Zapatos grandes, pies pequeños
En esta región nuestra, los políticos tienen la obligación de ser retóricos. Si no son capaces de exagerar, tienen los días contados, ya que todos sus logros son éxitos por defecto: lo que traen entre las manos siempre es menos de lo que habían prometido. Cuando van a Valladolid o a Madrid a exigir lo mínimo necesario se les afila el rostro como el perfil de un cuchillo jamonero; al regreso esas mismas caras tienen el aire apaisado y embotado del recogemigas, ese instrumento con que se apañan entre plato y plato las sobras en las bodas. El político de provincias, al menos en la nuestra, más que la obligación tiene la necesidad de ser retórico para sobrevivir. Debe convertirse, como lo definía Michel Montaigne, en «el zapatero que sabe hacer zapatos grandes para pies pequeños».
Los pescadores que elaboran sus propias moscas artesanas tienen una norma de aplicación a determinados materiales sintéticos, que suelen aumentar de tamaño en contacto con el agua: «coge la mitad de lo que creas necesario y tendrás el doble de lo que necesitas». Ese lema, aplicado a la pequeña política nacional y autonómica, que por desgracia se ve reducida al innoble arte de pedir, nos lo aplican a rajatabla desde los centros de gestión mesetarios de la Unión: un cuarto de lo solicitado o cuarto y mitad si luego os deshacéis en loas y parabienes. Así, claro, no se puede hacer otra cosa que política mendicante. Y por ello tiene la necesidad de ser hiperbólica y bocachancla nuestra clase representativa, que, reducida a pedigüeña, nos vende cuadras por palacios, pensiones por paradores y goteras por tejados de colegio. Lo dicho arriba: recogemigas.
Por eso, tan a menudo que ya comienza a ser demasiado, los leoneses nos desayunamos en el periódico enfáticos y pomposos titulares, porque nunca falta el adlátere de turno que salta a una rueda de prensa dispuesto a escenificar el sombrerazo y hasta la reverencia a esos servidores de lo ajeno que siempre son los cargos públicos, o deberían serlo, aunque no sea lo mismo servicio que amistad y haya quienes lo confundan con demasiada alegría. Mucho más —profetizo sin ser Nostradamus— a partir de ahora que Sánchez ha rebajado como delito la malversación de fondos públicos. Eso sí que es un efecto llamada para apandadores. Con esa barra libre, esperemos que en el acceso a la administración del común se comiencen a remirar los antecedentes penales.