Diario de León

"La crisis del Seevero Ochoa limitó el tratamiento de los síntomas de la agonía del miedo"

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-¿El decreto que desarrolla Andalucía completa el testamento vital?

-Con este decreto se asegura a quien lo solicite la posibilidad de un tratamiento en domicilio o en hospital público que garantice la sedación del paciente terminal y el tratamiento de los síntomas alrededor de la muerte. Se diferencia de las instrucciones previas porque pone las garantías para que éste se cumpla en realidad.

-¿Quiere decir que si no se desarrolla el testamento vital puede ser papel mojado?

-El testamento vital se ha hecho en las comunidades autónomas por obligación de ley, pero se ha hecho muy poca pedagogía no se ha política educativa ni de difusión ni entre la ciudadanía ni a nivel médico.

-¿El Gobierno se ha achantado ante las presiones de la Iglesia en diferentes frentes?

-No tengo datos para hacer una valoración política. Lo cierto es que, por ahora, ha tomado la opción de desarrar los cuidados paliativos, ignorando la necesaria despenalización del suicidio asistido y la eutanasia. El desarrollo de los cuidados paliativos no es el antídoto de la eutanasia. Son compañeros de viaje: quien tiene que decidir si quiere cuidados paliativos o no es el paciente, es el principio básico de la ley de autonomía del paciente. Cuidados paliativos y eutanasia o suicidio asistido son derechos optativos. Un Estado aconfesional, laico y plural debería cumplir su papel de arbitraje despenalizando la eutanasia.

-¿Sirvió para algo la muerte de Ramón Sampedro?

-La muerte de Ramón Sampedro fue tremendamente significativa de lo injusta que es la sociedad al no permitir la dimisión de la vida. Es el paradigma de solicitud de una buena muerte porque consideraba que la vida que llevaba no era digna para él. Pero las instituciones le obligaron a seguir viviendo y a una eutanasia en soledad y en clandestinidad, que no se debería permitir una sociedad del siglo XXI. Seis años después, Inmaculada Echevarría que estaba con una medida de soporte vital, se acogió a la Ley de Autonomía del Paciente, se negó a recibir el tratamiento y hubo que retirarlo. Ramón Sampedro, por no tener ninguna medida de soporte vital tenía la obligación de vivir. No podemos obligar a ningún ciudadano a vivir si no quiere.

-¿Cabe la objeción?

-La eutanasia, como ocurre en los países en que está despenalizada, exige como condición una voluntad y una solicitud expresa del enfermo, una enfermedad terminal, que la muerte esté cercana o que sea un proceso de tremendos sufrimientos físicos o psíquicos. En esta situación la objeción de conciencia sería una desobediencia al deseo de los ciudadanos. No puede existir la objeción de conciencia en una institución pública: vivimos en una sociedad de libre mercado y se tiene la gran oportunidad de poner una consulta privada donde ejercer la objeción. Cuando se regule la eutanasia habrá que hacer un decreto de cumplimiento y tomar otras decisiones porque en este país, aunque esté a la orden del día, no está regulada la objeción de conciencia.

-¿Da miedo la palabra eutanasia?

-Quienes están en contra identifican eutanasia con dar la muerte, asesinar... con una carga despectiva total, y como una puerta a la eugenesia. Con esas connotaciones se desvirtúa el debate. Es contradictorio que quienes sacan este debate, las organizaciones pro vida y la Iglesia Católica, hicieron un pacto de silencio ante la ley de eugenesia del período nazi.

-¿Hay paternalismo sanitario y familiar sobre las personas enfermas?

-La Ley de Autonomía del Paciente tiene como principal objetivo cambiar las relaciones paternales del médico a informar y asesorar técnicamente, de forma veraz, sin mentir y sin manipular. Pero llevamos muy poco tiempo con ella. Los derechos pueden tener el marco jurídico pero hay que conquistarlos peleándolos.

­-Pero hay personas que no quieren saber...

-Con la enfermedad se tiene una intuición, otra cosa son los tabús. En el libro La muerte de Ivan Llich, de Tolstoi, todo el mundo sabe que el protagonista va a morir, pero hay un pacto de silencio, una hipocresía, que hace de la situación una pura mentira. Eso forma parte del pluralismo y las realidades de la vida.

-¿La mentira quita el dolor?

-No. Puede quitar la angustia, la depresión que siempre lleva no aceptar la enfermedad o metabolizarla sin asumirla.

-¿Cómo influyó en la atención a pacientes terminales su caso en el hospital Severo Ochoa de Leganés?

-La crisis del Hospital Severo Ochoa tuvo dos efectos: se limitó bastante el tratamiento de los síntomas de la agonía, por miedo, se ha muerto mucho peor a raíz de aquello, y a la vez abrió el debate en la población. Mar Adentro o Million Dollar Baby también han contribuido.

-Urgencias es un sitio insólito para atender a pacientes terminales. ¿Quedó en evidencia la falta de unidades de cuidados paliativos en Madrid?

-Urgencias no es el sitio idóneo para morir para un paciente que sufre una enfermedad terminal. Pero no había estancias de cuidados paliativos y acondicionamos una zona para enfermos moribundos. ¿Dónde se debe morir? En casa, con el apoyo necesario. Eso también es insólito, porque no todo el mundo tiene el poder económico para ese apoyo.

-¿España utiliza poco la morfina?

-España y todo el Mediterráneo influenciado por una cultura judeocristiana no se benefician del gran avance científico que suponen los tratamientos para el dolor. Es cierto que esto va cambiando y cada vez se utilizan más los tratamientos paliativos del dolor.

-Pasó de ser acusado a acusar. ¿Qué ha ocurrido con las denuncias contra el consejero de Sanidad de Madrid, el comité de expertos de Sanidad y tertulianos y periodistas?

-Una vez que se aclaró todo me querellé contra ellos. Están admitidas a trámite.

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