Diario de León

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Llamativo menosprecio de Pedro Sánchez a Felipe VI. Impedir la presencia del monarca en la entrega de despachos a nuevos jueces es otro paso en la escala de la Revolución sanchista. También, al «prohibir» al Rey pisar Barcelona en vísperas del 1-O, el presidente envió un mensaje innegable a sus costaleros independentistas: el Estado está dispuesto a retroceder en Cataluña.

No se olvide lo que simboliza Don Felipe para el secesionismo. Legalidad frente a desafío rupturista. Así se demostró cuando en 2017 se pretendió quebrar la unidad española. Desde entonces, los separatistas tienen al Rey en su diana. Saben que es la última barrera a sus desvaríos. Por desgracia, Sánchez les ha regalado un guiño muy simbólico. Luego, los palos de los mamporreros del nuevo régimen, Pablo Iglesias, Alberto Garzón, Manuel Castells, colorean el cuadro preferido de la izquierda «asaltacielos». La «republiqueta», avisa Felipe González, destruiría España.

Ahí encaja la revisión a la baja de los delitos de sedición y rebelión del Código Penal. El Gobierno desea «mojarse» con ERC. Que se tramite la reforma en paralelo a los Presupuestos, o el anuncio de la puesta en marcha de los indultos a los independentistas presos, dejan poco margen a la interpretación. Las concesiones, todas machaconamente en la misma dirección, buscan contentar a los rupturistas. El trasfondo es de laboratorio de ideas. La Moncloa, dando por descontada la inhabilitación de Quim Torra y que el clima social en Cataluña va a complicar a los de Oriol Junqueras respaldar las cuentas públicas, busca cambiar la percepción: Ayudadnos a remover a los «fachas» (derecha, jueces, monarquía…) que impiden el futuro progresista. .

Demoler las estructuras institucionales es la forma de Sánchez de amarrase al poder. Esa es la piedra angular del proyecto. Agraviar a la Corona ayuda a crear buen clima con sus aliados. Además, la sensación del entorno presidencial es que Don Felipe está ahora con la guardia baja. El Rey atraviesa «un difícil momento anímico». La «ruptura» de la relación con Don Juan Carlos es un asunto de novela por entregas para las rotativas monclovitas. Cualquier tema, si ayuda a la causa, puede ser impúdicamente exhibido por el Gobierno. La salvaguarda del orden constitucional, una vez pasada por la túrmix del «relato», queda enlatada a alta presión. Nada importa al irreflexivo guionista que el triturado sea el jefe del Estado y el aceite quemado, la monarquía parlamentaria.

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