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Optimista por naturaleza y convicciones, esa que ahora llaman pedagogía de la mirada –mirada global, a la totalidad, añaden- nos acerca a cierta obligación de utilizar códigos distintos, con capacidad para elegir ante los síntomas de la hipermodernidad, sin dejar que nos consideren solo como objeto de consumo o, peor aún, convidados de piedra ante alguno de los espectáculos que nos acongojan, en medida distinta a cada cual, supongo. La observación de la historia inmediata, la que se escribe ante nuestra presencia cada día posiblemente exija ya otros parámetros o códigos, que, como se refiere en la sección semanal y radiofónica de José Carlos Ruiz, utilicen «Más Platón y menos WhatsApp», clara referencia a la necesidad de pensar frente a la aceptación de que nos lo den todo pensado y decidido. La peripecia del pensamiento único exige actitudes nuevas para su desmantelamiento o, al menos, para la rebaja de su influencia.

Y es que las derivas de la historia a las que asistimos en vivo y en directo, cuyas inquietudes minan los cimientos del optimismo, caminan en la línea de la degradación de los derechos. Ponga cada cual sobre la mesa el listado de algunos acontecimientos. El asalto al Capitolio USA o a los Tres Poderes brasileños, en una reafirmación obstinada de no aceptar el mandato de las urnas, en esa sibilina acusación de gobiernos ilegítimos que se extiende como un mantra desestabilizador. La decisión impune de Putin, el zar reencarnado de todas las Rusias y países aledaños en los que genera un miedo colectivo después de lo ocurrido en Ucrania. Los globos, globitos o similares chinos —es urgente el inventario de objetos voladores— surcando los cielos, que no los sueños americanos y parecen encender la hoguera de una nueva guerra fría que, al parecer, alguien pretende dibujar en el tablero global. El empecinamiento del presidente turco para hacer vivir entre rejas a quienes osen contradecir la versión oficial sobre el terremoto y sus consecuencias…

Sume y siga cada cual, que hay infinidad de problemas —guerras, hambres, liquidaciones humanas invisibles, vidas en los límites de la absoluta degradación…— alejados de los focos mediáticos, cubiertos por el silencio, tantas veces interesado, que pretende evitar la más mínima valoración de la condición humana. Siempre vivimos momentos cruciales que pueden amortiguar el optimismo, sobre todo si es desmedido.