Diario de León
Publicado por
CORNADA DE LOBO GARCÍA TRAPIELLO

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L argo se fía el sueño. ¿Cuántos años calculan que serán necesarios para que una parte de leoneses y municipios o entes vean materializarse su deseo de segregarse de Castilla (la vieja; y sin visillo) para poder constituirse en región o, lo más previsible, en tan sólo provincia?... No menos de veinte, cree el optimista; pon cuarenta, dice el realista. ¡Cuarenta años!, casi dos generaciones. Mucho más tiempo lleva el catalán en su voceado repudio y poco avance parece lograr pese a sus nítidas diferencias y su gran poder de perpetuo chantajista. ¿Será, pues, el de León un horizonte de largas décadas reburdiando, gritando quejas, denunciando agravios, maldiciendo, pleiteando, enemistándose y pintándole la cara desvergonzada a la Castilla que sólo parece urdir el progreso de unos pocos, es decir, Valladolid y algo Burgos, únicos focos de desarrollo?... ¡Décadas!... Cuánta fatiga. Mal paisaje, mal rollo. Y cada anochecer, sopa de piedras y derrotismo; o yendo a la cama sin cenar. No es plan. ¿Y será este clima el mejor para captar gentes, inversión, voluntades y el optimismo que exige relanzar un futuro?, ¿quién se siente atraído a un lugar que no cesa de proclamarse como tierra maltratada ?, ¿podremos vendernos así?... Venga aquí el caso de aquel que le dijo a un amigo tener un caballo fabuloso que ganaba toda carrera y que además lo tenía en su piso por ser muy limpio y hacendoso, que le ponía bayetas, le sacaba la cera y hasta le preparaba unas alubias con chorizo de morirse. Andallá, dijo el otro, tú fabulas, eso son fantasías. ¿A qué iba a mentirte?, replicó, es mi joya preciada y no lo vendería ni por un millón. Acabó entonces tentado el amigo empeñándose en comprarlo. Que no y que no. Anda, va, véndemelo. Que no. Pero cedió y al final se lo vendió. Diez días después le llamó furioso: así que ganaba carreras, ¿no?, ¡el último llegó!... y me tiene la casa llena de cagajones... le metí en la cocina y me destrozó hasta el aparador, ¡vaya estafa y vaya mierda de caballo!, ¡una puta ruina!. Y el amigo concluyó: vale, hombre, vale, tú vete hablando así del caballo y lo vas a vender por los cojones.

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