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En León, aún tratamos de llegar a fin de mes; en Leópolis aspiran a alcanzar el final del día. No más. Mañana, Dios dirá. La agenda veinte treinta, breviario de los rezos y laudos que nos va a hacer más llevadero el camino a la vejez, augura un futuro fascinante con el momento estelar en el que no tendrás nada y serás feliz. En la red, que está todo lo peor y, a la vez, lo más brillante, uno replicó que en la Polonia de 1950 no teníamos nada y éramos unos desgraciados. Es posible que la divisa se centró demasiado en cambiar el menú del día en los restaurantes de camioneros, meter tofu y retirar carne, mientras atizaban el debate sobre si es conveniente parar en áreas de descanso atestadas de tráilers o donde no cabe un Infinity más a las tres de la tarde; del dictado de la encomienda ideológica que va terminar por juntar el hambre con las ganas de comer se fugó el renglón torcido que no es capaz de explicar a dónde lleva la transición energética que paga el proletario, a razón de dos euros el litro de gasóleo, y repercute en la financiación del híbrido enchufable aparcado en batería en la electrolinera de la alta sociedad. Olé la distribución de la riqueza que van a pagar los ricos que se quedaron sin calderilla para apoquinar a plazos en los próximos cinco años un pepino que triplica, con descuentos incluidos, la renta per cápita del país. Ya lo dijo Borrell; que una cosa es el jardín de Europa y otra, la jungla del Mundo; y que lo que hay que hacer es andar más listos, para que la jungla mundial no se coma los setos y el césped que da vistas al porche del bienestar. Borrell era ministro de la cosa que ocupa cuando España se entregó a la moratoria nuclear y, hoy, de repente, un agitador de conciencias contra la dependencia de materias primas que ha dado origen a este acceso bélico de los nostálgicos del Muro de Berlín, el Comecon y el Pacto de Varsovia. Las guerras son malas para los negocios, incluido el bussines que tenían preparado los ascetas del séptimo cielo sin carbón y los prados de unicornios azules de las renovables, con el parquet del CO2 a cien claveles por paquete, o el megawatio hora desbocado entre el libro del buen amor de la pobreza energética. Se echa en falta un twit sobre este hostiazo de realidad entre cambio de agujas y de nombre a la estación de tren.