Los habitantes de la comarca aguardan que el presidente sea embajador de una zona antaño deprimida y olvidada
Zapatero se apunta al turismo sostenible
El presidente llega hoy a Santa Eufemia de Oscos, una aldea de 5 habitantes en el occidente asturiano

Villanueva, cabeza del concejo, está a 3 kilómetros de Santa Eufemia
«En León, ya tiene a la gente camelada, así que va a hacer un poco la rosca por los alrededores» RUBÉN, vecino de Los Oscos En una Tecnimagen de 14 pulgadas -camuflada entre unas galletas Flora, unos sombreros de paja, los pantys Marie Claire Opas, la Gillette Platinum, una pelotina de colores, la Panasonic Color Power light y un espejito de baño- la televisión autonómica asturiana da espacio para que el representante de la unión hotelera de la región remarque que «es necesario adaptarse al nuevo perfil del turista: jubilados y familias». «La batalla hay que librarla», arenga el portavoz del colectivo, quien vaticina que «en los próximos años el 50% de las reservas se harán por internet», mientras su voz se pierde por los anaqueles del bar-tienda Perales, a la entrada de Villanueva de los Oscos, la víspera de la llegada del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a Santa Eufemia, uno de los 24 pueblos del concejo, donde pasará desde hoy junto a su familia una semana de vacaciones en un centro de turismo rural. Casi no hay móvil, se puede hacer pan los sábados en el ecomuseo abierto esta pasada Semana Santa y los domingos, si hay suerte, dan misa, aunque la parroquia no pase de cinco habitantes en invierno. Con poco más de tres habitantes durante el invierno, la aldeúca asturiana escogida por el mandatario socialista se acurruca en uno de los valles más occidentales del Principado, a las puertas de Galicia. Una carretera con mil curvas -que aúna en su recorrido tramos de Panderruedas, el vial de acceso a Lois y el carril de llegada a Adrados, pero con eucaliptos- serpentea por el puerto de La Garganta hasta alcanzar la estación de destino: advertencias de peligro nieve, recomendaciones de circular a 40 por hora, rampas que superan el 9% y media docena de vacas guarecidas de la lluvia bajo un árbol. Un circuito de 24 kilómetros desde Vegadeo, en cuya gasolinera, la empleada interroga al fotógrafo: «¿Van donde va ese?». Puerto arriba Han pasado unos cuantos coches más con el mismo itinerario, cargados de cámaras de televisión que ponen el foco en una comarca, la de los Oscos -formada por Villanueva, San Martín y San Eulalia- que hace menos de dos décadas era reconocida como Las Hurdes de Asturias. «Ibas a Oviedo a hacer gestiones, decías de donde eras y te preguntaban dónde quedaba eso», relata Josefa Méndez, dueña del bar-tienda Perales, quien recuerda que para llegar a la capital asturiana «se tardaban casi seis horas, mientras que ahora se hace en dos y media». Ahora es el adverbio preferido en Villanueva. Marca una barrera temporal que separa a sus habitantes de las privaciones anteriores, cuando «la gente se fue de la zona porque no había trabajo», remarca Dionisio García, quien comanda la cuadrilla del taller de empleo de los Oscos. Ahora, «algunos que emigraron han reformado sus casas y vuelven por vacaciones, pero también se da el caso de quien retorna para quedarse». Ahora, los lugareños, amparados en el turismo rural y la ganadería que queda en cuadras de poco más de una docena de vacas, se muestran «muy contentos porque llegue Zapatero». Ahora, «se conocerá todo esto, que es bellísimo», charfardean en un habla que le debe más al gallego que al bable. «Tenía que haber venido antes», anima José López, que se ha pasado sus 65 años de vida en una de las siete casas de Santa Eufemia. Desde hoy, por una semana, será vecino del presidente del Gobierno. «Y si hace falta le alojo en mi casa y le dejo la cama», sonríe con un maollo de trigo bajo el brazo desde el hórreo que da cara a la ventanas del alojamiento que Zapatero habitará estos días. Testigo de antes, «cuando los caminos eran de tierra y se estancaba uno hasta las rodillas», ha visto en Santa Eufemia «lo muy malo, lo malo y, ahora, lo bueno», que vaticina que aun mejorará con la presencia del huésped socialista: «Traerá más gente y a mí eso no me molesta. Me gusta que haya movimiento por aquí». Voluntarios para un tute El movimiento lo demuestra el andar de la reportera de Televisión Española, que entona la entradilla desde el pretil del puente que enmarca uno de los flancos de la casa rural. Parece mentira que no se pueda uno escapar de las cámaras», lamenta Javier, uno de los empleados municipales que adecenta el entorno con cuidado de no entrar en plano. A su alrededor, divertida por el trajín de medios, una familia madrileña festeja haberse adelantado al presidente -«mañana (por hoy) no habrá quien pare aquí», auguran-, mientras un grupo de bilbaínos saca pecho: «Nos ha llamado Zapatero para echar un mus, pero no vamos a tener tiempo». A falta de los vizcaínos, Manuel, Dionisio y Ramiro se ofrecen para completar las cuatro patas de la mesa, pero apuntan que «tendrá que ser al tute» o, como mucho, «al dominó». Escuela de cartas, sobra. «Qué vamos a hacer sino en invierno, sobre todo antes, porque esto hace 20 años había que verlo», insisten en la comparativa, al tiempo que comen caldo calentín de la casa. Al otro lado de las ventanas pica la lluvia en la campera. «Ahora, ya queda casi toda para pasto, dado que a nadie se le ocurre sembrar maíz como antaño», explica Josefa Méndez, quien simultanea el trabajo detrás de la barra y arriba y abajo de las escaleras para traer la comida con la conducción de un taxi. Ocho veces al día cruza La Garganta para ir a Vegadeo, siempre que «la nieve deje trabajar, porque incluso ahora hay veces que hasta mediodía está cerrada la carretera». Muchos secretas Un pero dentro del ahora. Alguno más tiene guardado Rubén -«aunque todos por aquí me llaman caballo loco», concede-, que mira a los forasteros con recelo. «Es que no hay más que secretas. Te miran de arriba a abajo, muy educados. Un colega mío pensaba que eran gays», señala el joven, que se hace eco de quienes dicen que «estos días van a estar por aquí 200 guardias civiles, más otros 50 que trae consigo el presidente». Dentro de la euforia y optimismo general, Rubén pone el punto escéptico en el municipio, que agrupa a cerca de 400 personas, el más pequeño de los tres que forman los Oscos. «¿Qué va a traer aquí? Talante, que de eso ya tenemos bastante», rima con un chato de vino en la mano, mientras carga el tinto de ironía tras conocer el gentilicio de las preguntas. «En León, ya tiene a la gente camelada, así que va a hacer un poco la rosca por los alrededores», descarga, y hace un aparte para mirar al líder de la oposición: «Va a ir a comer pulpo a Fonsagrada, donde Rajoy. A ver qué tal le parece al otro que ande por su casa». Mientras se espera al presidente, todos hablan de Zapatero. «No ha llegado todavía», le informa una mujer por el móvil a un emigrado, que ha visto su pueblo en la televisión. Sale el sol y pronostican buen tiempo para la bienvenida. «Cómo no va a salir, si la mujer se llama Sonsoles», se carcajea Dionisio con la cuchara camino de la boca. Antes, era un día previo a ayer. Ahora, en Los Oscos, quieren que sea a partir de hoy.