Crémer para siempre en el recuerdo

Santos Llamas y el pintor Ramón Villa, gran amigo de Crémer, con su mujer. A la derecha, el maestro
A primeros de los setenta conocí a Victoriano Crémer. Antes no era para mí más que una voz; apenas terminada la comida del mediodía mi abuelo imponía su autoridad: «Silencio, que va a hablar Crémenes». Y aquel silencio era sagrado para escuchar Luces de la ciudad por Victoriano Créme». Así que yo supe lo del pelotón los lunes y lo de la tía Federica todas las Semanas Santas. Y después siguió siendo voz en León al día.
Hasta que -”sería el año 1972 o 73-” me decidí a ponerle cara y cuerpo y letra a aquella voz recia y bronca. Una tarde subí las escaleras hacia su despacho en Santa Nonia, pues por las tardes ejercía de director de la Obra Cultural de Caja España. Y me recibió aquella voz cuyo tono áspero sabía de memoria. Y me recibió la persona y hablamos: proyectos de un joven que no conocía demasiado su obra, pero que quería estudiarla. Había pequeñas reticencias por su parte: cuántos no se habrían acercado con las mismas intenciones que después quedarían en nada. No fue mi caso. Y cuando vio que la cosa marchaba, su actitud hacia mí fue amistosa y generosa:¡cómo podría agradecerle ahora aquella confianza!
En adelante iba a verlo sin avisar, a la Obra Cultural por las tardes, a la Cámara de Comercio, en Ordoño, por las mañanas, y muy temprano, al palomar del sordo, como él acabó llamando a la buhardilla en la que escribía sus artículos para Proa o el Diario y donde soñaba curiosas historias que terminaban siendo una novela o se elevaba en versos rebeldes que decían sus angustias, que clamaban a un Dios sin respuestas o se sublevaban contra las iniquidades que ocultaban los grandes principios, como Patria, Paz o Derechos Humanos.
Mi relación con Crémer a partir de ese momento fue frecuente, inesperada y cariñosa. Puedo decir que el cariño ha sido recíproco. Creo que en cuestiones que tuvieran que ver con su poesía, con su escritura, confiaba en mis opiniones. Hice mi Tesis sobre su obra (sólo el periodismo quedó fuera: dará para varias tesis), la publiqué y por ahí andan perdidas sus setecientas páginas. Amé la poesía de Crémer. Sobre ella me he centrado en cuantas ocasiones han venido a mano.
Estos días acaban de salir a la luz las actas del Congreso celebrado el pasado otoño: las titulé Cien años de periodismo y literatura. Mi deseo era volver a incardinar a Crémer, un tanto olvidado fuera de León, en la tradición poética española. Y están a punto -”quizá aparezcan publicadas en los primeros días de julio-” sus poesías casi completas. El día que le ofrecí el título saltó de gozo: Los signos de la sangre; creo que responde bien a la fuerza de la palabra y al simbolismo de su poesía.
Quedará Crémer como uno de los poetas necesarios en esa larga etapa del franquismo. Pero él siguió escribiendo: ¡qué otra cosa podía hacer! Sus proyectos eran para los próximos años; yo siempre pensé que Crémer era inmortal. Pero El último jinete, el libro que cierra su obra, era ya un título premonitorio. De ese libro y de otras cosas hablé con él en el Bar Río, donde cada mañana leía la prensa, alimentaba el alma.
«Cuanta vida muerta por la vida viva. / Corre y trepida el hombre y en pie, los muertos / vertiginosos pasan, sombras apenas...». Son los versos que escribiste para atestiguar que tú y todos somos «muerte con sabor a muerte. «La muerte muchas veces sería amable si no existiese el terror de lo incierto» le dijo Rubén al Marqués de Bradomín. ¡Ojalá la tuya, Crémer, amigo y maestro, haya sido amable y hayas visto por fin el rostro de Aquel a quien tanto clamaste!