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En busca del tiempo perdido

El Auditorio albergó la excelente puesta en escena de la ópera de Richard Strauss «El caballero de la rosa»

Publicado por
M. A. Nepomuceno
León

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¡Por fin una opera con mayúsculas en el Auditorio!, con voces que conocen a la perfección su pronunciación, su dicción y su vocalidad. Representada con un gusto exquisito, aunque con una puesta en escena de Günter Mayr que cuidó poco algunos detalles de principiante como el cegador foco que a lo largo de los dos primeros actos deslumbraba a los espectadores y el dejar las bambalinas al descubierto, el resto, vestuario incluído, otorgó a los cantantes una credibilidad que dejó a años luz al resto de producciones italo-españolas en general. La compañía de la Ópera de Gdansk, (Polonia), subió al escenario del Auditorio una de las óperas más representadas y hermosas de la historia de la lírica, El caballero de la rosa, de Richard Strauss, una reflexión sobre el paso del tiempo y la decadencia pero con una frontal denuncia a la nobleza todopoderosa del XVIII, que tiene en Homannstall, su libretista, la baza más decisiva. La música de Strauss, ahíta de unos timbres y texturas densísimas, con sus cuatro horas de duración, si embargo no echó para atrás al numeroso público que llenaba el Auditorio y, salvo escasas deserciones, el resto permaneció aferrado a su butaca esperando el desenlace de esta historia que mezcla el ingenio, la ternura, la ironía, el romanticismo y la sensualidad en un libreto soberbio. Sin arias, y con un discurso musical basado en recitativos, en pasajes ampliamente desarrollados y estrechamente vinculados a la trama, las voces femeninas se llevan el peso de la trama con exquisita dignidad. Otra cosa fue el inicio de la obertura, donde la confusión acampó a sus anchas, advirtiéndose una falta de ensayos alarmante aunque, por fortuna, fue mejorando hasta hacer del discurso sonoro una delicia a lo largo de los dos actos restantes. Las voces todas ellas muy equilibradas, destacó la de la mariscala, una soprano lírica a la que se la hubiera pedido un poco más de dramtismo vocal y escénico, pero a la que apenas se le advirtieron fisuras canoras. Octavian, uno de los papeles más difíciles de la ópera, estuvo bien coordinado en lo que se refiere a su doble rol travestido y a la unión de ímpetu con delicadeza. Lo desempeño una soprano lírica, que no una mezzo como en ciertas épocas de la otorgó al papel. Con un instrumento vocal más ligero, como aquí su vida interior quedó mejor plasmada. El barón Ochs, un magnífico bajo cantante, que no cayó en ningún momento en la bufonada, afrontó su tremendo rol, subiendo y bajando en la escala continuamente y manteniendo el tono de la conversación. Un Faninal convincente en su papel con voz profunda y bien impostada completó el cuarteto protagonista. Maravilloso trío final de las tres sopranos que hicieron una fermata increíble. El resto homogéneo y muy bien dirigidos, logrando una de las grandes representaciones, de esta obra. Un acierto programático total.

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