Las obras de Suárez pueden verse hasta el 31 de agosto

Publicado por
Manuel Linares-Rivas
León

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Continúa abierta hasta el 31 de este mes la exposición del pintor leonés Franciso Suárez en la sala Provincia del Instituo Leonés de Cultura. Doctorado en Bellas Artes por Salamanca, Suárez, a pesar de no haberse prodigado demasiado entre nosotros, cuenta en su haber con cerca de cincuenta exposiciones colectivas y una docena de individuales. En la presente, cuelga acrílicos de gran formato en un recorrido por su pintura entre los años 2001-8. La muestra, de indudables fuerza e interés, objetiva la evolución del artista leonés en su exploración plástica del mundo abstracto. Observación e intuición, movidas por el inconsciente, ubican a Suárez frente a la diversidad circunstancial que se le presenta y le guían a la hora de elegir el modo de expresar su pensamiento, adentrándole en los dominios del automatismo, de la espontaneidad, más allá de lo racional y de la estética del siglo. En sus realizaciones yacen guiños a Mondrian, Albers, Rothko y Pollock, entre otros. El cursus de Suárez refleja una amplia y sugerente teoría de abstracciones casi delineadas, desde su personal visión de lo útil y lo práctico, para escudriñar y mostrar la realidad de las interacciones cromáticas. Son todo un singular y efectista ejercicio de diseño, dotado de una potencia óptica inusual. Algo así como un juego de luces y sombras que, en virtud de la mayor o menor distancia mediante entre los elementos representados en los espacios concretos, generan una diversidad de cambios cromáticos fascinantes, en ocasiones. Con esa su amplia teoría de líneas, chorros y fondos, materializa el autor sucesos, pretendidos, y fantasías, impensadas, en un juego abierto que evidencia precisión, minimalismo y suficiencia, siempre con la intención, con el objetivo, de arrimarse lo más posible a la más pura abstracción. Hay cadencia, expresión y una meridiana presencia temporal, con los cambios que implica, a la espera de que el espectador entre en los cifrados propuestos. Las obras expuestas son fotogramas de una misma cinta, cada uno con su sello y engarzados todos por la acción de una sintáxis plástica en la que la aparente fragilidad de las cascadas cordales, urdimbres que sesgan y filtran el tiempo, teje una intermitencia cósmica a base de las oscilaciones que suscita en el color. De resultas, sin perder su manifiesta sutileza, los lienzos irradian una energía impactante, perceptible nada más entrar en la sala. Tras lo puntual y equilibrado del lenguaje de Suárez, bulle todo un mundo de sugerencias y tentaciones, de matices y efectos que invitan al visitante a zambullirse en la codificación artesanalmente elaborada por aquél. Con la atención despierta, eso sí, para que, en base al viejo principio racionalista, los sentidos no resulten engañados por la virtualidad de lo avistado. Y es que toda acción tiene un referente, un generador, más allá de la casualidad. O sea, cada cuadro es una propuesta, un mundo. Y todos, el del artista. Suárez se entrega sin reservas, en un método y un concepto que parten de la crítica y la exigencia, sin convencionalismos estéticos, haciendo arte desde la categorización del proceso en sí. Singularidad, proyecto, potencia y mucho empeño son los algunos de los parámetros que definen su obra, bien visibles en la muestra. Y es la suya una concepción vital, sin otorgamientos fáciles a mercados ni a modas. Por eso su obra provoca, convoca e ilusiona. Los colores y estructuras que nos ofrece son su particular y propia visión de la belleza. Sin estridencias expresivas ni emocionales. Trocando el objeto en sujeto y el efecto en causa.

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