Diario de León

El descubrimiento de León

Del ‘ave césar’ al AVE que trae viajeros a toda velocidad. De la huella romana a la pisada de las nuevas legiones que toman cada fin de semana las terrazas de la calle Ancha, la vía principalis de aquel campamento fundacional. De los libros de historia a las guías de viaje. León está de moda. Su historia, sus monumentos, los museos, el nuevo paisaje urbano, el tapeo, la gastronomía, su comercio. Es la nueva oportunidad de la ciudad que creció sobre el solar que soñó Roma.

RAMIRO

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León

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Debajo del asfalto está la historia. En cada metro de la ciudad, detrás de cada muro, en cada piedra. Sobre ese asfalto que cubre el pasado de una urbe dos veces milenaria vive la nueva ciudad. León, el gran descubrimiento. Ha pasado de los libros de historia a las mejores guías. Está en todos los foros, se habla de ella en los portales, ha tomado Internet, es la nueva tendencia, no hay escapada sin ella, es protagonista en las publicaciones que señalan los circuitos que merece la pena no perderse y por los que merece la pena perderse.

Si toma el caminante la calle Ancha pisará directamente sobre la historia de la ciudad. Y caminará a la vez sobre el comienzo del tiempo y la nueva era. Si se detiene y contempla el trazado de la calle más antigua de León, la vía principalis del campamento, la que el imaginario popular atribuye al gran Vitrubio, lo hará sobre los mismos sitios que atravesaban cada día los legionarios de César Augusto, de Galba. Si guarda silencio y se abstrae del ruido urbano, del trajín de compras y el ajetreo ciudadano, podrá imaginar el sonido de los soldados romanos pisoteando la calle, golpeando el suelo con sus sandalias de cuero y suelas de tachuelas de hierro, y si presta atención no tendrá ni que imaginarlas porque verá sobre el pavimento la huella en metal de las cáligas, el calzado con el que las legiones enviadas por Roma conquistaron el mundo conocido.

El ‘ave césar’ sigue en León. No se fueron nunca los romanos de la ciudad. Y así es cómo los leoneses viven sobre los restos que legaron sus más directos antepasados. Y siguen siendo, como ellos, romanos.

El camino que atraviesa ese tiempo de conquistas, de guerras contra cántabros y astures, de épica y pronunciamientos se extiende por la ciudad vieja hasta llegar a la Casona del Arco de la Cárcel, donde la Ruta Romana se da de bruces con la recreación de los barracones en los que durmieron aquellos primeros soldados de la Legio VI Victrix, allí mismo, en el edificio en el que vivió Víctor de los Ríos, el escultor de la Semana Santa de León, en el caserón que es ahora el museo que conserva la huella de las legiones.

Comparte León calle con las nuevas legiones, las que llegan dispuestas a descubrir la ciudad y dejarse conquistar por ella. Tal vez escuchen pronunciar otro ‘Ave’, el que los trae en tiempo récord a la urbe bimilenaria dos mil años después de su fundación.

Llegan atravesando Ordoño II, la calle en honor al rey enérgico y batallador que sometió a las tropas musulmanas, el monarca que nunca descansó y al que las crónicas describen como prudente en la guerra y justo en la victoria, tan grande señor que a su muerte mereció ser enterrado en el altar mayor de la Catedral, llegarán por la avenida que la ciudad tributó a la historia del viejo Reino de León, territorio de monarcas y nobles que escribieron la historia de este país.

Esa ruta lleva directa al gran monumento de León, arte hecho piedra y luz, admiración de viajeros, empeño de ciudadanos. Se levantó sobre las termas romanas, sobre el solar donde un rey quería su palacio pero en cambio lo donó, y sobre otra seo, esta románica, que sucumbió al poderío de los constructores de catedrales llegados por el Camino de Santiago, el que entra en León desde el castro judío, por el Puente (del) Castro, donde se instaló primero la cannaba romana, el vicus, la ciudad en la que vivieron los legionarios con sus mujeres, con los comerciantes y las prostitutas, y luego la ciudad judía, la que dicen que ha dado a León la costumbre de conmemorar con limonada cada Semana Santa la muerte de Jesús, el primero de los ritos gastronómicos pero no el único, pues es tradición el tapeo, aquí gratis, y por el que se podría debatir también si es foro u oferta, como las Cantaderas, como las Cabezadas, las dos grandes fiestas populares leonesas. Por ese Camino Francés que lleva a Santiago, que entra por Puerta Moneda, donde se instalaron los cambistas y se adentraron por legiones durante siglos los peregrinos, con su cultura y costumbres llegadas del continente para cambiarlo todo definitivamente, el mismo paso por el que accedió a León el rey Fernando el Católico para contemplar su regalo a Isabel de Castilla, la joya del plateresco, la belleza de San Marcos, por ese portón que llega a la calle de la Rúa, que ni el nombre deja duda que era acceso de los francos, los que llegaban de más allá de Roncesvalles, se coló la efervescencia del gótico, que levantó el gran templo, la Catedral de León, sus vidrieras y sus rosetones, divinos vitrales, para asombro de las generaciones venideras.

Si sigue el caminante las calles que pisaron las grandes reinas leonesas y sus damas, Plegaria y Platería, Azabachería o Escalerilla, llegará a San Isidoro, templo, palacio y camposanto de los reyes de León, el lugar donde se celebraron las primera cortes, la cuna del parlamentarismo, el lugar donde el burgo impuso en asamblea su ley al rey. Tan valiosa su historia que fue profanada por las tropas de Napoleón, que usaron de abrevadero para sus caballos las tumbas de los monarcas y su estirpe, los que tomaron el legado de don Pelayo para extender el territorio, los que hicieron frente a las razias y el envite del gran Almanzor, que arrasó León entrando por Puerta Castillo, exactamente el mismo lugar en el que acamparon la primera noche los legionarios romanos y de donde ya no se fueron. Ningún sitio contiene tantos enigmas como San Isidoro. Desde su puerta del Perdón, que otorga la indulgencia a los peregrinos que no podían llegar a Compostela, a su calendario agrícola, que contiene códigos sin descifrar y que apuntan a la teoría de que el Santo Grial se custodia desde tiempos remotos aquí, en la basílica, que la copa que los primeros cristianos veneraron como el ónix en el que puso sus labios Jesús en la Última Cena se oculta bajo el Cáliz de Doña Urraca, que por qué iba a cubrir con sus propias joyas una reina si no fuera una sagrada reliquia, por qué iba a ser de tal manera que nadie después de Él rozara el cáliz, tan delicado y esforzado el trabajo del viejo orfebre en proteger la huella de la boca de Cristo y nadie pudiera profanar.

Sueña León con tener en propiedad el sueño del rey Arturo y sus caballeros, con cuadrar el círculo de la tabla redonda, con contener la gran leyenda de la historia de los hombres.

Fuera, ajena a esa gran búsqueda, vive la ciudad moderna sumida en una lenta vorágine. Construyendo los nuevos tiempos y los que vendrán, los que anticipa el AVE, los que se detienen en el nuevo trazado urbano, los que rubrican los nuevos constructores de catedrales, los grandes arquitectos que han dejado firma en el León más actual, en el Musac y el Auditorio, en la obra prometida de la vieja Azucarera convertida en Palacio de Congresos. La que bulle por los comercios de larga tradición, por el Húmedo o el Barrio Romántico, la que sucumbe, como los visitantes, a las viandas de la gran despensa leonesa transformadas en delicias en el plato, servidas en tapas en cada bar de la ciudad, condimentadas a fuego lento según las viejas recetas o la innovación de decenas de cocineros con estrella y escuela.

León entero a los pies. La escapada deseada. La que ocupa todos los escaparates de la nueva vía principalis del mundo, la calle fundamental de estos tiempos, Internet. La que atrae a miles de viajeros. El nuevo descubrimiento de León.

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