Deriva neroniana
Hoy, al revés de lo que hicieron las naciones europeas con el África que se repartieron en colonias, el gobierno de España socializa beneficios y privatiza costes. El único problema es que no parece ser muy consciente de que los privados a los que aplica los costes son los mismos ciudadanos a los que luego pretende repartir beneficios y para ese viaje no hacen falta alforjas: si para sacar unas ayudas al comercio mañana, hoy se aprieta el cinturón a los autónomos, no se puede decir precisamente que se esté redistribuyendo la riqueza, que era el sueño de Robin Hood: quitarles a los ricos para dárselo a los pobres. La luz sube igual para todos, el precio de la cesta de la compra ídem del lienzo, y todas las cosas que no suben, como los sueldos, a quienes menos afectan es a los que nunca pagan a plazos. El impuesto a los bancos que no se repercuta en su clientela de un modo u otro no creo que se lo crean ni ellos.
Más allá de que sea cierto que algunas de estas cosas que ocurren sean globales (queda mejor expresarlo así que decir que nos legislan al dictado), se aprecia cierto deje absolutista en la labor del gobierno presuntamente más progresista que hemos tenido en la historia de nuestra democracia moderna. Aunque quizá haya modos políticamente más correctos de expresarlo, no hay una forma más precisa de decirlo. Es absolutismo gobernar para el pueblo sin el pueblo, sordo a sus retornos, pero sobre todo considerarlo infantil, necesitado de guía y tutela, como si la gente todavía no hubiese alcanzado la mayoría de edad precisa para administrar su propia vida. Sobran los ejemplos. Empezaron por decirnos que no podían pasear los niños al aire libre porque había pandemia, luego nos quitaron sal del pan y ahora nos dicen la temperatura a la que debemos poner los termostatos. También penalizaron con más impuestos las bebidas azucaradas, porque a la Coca-Cola no se atrevieron a imponerle cómo debe hacer sus refrescos zero. Y afirmaron que iban a «abolir» la prostitución, no solo a prohibirla o a regularla por ley, sino a abolirla. La deriva neroniana —legislar asuntos al por menor dándoles la relevancia de asuntos esenciales— es un síntoma inequívoco de una de estas dos cosas: un caso prematuro del mal del segundo mandato presidencial o la evidencia de que estamos ante un gabinete agotado.