Diario de León

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Todo comenzó con el «cántelo usted mismo» aquel al que llamaban karaoke y que la gente se tomó como una diversión. Aquella ansia de micrófono que se despertó en las más humildes voces desembocó en el mal menor de que cualquier mindundi carente de las más elementales nociones de solfeo nos representase en Eurovisión y en el mal absoluto de servir de inspiración al mercado, siempre atento a los deseos de sus clientes. Primero fue el «self-service» en los bufets libres de las piscinas, le siguió el sostener uno la manguera de la gasolina durante los repostajes del coche, luego las cadenas de hamburguesas nos obligaron a recoger la mesa donde habíamos comido y el súmmum lo alcanzamos con ese millonario sueco que nos puso a ensamblar nosotros mismos los muebles que le comprábamos desmontados. Ya hay incluso supermercados en los que uno tiene que pesar y etiquetar la fruta o las verduras que va a comprar, no sólo embolsar a toda velocidad para que fluya la cola del cajero. Pues todo esto lo inició el karaoke, infundiéndonos la errónea idea de que todos podemos ser cantantes fuera de la ducha.

Los servicios mínimos en el comercio están llegando a unos límites en que se siente culpabilidad de no ser lo bastante rápido y eficiente, lo suficiente bueno como comprador. Se está proletarizando al consumidor por la vía rápida de que sea él mismo quien realice las funciones de las que hasta hace poco se ocupaba el personal de la empresa, ahorrando así cotizaciones a la seguridad social. Hemos alcanzado ese punto en el que el cliente ya no tiene razón: el cliente lo hace todo. Las aplicaciones de los bancos están cerrando oficinas y los bancarios ni lo vieron venir, pendientes del reloj de pared para soltarnos el vuelva usted mañana para pagar los impuestos del ayuntamiento, «que ya no es hora». Ahora todo eso se solventa sin horarios en muchos cajeros automáticos y las oficinas, por dentro, se han quedado para paneles de propaganda felicitaria.

El consumidor proletarizado, obligado al autoservicio, tiene que adquirir unas competencias para las que no tiene por qué estar capacitado ni tampoco tener ganas de ejercerlas. Salvo para lo más necesario —y ya veremos—, no resulta extraño que vuelva el puerta a puerta, aunque el producto no proceda del comercio de cercanía sino de un almacén chino. La mensajería es un sector al alza.

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