debería ocurrir nunca» y demás «yo estuve allí y lo vi». Se esperaba a la ministra de Fomento. Al filo de las 13.00 horas apareció, y un aluvión de cámaras fusiló sin contemplación el rostro de Magdalena Álvarez, que serena tomaba el micro de las manos del alcalde de Villada para felicitar a los vecinos del pueblo por su colaboración en la tragedia. El agasajo no sonó a ditirambo y la ministra puso proa a la estación lisonjeada por el cascabeleo de piropos y aplausos de los presentes. Una vez en la estación reconoció la «zona cero» y apuntó a los medios que las conclusiones quedan de la mano de la comisión de investigación. Visita a Facundo. Sí, ése, el de las pipas. Los trabajadores de la empresa fueron los primeros en llegar al lugar del accidente y socorrer a los heridos. La ministra en persona les agradeció el esfuerzo, saludando individualmente y recibiendo un plural «no hay por que agradecer nada, eso lo haría cualquiera», que enaltece a los que lo ponen en boca. Dos de la tarde. Minuto de silencio de trabajadores y vecinos, plegaria incluida por los fallecidos. El corto plazo Las 36 horas de la ministra finalmente se quedaron largas y en escasas 20 horas se reanudó el servicio de trenes a través de Villada. El operario que comentara de aquello de «si se promete se cumple» ya no estaba. Entre tanto los pasajeros que migraban con Villada como bisagra se apeaban en Palencia o en Sahagún para trasladarse a la siguiente etapa en autocares. Las consecuencias... Las dos horas de tren entre Valladolid y León quedaron casi en cinco entre esperas y cambios... A esto ha de agregarse la más o menos motivada susceptibilidad de los pasajeros, que ataviados con la cara de asombro propia de los que pasan lo que pasaron, tornaban la mueca en disgusto más a menudo que en satisfacción. «Esto es una vergüenza, nos sacan de un tren y nos meten a un autobús del que no nos dicen ni a dónde va», comentaba airada una señora cargada con dos maletas. «Esto es lo que pasa por vivir en España, que a su edad ya debería saberlo», contestaba un anciano de bastante buen humor. Sahagún, a catorce kilómetros por carretera y a unos 10 vía tren de Villada, se convertía en nexo entre los que querían saltar Villada y los que venían de saltarla. Los autocares llegaban con cuentagotas mientras los leoneses capeaban la solana a la sombra de lo poco que le daba. La víspera muchos facundinos acudieron a la vecina Villada a prestar ayuda en lo que buenamente podían. Historias particulares Póngase usted en la piel de Óscar (nombre ficticio, no su historia). Óscar viaja en el tren, conversa con dos personas que le secundan la charla y con otra que pasa olímpicamente de él. Viene de La Coruña y se dirige a Villada, pero antes pasará por Sahagún a recoger el coche. Lo había dejado en el taller. Se apea sin mirar atrás. No dijo adiós, luego nadie se lo devuelve . En el taller le cobran 200 euros por una pequeña reparación, lo que propicia que conduzca camino de Villada sin escatimar defectos para todos los santos que recuerda. Aparca de dos maniobras -a la primera le cuesta- y entra a tomar algo en el bar mientras comenta la jugada: «Dios, no hay manera de encajar esto a la primera», silva entre dientes mientras mira de reojo el coche, reprochando a la máquina el escaso tino del conductor. El frescor de la sombra le alivia. Acomoda el codo en la barra, los nudillos palpando las costillas, y reposa el pie por instinto en un saliente. -«¿Es que no te has enterado, Óscar?» -«¿Enterarme de qué?». - «De qué va a ser, del accidente del tren, se ha debido pegar una leche que casi tira el puente». - «No me jodas, si me he bajado en Sahagún hace 20 minutos». - «Lo que oyes, vamos para allá a echar una mano». - «Voy contigo». Un día después la lista de heridos graves refleja tres personas: dos conversaban ayer con Óscar mientras una pasaba olímpicamente de él.