| Crónica | El pueblo, en la calle |

«Leoneses, que vertebraron España»

La multitud que siguió el desfile a pie firme en las aceras agradeció los gestos cercanos de los monarcas y el guiño lanzado en el guión a la historia del Viejo Reino

Publicado por
A. Caballero - león
León

Creado:

Actualizado:

León todavía es pueblo de misa de domingo: camisa limpia, raya al medio y zapato brillante. Gente que entra y sale para encontrarse. Comunión en día de fiesta. «Una semana sin sermón, una semana sin perdón», tiraba de refranero una de las señoras peripuestas que caminaba pasadas las 10.30 horas hacia la avenida Peregrinos -cumplida la obligación con la iglesia a primera hora en la capilla lateral de la Catedral- dispuesta a formar parte de la gala leonesa que puso marco, orgullosa, al desfile del Día de las Fuerzas Armadas. Una más en el reguero incesante que, antes del mediodía, hizo de la ribera del Bernesga a su entrada en la ciudad un semillero de cabezas puestas al sol. Más de 110.000 personas, según los cálculos de las autoridades competentes y sin usar el método de contabilidad de Esperanza Aguirre. Hubo tantos leoneses en tan poco espacio porque algunos decidieron echar mano de la ciencia para poder ver algo: trepados a las farolas de diseño, con pie firme sobre sillas traídas de casa y hasta subidos a escaleras de tijera y peldaños de pintor; que sólo faltó un camión motogrúa para rizar del todo el rizo. Mientras tanto, los vecinos de Eras que no bajaron a la calle, en comunidad, sentados en terrazas de las que parecía que nacía gente, que después se convirtió en comensal de rancho del domingo bajo criterio de familiaridad porque «donde comen cuatro, comen dieciocho». Y los policías nacionales, inalterables en las esquinas de los tejados, como gárgolas pop art. Quedaron las aceras y el verde para el desparrame de banderas nacionales DIN A-4, que, como eran gratis, se acabaron antes de comenzar el desfile, tras la labor de reparto de militares que simultaneaban sonrisas a los niños con guiños a la novia y poses para la fotografía. Todo muy impostado, con enseñas rojigualdas en algunos balcones, en otros cruces amarillas de la victoria de Don Pelayo e incluso leones rampantes sobre fondo carmesí, para contrarrestar el desliz, permitido por las reglas de protocolo, de la fachada del IES Eras de Renueva y el Colegio Camino del Norte, donde sólo hubo espacio para el trapo ajedrezado y la corona de estrellas de la Unión Europea, junto al emblema patrio. En el detalle cayó un grupo de rapaces que había frente a la tribuna de autoridades. Ellos, vestidos con camisetas ajustadas, alguna sin mangas, pendientes hasta en tres sitios de la cara; ellas, con faldas de camuflaje, coletas y pompas de chicle en la boca. Justo cuando el presentador recitaba el homenaje a la bandera y a los caídos, en el momento en el que hacía mención a los «leoneses, que vertebraron España», el muchacho que hacía de cabecilla soltó el comentario. «Eso, leoneses, no castellanos», anunció, ante la carcajada y aplausos de la cla. Quedó todo tapado por los zambombazo de los cañones, que lanzaban salvas orientados hacia el norte. «Da la vuelta al objetivo y tira para abajo, que aquí los enemigos nunca estuvieron aguas arriba, sino en dirección contraria», aconsejó un paisano colorado, con una gorra amarilla puesta en la cabeza, que abarcaba con el brazo derecho a una señora de media gala, la cual miraba con recelo a las jovencitas que se pavoneaban en las tribunas de autoridades y personalidades, entre trajes azul marino y gafas de sol de las que cubren medio rostro. Pasaban por el cielo los aviones, incluidos los Eurofighter -«pilota uno Aznar y otro Zapatero», bromeaban en tierra, cerca de la primera pasarela peatonal- y los helicópteros, con bocas abiertas de admiración; se creaba hueco para los tanques y los vehículos de la Unidad Militar de Emergencias de Ferral del Bernesga; y marcaban el paso militares, guardias civiles, regulares y legionarios, con «vivas» encendidos al encontrar el saludo de la mano del Rey sobre la sien. «Juancar, saluda», solicitaba una niñita encaramada a los hombros de su padre, con una cámara de fotos en las manos. Entonces, el monarca, entre el Príncipe y la reina, giró un poco el cuello. «Me ha mirado, me ha mirado», sonrío la pequeña, y a todos los de alrededor les pareció que también les había visto el portador de la corona.

Cargando contenidos...