Al día siguiente de ocurrir los hechos en Madrid, el agresor ya había quedado en libertad | Perfil | Raúl Pérez López |

La hija de una leonesa y un lugués, una de las víctimas del violador de Madrid La doble vida del depredador La familia tuvo que cambiar de piso por temor al atacante

El padre de la niña, el gallego Manuel V.C. dice que perseguirá legalmente al agresor

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X. Carreira Enrique Clemente - redacción | lugo redacción | madrid
León

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El violador múltiple de Madrid, que la policía detuvo el pasado fin de semana, quedó en libertad en el año 2000 a las pocas horas de intentar abusar sexualmente de la hija de un lucense y una leonesa. Ahora tendrá que vérselas con el padre, que prepara acciones judiciales. Manuel V. Q., padre de una muchacha que cuando tenía 11 años fue presuntamente atacada por el detenido, perseguirá judicialmente al agresor. A Raúl Pérez López, de 31 años, le imputan hasta 14 casos de abusos a menores. Manuel V. Q. está realmente molesto porque no hace mucho acudió a los juzgados madrileños de la plaza de Castilla para saber cuándo se celebraría el juicio contra el joven que intentó abusar de su hija y se encontró con una respuesta inesperada: el asunto se había archivado. Cuando el jueves lo llamaron por teléfono desde Barcelona para informarlo de que habían detenido al hombre que trató de abusar de la pequeña, el corazón le dio un vuelco. Su malestar se incrementó ayer cuando leyó la noticia en los periódicos. Consultas legales «Hicieron declarar a la niña y luego todo quedó en nada. Yo voy a seguir adelante. He iniciado consultas con un equipo de abogados para saber qué puedo hacer», explicó. Manuel V. Q. reside con su familia desde hace muchos años en Madrid, donde trabaja como funcionario de la comunidad autónoma. Es natural de Baralla y está casado con una leonesa. La familia tiene muchas vinculaciones con Lugo. Este largo puente, por ejemplo, Manuel lo pasó en A Mariña. Este padre fue realmente el pri-mero que detuvo a Raúl Pérez y éste supuestamente no hubiese cometido la cadena de abusos si al día siguiente no lo pusieran en libertad. El lucense recordó que lo tuvo agarrado en el interior de su piso hasta que llegó la policía y se lo llevó. El presunto violador subió en el ascensor con la víctima. Él se bajó en el tercero, pero tuvo tiempo de llegar andando al cuarto e impedir, metiendo un pie, que la pequeña cerrase la puerta de su casa. La llegada del padre, que desde el ascensor oyó los gritos de su hija, frustró la agresión. El hombre llamó a la policía y el presunto violador fue detenido. Alegó que había entrada en la casa a llamar por teléfono a un amigo y que la menor se asustó. «Era un chico estupendo, majísimo y muy de su casa». Así describió ayer una vecina a Raúl Pérez. Este hombre de 31 años responde al perfil que los expertos dibujan del violador en serie, una persona con doble vida, una de absoluta normalidad, incluso anodina, y otra de psicópata sin escrúpulos. En la superficie era un chicho normal, discreto, incluso amable. Tenía novia, vivía con su madre, que se gana la vida limpiando casas, un hermano y tres hermanastros en el barrio de Moratalaz, de Madrid, trabajaba como repartidor de paquetes y parecía integrado en la sociedad. Su aspecto, según los vecinos, también era «normal»: delgado, pelo corto, una mancha debajo del ojo, gafas de sol y vestido con mono azul de trabajo. La descripción que sistemáticamente dieron sus víctimas, de entre 6 y 12 años. «Va a doler, porque todos lo conocemos en el barrio», aseguraba compungida su vecina Rosalina. «No sospechábamos nada, nunca nos había preguntado la policía. Mi madre está destrozada», indicaba su hermano Gregorio en el domicilio familiar. Bajo esa fachada de normalidad se escondía el auténtico Raúl, un «depredador sexual de niños» -según la policía-, acusado de violar a ocho menores y agredir se-xualmente a otros seis en los últimos cuatro años. Tan cal-culador que siempre utilizaba guantes y preservativo, salvo en una ocasión, para no dejar huellas dactilares ni genéticas. Tan malvado que engañaba a los pequeños prometiéndoles un juego de la Play Station. Tan decidido a satisfacer sus deseos que no dudaba en amenazar a sus víctimas con violarlas «por las buenas o por las malas» y con «rajarlas» si se resistían. Pareja estable, trabajo fijo, trato cordial: la banal normalidad del mal (parafraseando a la filósofa judía Hannah Arendt sobre los genocidas nazis), bajo la que se oculta lo que los psiquiatras denominan «personalidad psicópata portadora de una sexualidad distorsionada», agravada si el objetivo es un niño. Su detención en el 2000 por allanamiento de morada fue un aviso que lamentablemente no se tomó en cuenta. La jefa de Atención Familiar de la Jefatura Superior de Policía de Madrid, Elena Palacios, tachó de «sibilino» el comportamiento con el que Raúl «manipulaba» a los pequeños. La audacia del violador, agregó la funcionaria, era tal que abordaba a los niños o en grupo. Palacios puso en duda que el negro historial se resuma a 14 agresiones porque desde el primer ataque, en 2000, y el siguiente pasaron dos años. «Me sorprende que de 2000 a 2002 no haya hecho nada», señaló la jefa de Atención Familiar. Una inactividad que, a su juicio, sólo tiene dos explicaciones: atacó a otro menores, pero no hay denuncias porque los niños callaron o porque su padres no quisieron. La familia de Manuel V. Q. tuvo que mudarse de casa una vez ocurridos los hechos por temor a que el presunto violador volviera y reconociera a la pequeña. A la víctima, según dijo su padre, le cambió el carácter después del ataque. El presunto delincuente desplegaba su actividad en distintos barrios de la capital y la corta edad de las víctimas, así como la ausencia de huellas y de restos de ADN dificultaron las pesquisas que comenzaron hace cuatro años. El agresor abordaba a los menores, estuvieran solos o en grupo, a la salida del colegio. Allí ofrecía a sus potenciales víctimas un juego

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