Diario de León
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León

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Quienes, de una u otra forma, estamos vinculados al hecho literario, hoy estamos profundamente entristecidos. La amistad y la cercanía son las dos banderas que Antonio Pereira ha dejado enarboladas en el panorama de la literatura, tanto en el ámbito de la poesía como de la narrativa. Su decálogo y la aplicación técnica del mismo al desarrollo de la historia contada harán inolvidables no pocos de sus cuentos, llenos siempre de la magia propia de quien fue capaz de hacer literatura de lo cotidiano. Seguro que de todo ello se hablará en estos días, porque la muerte es siempre una espoleta que pretende aclarar los secretos de una vida. El cierre de un ciclo vital siempre pone más luz, si cabe, a la vida del artista.

Justamente por ello se me ocurre pensar que esa generación, a la que pertenece Pereira por tiempo y circunstancias vitales, fue la generación que abrió el camino a lo que hoy llamamos hecho literario leonés, sin restricciones en cuanto a su carácter universalizador. Sería injusto no singularizar, en el futuro, los nombres que la han hecho posible. Y, por supuesto, ahí tiene perfil, literario y humano, el escritor berciano, que siempre fue capaz de impartir magisterio de letras y de vida.

Porque, ante todo, Antonio fue un buen hombre. Un verdadero amigo. Podría contar cientos de anécdotas sobre él pero dejo sólo una: en la Fiesta de la Poesía villafranquina de 1997 me escribía: «En la palabra pájaro vuelan todos los pájaros que dibujó El de Arriba en el mundo». Y me lo dedica «con el afecto de un buen pájaro (un pájaro bueno) que se llama Antonio Pereira de Villafranca».

Volveré, si nada lo impide, a Villafranca. Y trataré de escuchar el trino de los pájaros, como aquel pájaro villafranquino de Dámaso Alonso, por sentir la presencia de este buen pájaro que un día decidió regalarnos a tantos su amistad. Tengo la suerte de contarme entre ellos. Hoy puedo decirlo con legítimo orgullo, a pesar de la tristeza.

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