Diario de León

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Me cupo la suerte de conocer a Dominique Lapierre en la distancia corta de una intensa jornada a vueltas él y yo por esta ciudad desde el desayuno a la noche. Venía a dar una charla. Acompañarle y presentarle fue un honor... inmerecido, no había leído nada suyo. Pero qué tipo. Grande, pero sin la viciosa grandeur vecina. Y todo un mito de la letra vendida en cataratas, bestseller le decíamos para aminorar su éxito: Arde ParísOh JerusalénLa ciudad de la alegría... Siendo hijo del mundo, lo francés le iba por delante, lo de India por dentro y lo español en su vitalismo sin fisuras ni pudores al gozar y exaltar, por ejemplo, la tauromaquia. Le gustaba de veras este país donde tenía familia y a su querido sobrino Javier Moro; latía con nuestras culturas y tradiciones, como la del Rocío que hizo cinco veces a lomos de rocín y durmiendo en carreta o bajo las estrellas como un Quijote en vela de armas. Algo de quijotil sí que tenía, pero sin triste figura, siempre risueño, contagiaba ganas. Subiendo a enseñarle la Catedral entró en una tienda a comprar dos cedés de... ¡flamenco!, aluciné, no me esperaba tanto. Y hablaba de todo con pasión y con datos en un correcto castellano francesote. Soñador altruísta, leí una vez. La pobreza le rompía el alma y se conjuró contra ella. De eso vino a hablar; y de su fundación en Calcuta. Se abarrotó el salón y otro tanto quedó en la calle. Subyugó al auditorio con la palabra dramática con la que hablaba a la gente o interpelaba a estadistas que le recibían. En un momento de la charla hizo un silencio negro, largo e inquietante, después sacó un cascabel del bolsillo y lo hizo sonar en campanilla un buen rato; «esta es la única voz del hombre caballo que puja a pie de aquellos carritos taxis; démosle otra voz». Contó también cómo dos alianzas suyas de oro bastaron para dotar y casar a una paria y al final de la charla un cestillo en la entrada acabó lleno de anillos y sortijas de los asistentes. No podía creérmelo. En el abrazo de despedida sólo me salió un laaaargo y admirado ¡mesié Lapierrrr!... Aprendí algunas cosas aquel día.

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