Las manos de Ramón Lobo
«Una parte de mí escribe palabras desde los kilómetros vividos; otra, desde los pocos que me quedan por vivir». Así comienza el último libro de Ramón Lobo. «Escribo, medito y sueño en busca de materiales que me permitirán esculpir algo parecido a un epitafio. Somos solo eso: una frase, un párrafo corto; el resto es artificio», decía antes de morir.
Son frases, son párrafos de su libro Pensión Lobo. Habitación número 13, donde el antiguo corresponsal de guerra de El País hace balance. Y Lobo —que fue columnista de Infolibre, colaborador de la cadena Ser, redactor de Cinco Días, Expansión y La Gaceta de los Negocios; que trabajó para El Sol, El Heraldo de Aragón y la BBC; que escribió en El Periódico, y publicó textos con títulos tan sugerentes como Cuadernos de Kabul o El autoestopista de Grozni, Isla África y Las ciudades evanescentes— dice que nos hemos olvidado de que la muerte es lo único cierto, lo que de verdad da sentido a lo vivido. Pero le tenemos tanto miedo que la negamos. La muerte es algo que solo les ocurre a los otros. «Tampoco hablamos de las enfermedades y las carencias que matan a millones de personas de hambre, guerra y pobreza», escribe en Pensión Lobo, recién llegado a las librerías.
Ramón contaba la guerra como pocos. Narraba lo que ocurría en Bosnia, en Chechenia, en Irak o en el Congo, el corazón de las tinieblas, como de verdad hay que narrar todas esas tragedias; desde el punto de vista de las víctimas. Porque Ramón Lobo no iba a la guerra para sentirse protagonista. No había vanidad, no había ego en sus escritos. Había compasión, humanidad. Ramón no quería estar en el centro de la noticia, ni pertenecía a ninguna tribu. No estaba enganchado a la adrenalina, como les ocurre a tantos otros.
La última vez que visitó Sierra Leona, Ramón se acercó a una playa de Freetown que había sido frontera durante la guerra de las manos cortadas. «Es una lotería macabra», escribía en 1999 en El País . Y contaba cómo alineaban a los hombres en la calle, les daban un papelito donde estaba escrito su destino; brazo corto o brazo largo. Y «con un machete o un hacha, seccionaban el miembro elegido al azar». Entenderán ahora por qué Ramón Lobo clavó sus manos en la arena blanca y fina de aquella playa, su playa preferida, la última vez que visitó Sierra Leona.